Texto de presentación: «La carretera siempre es un intento y un derrumbe: algunos apuntes en torno a “Ir a la Trinchera” de Juan Carreño»

Ir a la trinchera

1. Antes de partir hablando en torno al libro y a los distintos textos que nos ofrece, me parece necesario hacer una precisión sobre el lugar que podría ocupar la presente recopilación en la producción literaria de Juan Carreño. Tanto en Compro Fierro como en Bomba Bencina nos encontramos con ciertas formas de aproximación a la realidad profundamente permeadas por un oído, digámoslo así, etnográfico. Y es que, querámoslo o no, la poesía supone necesariamente un desplazamiento, el situarse desde un manejo de la lengua que logra atisbar aquellos tics, frases y formas de enunciación que circulan en lo cotidiano, pesquisándolos y organizándolos dentro de un orden específico, que en este caso es el orden del poema . Lo que planteo, retomando la primera idea, es que ya en sus dos primeras obras se prefigura el libro que ahora comentamos. Mientras el primero —cuyos procedimientos podemos conocer en profundidad en la crónica Lección de escritura— va articulando una cartografía de la periferia metropolitana que, dicho sea de paso, poco y nada se distancia de los villorrios y ciudades que se amontonan en torno a lugares como La Trinchera en la región del Maule; territorios dejados a la buena de Dios, narrados tarde mal y nunca y casi siempre ceñidos a viejos imaginarios como el del campo prístino y la epopeya huasa. Bomba Bencina, por otro lado, continúa orbitando en torno a esos bordes en donde transitan personajes como Óscar Lucero y su monólogo alucinado, que nos recuerda al Padre mío de Diamela Eltit; un amanecer en Carrizal Bajo, en Montepatria, que es lo mismo que un amanecer en San Clemente, en Malloa, en la irisada superficie de Tacna o en las barriadas pobres que bordean los cerros tóxicos de Arica; la inutilidad de los viajes que, como ya advirtiera el viejo Séneca, no son otra cosa que un desplazarse con uno mismo: escapar jamás ha servido de nada.

2. “Partir, evadirse, es trazar una línea. El objeto supremo de la literatura, según Lawrence: «Partir, evadirse, atravesar el horizonte, penetrar en otra vida…»,” nos dice Deleuze en torno a la literatura norteamericana. “Debo saber viviendo lo que pasa más allá. Si he logrado representar mi origen en la raíz misma de la pobla de esta manera, debo buscar mi continuación en los bordes desconocidos del continente. No con la chapa del turista ni la de un rancio machetero. Tampoco huyendo…”, anota Carreño en una de sus crónicas, y ahí podemos vislumbrar un cierto cruce, una necesidad de hacer del viaje no una forma de evasión, sino más bien, retomando a Deleuze, como un modo de ampliar los límites de lo posible a través del trazado de una cartografía, de un itineriario. Voluntaria o involuntariamente fiel a esa bella frase que nos dejara el infrarrealismo como punta de lanza y programa: “Ahora más que nunca déjenlo todo, láncense a los caminos”, Carreño en su crónica sobre “La Trinchera” dice: “Abandoné y me despedí, nuevamente. A lo único que hay que acostumbrarse es a las pérdidas. Había que escribir y viajar”, mientras, sospecho, el viento arrecia la arena de las lomas que el mar siempre amenaza con tragarse para siempre, dejando a la vista del mundo sus secretos. Este abandono, pienso, me remite inevitablemente a Kerouac, o al Che Guevara, pero no en su versión standard de polerita de mall para izquierdista renovado, sino más bien en la lectura que Piglia hace del mismo, como lector solitario y abnegado que recorre la selva boliviana con un fusil, una libreta y sus siempre imprescindibles libros, que no dejaba por nada del mundo. El autor de estas crónicas es un vitalista, pero también un ávido lector que encuentra allí otra forma de fuga.

3. Era Lemebel el que decía que la crónica era, por suerte, un género bastardo, en donde poesía, prosa y otros elementos se cruzan para hacer un texto híbrido. Acá esa hibridez se nos aparece no tan solo en términos narrativos, sino en términos temáticos: a las ya mencionadas inquietudes por el viaje y la fuga, están también las reflexiones en torno al cine —en concordancia con la acérrima militancia en el Feciso, iniciativa que a mí parecer debería crecer, expandirse, arrebatarles las poblaciones a la inercia, a los fachos, a los evangélicos y las hordas de buenos cristianos que andan sembrando una caridad más parecida a la conmiseración—, a los imaginarios que se han instalado sobre las periferias y sus pobladores. Y es que la disputa política por estas representaciones no debe ceder un ápice en la pelea contra la pornomiseria, que hoy circula en la forma de epopeyas que elevan a blindados pacos, cámara en mano, en programas como los de Chilevisión, a la categoría de héroes y salvaguardas del orden en los rincones donde abunda el caos que siempre amenaza con desbordarse. Las armas, hemos entendido con el tiempo, son también simbólicas y buscan codificar, disciplinar, colocar etiquetas y situar a los individuos y sus territorios en el lugar que les corresponde.

Vuelvo a Deleuze para cerrar: “El gran error, el único error, sería creer que una línea de fuga consiste en huir de la vida, evadirse en lo imaginario o en el arte. Al contrario, huir es producir lo real, crear vida, encontrar un arma”. Los viajes de Carreño son precisamente eso: es una forma de buscar las armas para un alzamiento que nunca llega, pero que se prepara con amor allí donde mueren los valientes.

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