El infinito en un junco (Irene Vallejo)

El infinito en un junco (2019)

Irene Vallejo (1979)

Siruela

ISBN 978-987-725-427-3

452 páginas

La justa aclamación a la obra El infinito en un junco está respaldada por la sanción favorable del cenáculo literato que le otorgó el Premio Nacional de Ensayo de España del año 2020. No obstante, hay otros respaldos más significativos, como son sus 45 ediciones en castellano y su traducción a 34 idiomas, enseñando una gran cantidad de lectores y un interés más allá de su lengua original. Tales respaldos –premio, lectores y traducciones– son explicables porque su autora, Irene Vallejo, entrega datos interesantísimos del mundo antiguo y comparte reflexiones elocuentes del ser humano, haciendo que este ensayo centralizado en La invención de los libros en el mundo antiguo –que es el subtítulo– sea fascinante.

El relato comienza en torno a la Biblioteca de Alejandría, lugar que fue una extensión de la Grecia Antigua, y por ende, de Occidente en Oriente, mostrando una capacidad de pasar límites internacionales para crear nuevas fronteras. Si bien los griegos de otrora no fueron un imperio hasta el de Alejandro Magno, es decir, no desarrollaron esa institucionalidad de la fuerza bruta a escala imperial, ni los ejércitos de tierra ni las marinas de guerra que avasallaron sus territorios lograron destruir su castiza cultura. De hecho, –como se explica en el libro– el Imperio Romano adoptó tal cultura cuando este se asentó sobre las ciudades helénicas, fenómeno explicado porque ese eminente mundo se preservó mediante la palabra escrita en los libros.

Las reflexiones sobre esta trayectoria vital del libro se destacan por la contextualización de vida pública y de régimen político que hace la autora. Además, muchas las relaciona con el arte del mundo contemporáneo, como es el cine de Clint Eastwood, Martin Scorsese y Oliver Stone, y de igual manera, con autores como Jorge Luis Borges, Miguel Hernández y Roberto Bolaños, logrando un ensayo erudito y sofisticado.

Una de esas reflexiones que está muy presente es la perspectiva de género para interpretar la realidad de la mujer. En las antiguas sociedades de Grecia y de Roma la mujer padecía una exclusión y una marginación en las actividades humanas con características similares a lo que ocurre hoy. Por ejemplo, las hijas en igual condición que los hijos de una familia romana no podían cursar una estadía en Atenas para sus estudios, por el contrario, su expectativa era desposarse a temprana edad con hombres ya mayores. Otra reflexión es sobre los regímenes tiránicos y su violencia contra autores, libros, bibliotecas y librerías, como fueron la quema de los libros de Alejandría por orden del Califa Omar en el siglo VII, la quema de libros antialemanes durante el nazismo en 1933 y el bombardeo a la Biblioteca Nacional de Sarajevo durante la Guerra de los Balcanes en 1992. Así también, se reseña a Mao Zedong como un gran lector, funcionario de una biblioteca universitaria y dueño de una librería, degradando esa idealización alrededor de la literatura.

La lectura de estas y otras reflexiones permiten observar conductas permanentes en el ser humano y momentos que hicieron suponer una evolución, pero que no fueron más que ese recorrido variable entre lo bueno y lo malo con que las personas tenemos que lidiar.

A lo anterior se suman las vivencias personales de Irene Vallejo. De sus padres cuenta, el haber entrado con ellos a lugares escondidos al interior de librerías que contenían las obras censuradas del régimen franquista. También cuenta que su papá le regaló a su mamá, cuando recién se conocían, Trilce del poeta peruano César Vallejo. Para ella su relación con los libros, la lectura y la escritura ha sido un refugio para guarnecerse, servicio que las personas lectoras ocupamos en momentos de adversidad, como le pasó al neerlandés Nico Rost, tanto como lector y como escritor con su obra Goethe en Dachau mientras fue aprisionado en ese campo de concentración nazi.

Antes que el libro sea lo que es hoy, fue entre otros materiales, una tablilla de arcilla, de madera y de metal, y antes de esas tablillas, fue un cilindro con un papiro. Más cerca a lo que son hoy, se construyeron a base de la corteza del árbol –en latín liber–, sus páginas se unieron con anillas o correas, se taparon con madera o con cuero y posteriormente se le incluyó un lomo. Esta trayectoria vital de los libros escrita en El infinito en un junco se divide en dos capítulos: Grecia imagina el futuro y Los caminos de Roma, narrados en acápites consecutivos y redactados de tal forma que hacen breve la lectura de sus más de 400 páginas.

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