Irrupciones (Mario Levrero)

 

escritor uruguayoIrrupciones (2019)

Mario Levrero (1940-2004)

Montacerdos Ediciones

ISBN: 978-956-9396-36-0

207 páginas

Aparte del Manual de parapsicología (1978), otra de las rarezas que nos dejó Levrero es Irrupciones, el conjunto de columnas que publicó en la revista Posdata durante la segunda mitad de los 90 y que la editorial chilena Montacerdos decidió publicar en dos volúmenes, el primero durante 2019. Aunque decir rareza para abordar la obra del montevideano a esta altura suena a epíteto. Podríamos decir que las Irrupciones no son más que sus múltiples intereses y despliegues narrativos dispersos en microtextos.

Dentro de las 50 entradas que configuran este primer volumen de Irrupciones, se pueden rastrear casi todas las facetas del uruguayo: su obsesión por los policiales, sus indagaciones casi esotéricas, su cotidianidad como plataforma de observación de fenómenos. Lo que Levrero hace con sus columnas es literatura o una forma parecida a lo que él concibió como tal. Empezando con una pequeña imagen o idea, dice, por ejemplo, en la entrada 30: Interesarse es entonces dejarse afectar, y en general interesa lo llamativo, lo espectacular, lo inusual, es decir, aquello que se impone, que llama la atención hacia sí de un modo contundente. A mí más bien esas cosas me molestan, y trato de dejarme afectar por otras cosas más sencillas y próximas. Hasta que me doy cuenta que no existen cosas sencillas y no existen cosas próximas.” (pág. 124).

Yendo a contramano de lo espectacular, Levrero se ocupa de estas cosas aparentemente sencillas y les otorga una densidad tal que logra afectar al lector. Tanto es así que logra develar la conciencia artera de las moscas que, apenas se ven amenazadas, desaparecen; la pareja de ancianos que va a los cines a estropear las funciones a un cinéfilo hipersensible; las diatribas que escupe a la invasión casi dictatorial de la publicidad en los espacios públicos que llega a contaminar hasta sus sueños.

Vuelvo a citar de la misma columna: “Como me decía un amigo hace poco, todo es interesante. Absolutamente todo: cada objeto, cada lapso, cada sentimiento, cada idea. Cada fragmento de objeto, cada instante. Lo que se agota es nuestra capacidad de dejarnos afectar, es decir, nuestra capacidad de investigar las novedades que continuamente se producen en el objeto, es decir, nuestra capacidad de relacionarnos con el objeto. De ahí, tal vez, el horror”.

Entonces, sus Irrupciones irrumpen en esa pantalla continua que es la realidad automatizada, como si todos los días estuviéramos pisando un terreno hostil y desconocido. Como si tuviéramos que desandar lo caminado y volver a empezar. Como cuando cuenta su preocupación por cambiar la almohada, ya que esta le impide dormir bien, pero al despertar, esa preocupación, esa urgencia por aliviar el viaje al sueño, ya no es tal, pues la vigilia entró en un nuevo ciclo. Pasamos a ser otro que tiene que volver a reconstruir su percepción del mundo.

En alguna parte Levrero afirma que cualquier cosa que esté entre portada y contratapa puede catalogarse como novela, y valdría hacerse la misma pregunta para estas columnas. Si todas estas piezas dispersas y convocadas a un volumen encuadernado no son —por el mero hecho de ser convertidas en una unidad— una novela de entradas disímiles con un personaje que va mutando a través de su enmarañada cotidianidad. Lo que sí se podría afirmar es que, como introducción al autor, Irrupciones funciona como vitrineo de lo que constituye el grueso de su obra y, por tanto, forman parte de ella. Por supuesto que sin publicidad y sin moscas.

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