«UN CONTINENTE DE POZOS SIN FONDO» Henry Michaux en Latinoamérica

 

«UN CONTINENTE DE POZOS SIN FONDO»

Henry Michaux en Latinoamérica

 

OBSESIONADO POR EL VACÍO Y TODAS LAS FORMAS POSIBLES DE MITIGACIÓN, el poeta belga Henri Michaux escribió: «Yo nací horadado», como advertencia o confesión, y aclara: «Escribo para ver a través de mí. Pintar, componer, escribir: a través de mí. Ahí está la aventura de estar vivo». El significado de su tránsito vital y de su obra parece fundarse en esas palabras. Su existencia logra sentido cuando mira hacia dentro –suyo– y busca la forma de llenar ese vacío, o al menos reducirlo. La escritura, las experiencias sensoriales con diversas drogas y los viajes son los calmantes que encuentra para disminuir su inclinación por la nada. Incluso llegar a inventar países imaginarios y seres fantasmagóricos de una geografía remota, los rincones ocultos de su mente. Su obra es la bitácora de un apasionado por las huidas y los exilios voluntarios; escribe:

Paisajes apacibles o desolados.

Paisajes del camino de la vida más que de la superficie de la tierra.

Paisajes del tiempo que fluye lentamente, casi inmóvil y a veces como retrocediendo.

Paisajes de jirones, de nervios lacerados, de “saudades”.

Paisajes para cubrir las heridas, el acero, el estallido, el mal, la época,

la soga al cuello, la movilización.

Paisajes para abolir los gritos.

Paisajes como quien se tapa la cabeza con una sábana.

 

Pulsión por el desplazamiento que se manifiesta en el poeta siendo un veinteañero, cuando deja su natal Namur y viaja a París atraído por la efervescencia artística y literaria de los años veinte. Pronto, desencantado de la escritura y el resultado de sus primeros poemas, busca embarcarse como marino. Recorre los puertos –siente el viento costero en los muelles como un augurio de aventura– tanteando la posibilidad de ser reclutado. Espera, deambula por cantinas y hoteles miserables, hasta que logra embarcarse en Boulogne y espera sentir el vértigo de las travesías trasatlánticas, pero la lectura de Lautreamont lo empuja a escribir de nuevo. Los cantos de Maldoror lo remueven y le confirman su quebranto; en uno de los poemas subraya:

No nos bastamos con la vida que llevamos en nosotros mismos.

Pronto decide suspender sus aspiraciones de marino y persistir en la poesía, pero el ardor del viento de altamar permanece intacto; escribe:

Llévenme en una carabela,

en una vieja y dulce carabela,

en el estrave o, si gustan, en la espuma,

y piérdanme, en la lejanía, en la lejanía.

 

Se lanza a experimentar con tonos y formas lúdicas: lo que se convertirá en un rasgo característico de Michaux desde sus primeros textos y que lo acompañará toda su vida. En esos primeros escritos, reunidos en Quien fui, juega con las palabras, las tuerce, hasta lograr nuevas resonancias. La elegancia del gesto y la mirada penetrante ya están ahí. El joven Michaux se hace un lugar en el medio parisino, y pronto conoce a Jean Paulhan, el escritor que será su editor en Gallimard, y al poeta Alfredo Gangotena, quien se convertirá en su amigo íntimo y lo invitará a su natal Ecuador.

 

«ALGUNAS PÁGINAS, NADA MÁS»

Su primera salida intercontinental será la materia para su único diario de viaje: Ecuador. Una tensa estadía que plantea preguntas sobre su concepto del exotismo y la diferencia, la noción de revelación y el anhelo de dejarse llevar por el descubrimiento. El 28 de diciembre de 1927, Michaux se embarca en el ‘Boskoop’ hacia Ámsterdam, en dirección a la mitad del mundo. Anhelado viaje que va a mantenerlo lejos de París durante más de un año.

Desde el primer minuto de iniciado el viaje, Michaux está seguro que va a escribir sobre su experiencia e involucra a Paulhan en su proyecto: va a redactar y enviar notas para revistas y, después de un tiempo, armar un libro con esos textos. Es, ante todo, un viaje literario, anclado en la escritura para ser publicada; lo que le da un tono, un guiño o un juego con el lector que quizá no existiría si esos escritos hubieran estado destinados al diario personal. Una puesta en escena que Michaux toma con cuidado, a veces con humor, burlándose de su propio propósito y de la seriedad que le otorga. Con ese gesto deja de manifiesto que la grandilocuencia de la ‘literatura seria’ le parece una falsedad sin interés. Al comienzo del viaje, después de un solo fragmento redactado, declara: «No escribí más que esto poco que está arriba y ya mato este viaje. Lo creía tan grande. No, dará algunas páginas, nada más»; como si la intención de transformar la aventura en texto banalizara su experiencia, y lo tiene claro: nada de arranques líricos, nada de sorpresas y, especialmente, nada de exotismo. Todo quedará confinado a la página escrita, al relato. Sin embargo, a veces la naturaleza y los paisajes ecuatorianos impondrán su grandeza y el joven escritor rendirá homenaje a aquella visión, en la que el papel del autor aparece nítido: dejar fluir los sentimientos que le dan vida, sin el lente literario, como escribió su amigo Gide: «Es menos bueno cuando deja de ser sincero». Así, la escritura de Michaux advierte al lector que en sus páginas no encontrará la más mínima invitación al viaje, pues su viaje no es un desplazamiento geográfico sino interior.

En Quito los espera la familia del poeta Gangotena. «De todos modos te saludo, país maldito del Ecuador», escribe a su llegada a la capital fijando el tono dual de sus textos, acaba de llegar a destino y el lugar ya está maldito. El joven escritor descubre un mundo cuasi feudal que sólo puede recordarle las familias burguesas de Europa. Él no está acostumbrado a esos ritos, a la falsa cortesía, a las conversaciones sobre bienes o fortunas, a los matrimonios arreglados, a esa frivolidad avasalladora. Un ambiente recargado, extraño, que no tiene nada que ver con los sueños de su partida y la sensibilidad de su «querido Gango» –Alfredo– el poeta sensible, atormentado, quien aparece brevemente en el diario, además de la dedicatoria.

Ya instalado, Michaux continua su trabajo de observación entre sus ganas de exotismo y una realidad más serena, que da cuenta de ese desgarramiento interior que pone en marcha la dinámica de su escritura: al correr de los días envía páginas a Paulhan en las que alterna las descripciones, los poemas, los relatos, las confesiones. Opone la ciudad y el campo, condena las actividades citadinas y a los habitantes que considera «purificados de su exotismo». La naturaleza lo sorprende, su grandeza lo desafía; hace una expedición al volcán Atacazo, se traslada a caballo, atraviesa ríos y, al final, se arroja a un largo periplo sobre el Napo y el Amazonas en bote en el territorio jíbaro. Y –como en la película “Fitzcarraldo” de Herzog– en esa geografía la aventura toma la forma de una batalla: ya no hay exotismo o búsqueda de sí mismo ni del otro, hay un medio hostil y la voluntad de imponerse a él. Michaux escribe sobre su debilidad física, particularmente la de su corazón: «El autor, aunque con problemas cardíacos […] ya no come, está enfermo, y, además, fue él quien así lo ha querido…». Se pone a prueba, busca sus límites en ese enfrentamiento contra la naturaleza, contra su organismo y contra el espectáculo del entorno, absolutamente contrario a lo visto en Quito, a las tensiones y máscaras de la cerrada alta sociedad a la que pertenece la familia Gangotena.  Es consciente de su diferencia, de cómo es observado: «Por adelantado, para entrar en esa ciudad, era necesario pagar el impuesto del rostro».

Michaux observa a Ecuador y a su gente, describe los volcanes y las plantas, los paisajes y los colores de la tierra. Cambia de ángulo en sus textos según sus vibraciones internas:  notas adustas alternan con los apuntes ingeniosos, poemas íntimos y otros textos cargados de humor y parodias a sí mismo. Mira a través de la escritura. Aprende a conocer sus límites físicos e intelectuales y busca qué decir, sin armar una comedia de su rol de «escritor». Uno de los elementos que cruza todo el libro es la relación con el tiempo: Michaux es un adorador de la rapidez y la lentitud local lo agobia. Al final de su estancia escribe: «El ecuatoriano no es así. Dijo mañana, pues bien, será pasado mañana […]. Lo cual es la causa de nuestros numerosos retrasos, y de mi malestar desde hace meses». En el viaje esa relación con el tiempo cambia y, desde los periodos de espera en el barco hasta los preparativos por el regreso lleno de aventura, se ofusca, sufre de la indiferencia de los locales y busca agitar en algo el ritmo pausado de su entorno ayudado por el éter y el opio. Cuenta con la escritura para instalar un sistema de exploración de su ser.

La parte final del libro cambia de tono y registro, se vuelve más descriptivo y centrado en los hechos, pero mantiene el sentido del humor que le permite alternar el «nosotros» o el «ustedes» con el «yo» o «el autor», y pide: “Dame la grandeza, / dame la lentitud”.

No puede evitar su obsesión por la rapidez, pero le gustaría tener la paciencia, el anhelo de inmovilidad, y admite que «para enmascarar su malestar, adopta una voz de pedagogo». Su objetivo es su propia construcción: el viaje tiene que ser una experiencia que debe ayudarlo a perfeccionarse, hacerlo más suspicaz y de esta forma escribir mejor. Así, los textos deben dar cuenta de esta construcción: la vida acelerada que alimenta el viaje vigoriza la personalidad y, por esto mismo, la creación, piensa Michaux cuando emprende el viaje. Su aventura ecuatoriana desmiente esta visión. Para él, Latinoamérica va a ser el lugar de la decepción, el sitio de la desilusión. Ahí no encuentra más que motivos para quejarse, y se resiste a dejarse llevar por este universo: permanece en el borde, dubitativo, a veces sonriente, pero también irónico y sin entusiasmo.

 

«CONTINENTE DE POZOS SIN FONDO»

Luego de un año en Latinoamérica, Michaux regresa a París y trabaja en su libro. Retoca, reescribe, elimina fragmentos. Una vez publicado la crítica es entusiasta, los lectores responden favorablemente, pero en Ecuador no piensan lo mismo: el invitado los traicionó y sólo Gangotena parece comprender el trabajo de su amigo. Ambos continuarán unidos a la distancia hasta la muerte del poeta ecuatoriano en 1944. Sin embargo, sus (negativas) impresiones sobre este lado del mundo no están exentas de clichés: la lentitud local lo agobia, la falta de compromiso con la palabra empeñada le repugna y no dejará de hablar de una tierra de farsantes; declara: «Continente de pozos sin fondo —siempre ávidos, siempre de buena voluntad, siempre improductivos—». Pero ocho años después vuelve a cruzar el Atlántico: en 1936 acepta una invitación de Victoria Ocampo –quien ya había publicado traducciones de Michaux en la revista Sur– al congreso del Pen Club que se realizará en Buenos Aires del 7 al 15 de septiembre de ese mismo año. Ocasión en la que también visitará Brasil y Uruguay.

Europa vive días de oscuridad y confusión, y estalla la guerra civil española poco antes de iniciado el viaje a la capital argentina, la que unos meses antes había inaugurado lo que sería todo un símbolo de la ciudad, el Obelisco de la intersección de las calles 9 de julio y Corrientes, en medio de la tristeza por la muerte de Gardel en el fatal accidente de Medellín un año antes.

En la inauguración del congreso, se leen los mensajes de los que no pudieron asistir, como H.G. Wells, presidente del Pen Club británico o Andrés Gide, que instigaba a los escritores a tomar “conciencia del grave peligro común” que amenazaba al mundo. Con ese espíritu, Michaux se atreverá a hablar dos veces en público, toda una hazaña para quien rehuyó las intervenciones o los discursos durante toda su vida. Participa activamente en los acalorados debates que marcan la tónica del congreso. Incluso critica a Breton y da su opinión sobre el rol de la poesía: «La poesía nos volverá habitable lo inhabitable, respirable lo irrespirable». Esta vez no busca distanciarse del mundo, aprovecha la escritura para tomar partido en la batalla, una especie de paréntesis histórico-creativo, ya que para él se trataba de una práctica del escrutinio personal, una manera de indagar sobre sí mismo, pero en esta lejanía, en este continente al que parece no adaptarse, se atreve a las confrontaciones verbales con arrojo y de frente, a las provocaciones de los fascistas europeos como Marinetti o a los simpatizantes de Franco.

Pero no todo es disputas y recelos. En una reunión en la casa de Victoria Ocampo, Michaux conoce a Angélica –una de las hermanas Ocampo–, con quien vive un breve romance. Sin embargo, en su visita al otro lado del río de La Plata el flechazo sería profundo: en Montevideo Michaux queda maravillado con la joven poeta Susana Soca. Le escribe a Paulhan: «Estoy enamorado. ¿Crees que ella me amará?». El sentimiento es recíproco, pero ella vive con su madre, quien no la pierde de vista, haciendo que sus encuentros fueran cada vez más breves. Michaux la invita a volver con él a Europa (sin la madre), la espera tres meses, en vano. Ella se arrepiente. Regresa solo a París, «en el hoyo». El que quería verlo todo, escribirlo todo, ya no quiere nada. Latinoamérica es el lugar de la decepción.

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