La ficción subversiva de Carson McCullers

La ficción subversiva de Carson McCullers

 

Por Andrés Ibarra Cordero

Carson McCullers (1917-1967), con frecuencia clasificada en la categoría de narrativa gótica sureña, es una de las escritoras más subversivas de mediados del siglo XX en los Estados Unidos. Entre, por ejemplo, sus contemporáneas, una reunión considerable que incluye a Jean Stafford, Mary McCarthy, Eudora Welty, Harper Lee, Flannery O’Connor y Shirley Jackson, es McCullers quien se atrevió a explorar tabúes sexuales, transgredir las normativas heterosexuales, y se negó a castigar a sus personajes por sus notables “desviaciones sexuales”. Aunque sus personajes pueden ser cruelmente castigados por muchas otras razones. El universo de McCullers es una constelación de subjetividades literarias que simbolizan el imaginario del sur profundo de los Estados Unidos. Un mundo plagado de anormales, enfermos y desviados que con frecuencia reprimen sus deseos más íntimos. Una escritora precoz, McCullers escribió varios de sus cuentos más interesantes durante su adolescencia, cuando aun no lograba anticipar lo subversiva que era su ficción.

En un momento de la ficción norteamericana cuando la transgresión sexual solían ser las aventuras adúlteras entre adultos heterosexuales, como De aquí a la eternidad (1951) de James Jones, McCullers prodigó una atención íntima y detallada sobre las relaciones del mismo sexo. Con una agudeza extraordinaria en la ficción norteamericana del siglo XX, McCullers exploró la sexualidad humana no como un grotesco cómico (como podría haberlo hecho O’Connor) o satíricamente (como podría haberlo hecho McCarthy), sino como un vínculo humano natural: “una experiencia conjunta entre dos personas” (p. 14) como McCullers define el amor en La balada del café triste (1951). La creciente atención dirigida a las problemáticas de las subjetividades transgénero en los últimos años habría sido un tema irresistible para McCullers; un territorio para explorar desde lo subjetivo. Ciertamente, McCullers parecía haberse identificado con todo lo que podría categorizarse como “trans” en la psique humana, considerándolo el combustible mismo del deseo.

La rebelión de McCullers contra las normativas sexuales y de género, su desobediencia, parece haber sido alimentada (en lugar de reprimida) por las costumbres casi victoriana del entorno sureño de pueblo natal. McCullers nació en el pueblo de Columbus, Georgia. La escritora regresó con frecuencia al hogar de su madre cariñosa, en busca de apoyo afectivo a lo largo de su vida. A diferencia de su contemporánea Flannery O’Connor, que creció en un pequeño pueblo de Georgia y vivió (como inválida) con su madre durante la mayor parte de su vida adulta, McCullers pasó todo el tiempo que pudo en el norte, en la cosmopolita ciudad de Nueva York y en Boston. Igualmente, a diferencia de O’Connor, que siguió siendo una católica conservadora con una hostilidad puritana hacia el sexo, McCullers era una rebelde abierta a experimentar con el amor, una escritora bisexual enamoradiza, aun cuando se casara joven en 1937 con un hombre.

En las memorias publicadas póstumamente Iluminación y fulgor nocturno. Autobiografía inacabada (1999), McCullers recordó su  “yo” personal de dieciocho años desde el punto de vista de sus cuarenta y tantos:

“Cuando le pregunté a mi madre sobre el sexo, me pidió que me pusiera detrás del acebo y me dijo con una sublime sencillez: “El sexo, querida, tiene lugar donde te sientas”. Por lo tanto, me vi obligada a leer libros sobre sexo, lo que lo hacía parecer tan aburrido como increíble.” (p. 6)

De hecho, no hay escenas de “sexo” en la narrativa de McCullers, ni siquiera pasajes de intensidad erótica. Hay siempre una pasión desbordante, pero no existen personajes cuyos sentimientos apasionados por los demás sean justamente correspondidos. Sin embargo, McCullers retrata con una gran vivacidad alucinatoria episodios introspectivos de gran soledad en donde los individuos “fantasean” con neurótica desesperación sobre un otro “amado”.

Una seductora evidencia la insinúa el mismo comienzo de El corazón es un cazador solitario (1940), publicada cuando McCullers tenía solo veintitrés años y llevaba casada varios años (el mismo título sugiere aislamiento y soledad): “En el pueblo había dos mudos, y siempre estaban juntos” (p. 3). Aunque McCullers no sabía nada acerca de las complejidades de las personas sordomudas, ella logra tejer de su imaginación un cuento parecido a una parábola junto con una novela de formación (coming-of-age) centrada en el epiceno Mick Kelly. Esta novela es una tragedia sobre la disociación adulta ligada, a veces con torpeza, a una novela juvenil que resiste finales felices:

“Estaban estas dos cosas que [Mick] nunca podría creer. Que el señor Singer se había suicidado y estaba muerto. Y que ya era mayor y tenía que trabajar en Woolworth.” (p. 98)

El sordomudo que es el centro de la admiración de Mick Kelly se llama John Singer, un ayudante de joyero que, en su silencio, posee un profundo carisma. En la aparente placidez de Singer, otros en el pequeño pueblo de Georgia encuentran consuelo mientras confían en él (Singer puede leer los labios.) Tal vez se lo pueda comparar con una figura parecida a la de Cristo. Incluso un observador sugiere que “El Sr. Singer es judío… Reconocí su raza la primera vez que lo vi. Por sus ojos” (p. 24). Pero él es un salvador que no puede salvarse a sí mismo. Es su romántica obsesión con su compañero sordomudo lo que finalmente lo destruye: el secreto de que está perdidamente enamorado del obeso, poco atractivo y aparente retrasado mental Antonapoulous, quien nunca corresponde a los sentimientos románticos de Singer.

La insistencia de McCullers en retratar a Antonapoulous como indigno de la amistad de Singer, y mucho menos de su devoción romántica, le da a la novela una cualidad lúgubre y perversa. Si el lector está confuso por la devoción ciega de Singer, es posible que, como Cristo, ame sin condiciones y con un perdón infinito. Es suficiente amar; uno no puede esperar ser amado como recompensa. Esa parece ser la lógica de la novela. En la colorida ropa que Singer le ha regalado, Antonapoulous parece un icono, un Buda:

“Antonapoulous era más enorme de lo que [Singer] recordaba. Los grandes pliegues carnosos de su abdomen se asomaban bajo su pijama de seda. Su cabeza parecía inmensa contra la almohada blanca. La plácida compostura de su rostro era tan profunda que apenas parecía darse cuenta de que Singer estaba con él.” (p. 88)

Cuando finalmente Antonapoulous muere de una enfermedad renal, Singer se vuelca a la depresión y se suicida con una pistola, para asombro y horror de la gente del pueblo.

Reflejos en un ojo dorado (1941) es otra trágica historia de un amor obsesivo y no correspondido ambientada en un pequeño pueblo de Georgia. Esta segunda novela de McCullers, más intencionalmente grotesca y tímidamente gótica, carece de las voces luminosas de la novela anterior, así como de su credibilidad. Esta historia hace poco esfuerzo por ser poética y, a menudo, está cargado de una ironía de vaticinio fatídico:

“Un puesto del ejército en tiempos de paz es un lugar aburrido. Las cosas pasan, pero luego pasan una y otra vez… Al mismo tiempo, ocasionalmente suceden cosas en un puesto del ejército que no es probable que vuelvan a ocurrir. Hay un fuerte en el sur donde hace unos años se cometió un asesinato. Los participantes de esta tragedia fueron: dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo.” (p. 2)

El “asesinato” resulta más bien un acto impulsivo de autodefensa, cuando el angustiado capitán Penderton descubre a un soldado acurrucado junto a la cama de su esposa en la noche. El soldado Williams ha quedado hipnotizado por la voluptuosa esposa del capitán y se ha colado en su casa en numerosas ocasiones simplemente para observarla dormir: “Se puso en cuclillas a la luz de la luna, con los ojos entrecerrados y una sonrisa húmeda en el rostro” (p. 102). De la extraña esposa, Lenora, el narrador dice sin rodeos: “Como todas las personas muy estúpidas, tenía predilección por lo espantoso” (p. 15).

Pero la principal obsesión de Reflejos en un ojo dorado es la del propio Penderton con el joven soldado raso, con quien ha tenido numerosos encuentros desconcertantes que lo dejan frenético, con una emoción indefinible. Penderton no siente deseo por su esposa, sino más bien un desprecio y repugnancia irracional. El capitán no puede reconocer su deseo por el joven soldado. El soldado Williams es un joven abatido que “no fumaba, no bebía, ni jugaba” (p. 25), una tabula rasa que McCullers intenta inscribir con significado, para dar cuenta de los anhelos homoeróticos profundamente reprimidos que ha despertado en el capitán. La imagen más llamativa de la novela es una visión que tiene el mismo capitán mientras se hunde en un sueño, una anticipación de:

“una sensación única y voluptuosa; fue como si un gran pájaro oscuro se posara sobre su pecho, lo mirara una vez con fieros ojos dorados y sigilosamente lo envolviera en sus oscuras alas”. (p. 77)

El “ojo dorado” parecería ser el ojo del destino que todo lo ve, reflejando los deseos más profundos y no reconocidos del mismo individuo. Aunque la novela contiene escenas narradas con una gran profundidad, Reflejos en un ojo dorado es una obra de ficción curiosamente sin vida, poblada por seres grotescos con apariencia de zombis que, en una base perdida del ejército norteamericano, parecen no tener nada más importante que hacer que interactuar entre sí por medio de estridentes escenas melodramáticas.

La maravillosa biografía sobre McCullers escrita por Virginia Spencer Carr rastrea la inestabilidad emocional de la escritora en el momento de la composición de esta segunda novela, gran parte de la cual fue escrita en la Conferencia de Escritores Bread Loaf, en sí misma un criadero literario de emociones inestables. A McCullers le preocupaba, con razón, que su segunda novela fuera una decepción para los admiradores de El corazón es un cazador solitario. Todo indicaba que McCullers no podía reunir la inspiración que había sentido po su primera novela, tal vez porque Reflejos en un ojo dorado fue motivada por una anécdota que había escuchado sobre un voyeur en una base militar del sur, y McCullers nada sabía sobre la vida real de los militares, en contraste con su familiaridad con la gente del pueblo de su primera novela.

Durante este periodo McCullers, que seguía casada, se había enamorado arrebatadamente de una mujer suiza llamada Annmarie Clarac-Schwarzenbach, a quien está dedicada Reflejos en un ojo dorado. Susceptible a enamoramientos repentinos e imprudentes, incluido uno con la arrogante Katherine Ann Porter, McCullers parece haber sido demasiado inmadura, ensimismada y arrebatada. La escritora ya bebía mucho a los veinte años, y continuaría abusando del alcohol por el resto de su vida. Es imposible determinar si McCullers era naturalmente propensa a los males que la aquejaban (gripe, pleuresía, infecciones, dolores de cabeza) o si la bebida acortó su vida. Sufriría su primer ataque a los veinticuatro años; su última y fatal hemorragia a los cincuenta años.

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