ANA NEGRI: “LOS EUFEMISMOS ESTÁN POR TODAS PARTES, EN LA VIDA DE CLARA Y EN LAS DE TODAS LAS PERSONAS”

 

Lanzada en el marco de la Furia del Libro 2020 y presentada por Alejandro Zambra, Los eufemismos (Los Libros de la Mujer Rota, 2020), la primera novela de Ana Negri (Ciudad de México, 1983), ya comenzó a circular en Chile. La contratapa describe a la novela como un relato agudo y de humor negro, que evidencia la complejidad de los afectos en las relaciones maternofiliales. La autora es editora y doctora en Estudios Hispánicos por McGill University. Fue becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México en 2017 y ha colaborado con ensayos, relatos y crónicas en distintos medios impresos de México, España y Estados Unidos. Actualmente trabaja como editora independiente

De su primer libro en solitario, de la pandemia y su relación con la literatura chilena hablamos con ella.

– ¿Cuál es la rutina de Ana Negri?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

Creo que justo lo que no logro es armar una rutina, soy bastante caótica. Siempre me ha costado fijarme horarios —aunque soy implacable con los deadlines— porque me dejo llevar muy fácilmente por las cosas que surgen durante el día, ya sea en la casa o en la familia o en alguno de los freelanceos que esté haciendo en ese momento. Me lleno de actividades prácticas y le doy prioridad a las cosas que trabajo con más gente o que tienen plazo preestablecido, así que al final me cuesta mucho encontrar el momento para sentarme frente a la computadora. Mi escritura más constante es la que llevo en libretas, ahí sí escribo casi diario: en cuanto me despierto, todavía en la cama o antes de acostarme, en la noche. En general funciono como por desborde. Acumulo y acumulo cosas que escribo en las libretas, a las que les doy vueltas y vueltas o que de plano abandono y vuelvo a empezar, son cosas que me llevo de paseo cuando tengo que sacar al perro o a las que vuelvo cuando leo otra cosa o cuando miro una película… en algún punto me entra una suerte de urgencia o necesidad de darle más cuerpo a eso y ahí sí, me aíslo y soy capaz de desentenderme por horas frente a la computadora.

 – Estamos sumidos en una pandemia mundial con consecuencias todavía incalculables. ¿Cómo te sientes frente a esta contingencia? ¿Qué lugar le das al libro y a la literatura en este contexto de reclusión?

Justo iba a seguir la pregunta anterior diciendo que el año pasado, desde que empezó el confinamiento me había costado más escribir. En los momentos en los que estaba tranquila aprovechaba para leer, así, además, me mantenía lejos del miedo o de la angustia, pero pasaron un montón de cosas y llegué a estar física y emocionalmente muy cansada para eso y ni se diga para escribir. Digamos que el año pasado me enfoqué en sacar los proyectos de trabajo que había pactado en 2019, uno editorial y otro docente, que por suerte siguieron en marcha en 2020. Ahora, aunque en México estamos en el peor momento de la epidemia, y el confinamiento y la incertidumbre siguen siendo la norma, he podido volver a leer con un ritmo más cercano al habitual y a escribir en mis libretas, así que confío en que en algún momento llegará el desborde de nuevo. 

– Tu primera publicación es la novela Los eufemismos, un libro que indaga en la relación madre-hija y del exilio en México de los padres de la protagonista. Son constantes las alusiones (lingüísticas, geográficas, temporales) a Argentina, el país de origen de los padres. ¿Cómo ve México la realidad de los exiliados y las dictaduras en el Cono Sur de Latinoamérica? ¿Cómo lo ha abordado la literatura?

Sí, Los eufemismos es mi primera novela, aunque he publicado relatos y ensayos en distintas publicaciones periódicas y varios libros como editora. En la novela, como dices, se plantean cuestiones sobre el exilio argentino en México, pero más que centrarse en el exilio de los padres, la novela se enfoca en Clara, que vive algo así como un exilio heredado. En ese sentido y hasta donde me alcanza la vista —no puedo decirte que sea así en todo México— te diría que los exilios latinoamericanos aquí se vivieron como un fenómeno que tuvo un momento preciso y que ahora sólo funciona para explicar la presencia de todas esas personas, mayoritariamente excéntricas, que llegaron y, en muchos casos, permanecieron en el país. Estoy segura que desde la academia debe haber un montón de investigaciones sobre el tema y la posmemoria, pero fuera de ahí, me parece que sólo las mismas personas exiliadas conciben los exilios como un fenómeno de largo alcance por lo que incluso se habla de los hijos e hijas de personas exiliadas, que sería la situación de Clara. De hecho, las expresiones artísticas que ahora se me ocurren sobre el exilio o la dictadura son todas de exiliadas o hijas de personas exiliadas: la película El premio, de Paula Marcovich; el documental Tiempo suspendido, de Natalia Bruschtein; Conjunto vacío, la novela de Verónica Gerber y las propuestas teatrales “Te mataré derrota” y “Cosas pequeñas y extraordinarias” codirigidas por Micaela Gramajo desde Bola de Carne la primera y desde Proyecto Perla la segunda.

Eso sí, en cuanto a las posibles secuelas de la experiencia de exilio, puedo decirte que, en México, la palabra trauma no suena y cualquier cosa que evoque a una afectación de las personas en su forma de relacionarse o de percibir la realidad se asocia de inmediato con una cuestión psiquiátrica o psicológica, el psicoanálisis no tiene lugar o se le asume equivalente a cualquiera de las otras dos. A lo más que se llega suele ser a la idea de salud mental y cada vez que, desde el Estado, apuntan a considerar el tema, sus propuestas son tan opuestas a los más elementales derechos humanos que dan ganas de que mejor lo sigan ignorando.

 – La protagonista de Los eufemismos intenta hacerse cargo de su madre, una víctima a la que cuesta “clasificar” porque no alcanzó a sufrir directamente la brutalidad de la dictadura argentina, lo que dificulta un eventual proceso de reparación: no hay “archivo” que pueda respaldar su alegato, el que es aplastado por la burocracia. ¿Qué puede esperar la madre de Clara de un proceso de reparación? ¿Por qué en un momento se niega a aceptarlo?

Bueno, la madre de Clara sí es víctima de la dictadura: fue perseguida, su vida estaba amenazada y por eso se vio forzada a abandonar su país. Lo que dificulta el proceso de reparación es que, como dices, no tienen las pruebas, en términos burocráticos, que le piden. Y lo que espera la madre es que el Estado acepte su responsabilidad por la violencia que sufrió y por la situación en la que la dejó, pero eso implica enfrentarse, por un lado, a la burocracia de un sistema de justicia que no quiere reconocer esa responsabilidad y, por otro lado, repasar una y otra vez una historia de mucho dolor. Por eso último es que la madre, en algún momento, decide no seguir con los trámites, no es que se niegue a aceptarlo porque nunca se lo ofrecen.

 – La vida de Clara, la protagonista, es la vida de hija de exiliados que tiene que empezar de cero: conoce apenas a sus padres, a sus raíces. Su lenguaje está entre dos países, incluso duda constantemente de este. ¿Los eufemismos son la forma que tienen los padres de hacerle creer que todo está bien, de no hacerse cargo del trauma? ¿Es la búsqueda de “claridad” la solución que se inventa para sentir que la entienden?

Yo creo que los eufemismos están por todas partes, en la vida de Clara y en las de todas las personas; también creo que a cada quien le toca identificarlos y descifrarlos.

 – ¿Cómo fue el proceso de publicación de la novela en Chile? ¿Cuáles son tus expectativas? ¿Podrías mencionarnos qué conoces y te gusta de literatura chilena?

La oportunidad de publicar Los eufemismos en Chile se dio gracias a Antílope, la editorial que este año va a publicar la novela en México, particularmente gracias a la escritora Jazmina Barrera que es una de las cofundadoras de ese proyecto editorial. Primero me leyó ella, le gustó mucho y firmé contrato para publicar en México. Simultáneamente, Jazmina les habló de mi novela a los editores de Los Libros de La Mujer Rota que la leyeron y se interesaron en publicar Los eufemismos en su editorial. Inicialmente, de hecho, iba a ser un lanzamiento conjunto México-Chile, pero la pandemia ha dificultado muchísimo las gestiones editoriales acá en México, así que la edición mexicana no alcanzó a salir en 2020.

He leído mucha literatura chilena por mis estudios y por gusto y porque personas chilenas que son o fueron cercanas a mí en algún momento me mostraron lecturas que están fuera de los programas escolares. Por mis estudios leí a Ercilla, a Huidobro, a Mistral, Neruda, Allende, Donoso, pero me acuerdo que las primeras veces que me leyeron poemas de Enrique Lihn me sentí deslumbrada. De Lihn pasé a los Parra (Violeta y Nicanor), a Zurita, a Gonzalo Millán… a ver películas de Raúl Ruiz. También me acuerdo que una vez fui a oír una lectura de Elvira Hernández en “La Bota”, un bar que es una especie de refugio de poetas que está en el Centro de la Ciudad de México, y me gustó muchísimo. De narrativa me fascina La amortajada, de Bombal —ahora que lo pienso, es un muy buen momento para releerla—, Lumpérica, de Eltit y Estrella distante de Bolaño, por ejemplo. También La lección de pintura, de Adolfo Couve y Toda la luz del mediodía, de Mauricio Wacquez que las bajé de Memoria Chilena y las leí en digital —tengo la intención de conseguir los libros impresos cuando conozca Chile—. También me encanta Bonsái, de Zambra y su libro de ensayos No leer me parece excepcional. No sé, son muchos libros y sé que después me voy a acordar de algún otro que dejé fuera… Space Invaders, de Nona Fernández… recién leí La resta, de Alia Trabucco y me gustó un montón.

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