El abandono como forma de escritura

El abandono como forma de escritura

 

Las reediciones de textos publicados en Chile son siempre un motivo para celebrar. Es un ejercicio de confianza a ciertos textos, a su capacidad no solo para permanecer en el tiempo sino que en la que poseen para volver a encontrar lectores. O quizás no, quizás la apuesta es que simplemente su valor es tal que incluso aunque no encuentre a los siempre esquivos lectores, estos libros merecen volver a estar disponibles.

 

Colonos es un poemario que se reedita gracias a la Editorial Cuneta.  La reedición de un poemario, en sí misma, es motivo de festejo. Colonos tiene dos partes, una narrativa que relata un viaje a Chile, una migrancia, y una segunda más extensa en versos. A través de las estampas que constituyen los poemas vemos el proceso de colonización en la llamada “Frontera” (la Araucania). Sin embargo, la de Colonos no es una historia grandilocuente, no es una odisea, sino que es el relato de las pequeñeces domésticas, los fracasos, el hecho poético que nace de las pequeñas miniaturas del proceso de colonización:

“Sin embargo,

cuando el cuerpo de Ricardo Zúñiga

apareció reventado a piedra y cuchillo,

con la cara en carne viva, desollada

cuidadosamente, con precisión,

más de alguien se quedó mudo

y sin comprender todavía por qué

se cubrió la cara con las manos”

(«Máscaras»)

 

“¿Quién me obligó a probar la suerte de los colonos,

ya viejo y enfermo, sin saber siquiera lo que es un arado,

y encima con una esposa ya tarada y lamentable?

Mil veces pedí la repatriación, mil veces me la negaron,

y la única ganancia de estos quince años de aventuras

es un divertido relato acerca de mi familia” (Charles Girardet)

 

En Colonos donde los colonos son traídos por el Estado, pero que luego, al llegar, el Estado desaparece y las personas quedan entregados a su propio destino. hay una visión de Chile que se conecta bien con Corte de Felipe Reyes, reeditado también este año por Provincianos Editores un Chile, en esas poblaciones nacidas de tomas que luego mutan a lugares controlados por otros poderes, perdidos para sus habitantes originales.

Esta Frontera que pareciera no anexada a Chile ni a ningún país se replica en Corte, novela en la que presenciamos el enfrentamiento a cuchillazos entre dos jóvenes en una población marginal, donde la droga campea y dicta el orden, y el Estado no es más que una ausencia. ¿Qué permite que los personajes de Corte se batan a duelo, a cuchillazo limpio, mientras en el tráfago de sus mentes revisan los momentos y actos que han permitido que estén ahí, jugándose la vida a estocadas? Es la misma inexistencia de Estado que ha permitido el paisaje de Colonos, aunque se ambienten en momentos distintos. Es el abandono del Estado, su ausencia, lo que entronca a ambos textos, lo que por una parte permite que —en Colonos— los protopolicías sean sirvientes de las personas adineradas y que en Corte no aparezcan más que como una molestia, una vergüenza, algo que no tiene más que un poder marginal, porque representa la misma impotencia del Estado para inmiscuirse en esas calles e imponer su ley. En ambos relatos la presencia policial no es más que un eunuco.

En Corte, al desaparecer el Estado, lo que queda es el gobierno del narco, y parte de los habitantes de esa población se convierten en sus soldados, que es simplemente otra manera de orden y represión para el resto de la gente que no detenta ningún poder.

Por otro lado, cabe celebrar la reciente reedición Las olas son las mismas de Ariel Richards, gracias a Los Libros de la Mujer Rota. Se trata de una publicación que tiene como importante novedad la adición de un hermoso prólogo de la autora donde da cuenta no solo de cómo se enfrenta actualmente a la lectura de esta novela sobre el abandono y la pérdida, sobre dejar atrás, sino que especialmente cómo ocurre dicha lectura a la luz de su proceso de transición de género.

En Las Olas son las mismas nos enfrentamos a una narración fragmentada, con dos hilos: por una parte está la historia de Juan, un estudiante chileno avecindado en Nueva York, que encuentra en una biblioteca una libreta, cuyo texto es el segundo hilo narrativo, que contiene las anotaciones de un viaje de dos franceses —Aurelien y Maxime— a Valparaíso a propósito del cambio de milenio. Juan, decíamos, es un estudiante. Aurelien y Maxime son turistas en la ciudad de los cerros anárquicos que suben y bajan calles en tanto van desgranando y degradado su propia relación de pareja.

Los personajes de Las olas también son, en cierta forma, personajes abandonados así como Valparaíso es un lugar abandonado del Estado, en algún grado, y los franceses que recorren sus calles también se van abandonando uno al otro progresivamente. Y el abandono que más late en esta novela es el abandono de la libreta: tanto en su carácter de meras anotaciones de su viaje y relación —y como tal está destinada a jamás tener una conclusión o cierre— y por otra, como abandono de la propia libreta, lo que permite que Juan la encuentre y active su propia observación de la ciudad de Nueva York, donde él es un migrante, jamás un colono, donde siempre es el extraño, el otro, y donde todo en él tiene un carácter de pasajero y por tanto, provisorio. Lo son también Maxime y Aurelien. Su destino es que su historia acabe con el fin de la libreta, sin importar qué haya pasado con ellos, ya sea juntos o por separados.

Hay ahí una ausencia, una distancia de los cuerpos que el propio texto jamás pretende rehuir, sino que explora a conciencia:

“Quisiera terminar de escribir lo que empecé.

Pero.

Pero.

Este desplazamiento por la ciudad también es un ejercicio de olvido” (Las olas son las mismas)

 

Y Juan, en la parte en que la novela se aboca a él, también narra a través de una suerte de estampas descriptivas de la ciudad, que van conformando una cotidianeidad y que como técnica narrativa tienden a lo poético.

“Hay quienes dicen que el metro de Nueva York está habitado por fantasmas, pero aquí lo único que hay son cuerpos.

Cuerpos que evitar rozar otros cuerpos.

Cuerpos erguidos, cuerpos reclinados.

Cuerpos que apenas consiguen mantener los ojos abiertos después de una noche de fiesta.

Cuerpos que leen a De Quincey en silencio.

Cuerpos iluminados por el destello de los teléfonos”. (Las olas son las mismas)

 

La idea del abandono y la migrancia en Las olas son las mismas resulta latente: algo que se ha interrumpido, porque un viaje siempre es una interrupción, el diario inconcluso, las ideas que no cierran y que en ese intersticio se cuela otra historia. El abandono ya no estatal sino de la pareja. La anarquía de ese lugar nuevo, que para la pareja de franceses es Valparaíso. La migrancia de Juan, el chileno en Estados Unidos, y el abandono de sus propios amores, o la búsqueda de una forma de permanecer en Chile a través de la libreta de notas inconclusa.

Es así como estos tres libros ahora reeditados: Colonos de Leonardo Sanhueza, Corte de Felipe Reyes, Las olas son las mismas de Ariel Richards, pueden ser abordados como libros que se comunican unos con otros, no tanto argumentalmente sino que desde sus estrategias narrativas y temáticas últimas.

Esta lectura cruzada no es más que una excusa innecesaria para abordarlos desde su construcción, para celebrar su reedición, y para felicitar a los catálogos que albergan estos proyectos.

 

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