Humillaciones (Marcelo Mellado)

HumillacionesHumillaciones (2014)

Marcelo Mellado (1955)

Hueders

120 páginas

 

La biografía de Magallanes perpetrada por Zweig comienza afirmando que los libros pueden tener su origen en las más variadas emociones: «Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual». En estas fogosas emociones quizás encuentre motivos Humillaciones, recientemente declarado ganador al mejor libro de cuentos en 2015 según el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

En estos cuentos —donde la costa central funciona como una vitrina— la acidez y berrinches son comunes, en general contra todo lo que sobrevivió a la dictadura mutando y adaptándose al nuevo orden social y político. Yéndose a la mierda, diría quizás Mellado, o mutando en perversiones opresivas y violentas, como la municipalidad que en “Capital semilla” aplasta todo intento privado de emprender en los cerros porteños. O desmenuzando la pequeña literatura chilena en “Edi Yonki”, la pobreza de un escritor que persigue a su editor para que le pague una plata que seguramente este último ya gastó en drogas. La melancolía deviene rabia cuando dispara contra la institución política, contra aquellos cuya «maldad consiste en hacer de su ignorancia (…) una soberbia», y ahora como mafias manejan dinero o asesinan. Pero incluso, cuando Mellado se vuelve puertas dentro no permite que entre mucha luz. Cada posible amor está mutilado, y así como cada uno sale humillado y ofendido de la política, les resulta lo mismo al salir de una relación, o de un bar. Cada uno de estos cuentos ha sido concebido desde la frustración que los 90 implantó, una década en la cual no pasó nada, o nada más que criar a los nuevos peones políticos y latifundistas que hasta hoy mantienen a sangre y fuego lejos a los impertinentes, los mismos a los que Mellado parodia graciosamente en “Teoría de la gestión” con todo su aparataje conceptual, construyendo un discurso hueco pero que les ha servido, y les seguirá permitiendo venderse como por ejemplo, defensores del patrimonio cultural.

Hacia el final se encuentra “Soldado”, un relato que recuerda al Prat de la historieta de Rodrigo Salinas: un militar que sobrevive a una guerra, pero yéndose del mundo, perdiendo una batalla aunque ganando libertad a la vez que soledad. Dentro de la estructura del volumen, tiene sentido que acabe con este. Cada personaje de Humillaciones se deja leer como un perdido o un desubicado, en la forma en que cada superviviente lo es: está vivo cuando no debería, plantándose en la posición de otra existencia a la que desplaza. Así de desubicados y sin arraigo porque ya ha pasado su momento. Entonces ahí se inscribe el funcionario político caído en desgracia, la violenta mafia homosexual municipal, el viejo militante comunista que entabla amistad con el profesor porteño que pretende investigar a estos sobrevivientes, a quienes tuvieron presencia real en la debacle del socialismo en el país, dando entrada a esa especie a la que Mellado cada vez que puede basurea: «la patética cultura progresista chilensis, amplios de criterio, apasionados por la diversidad, críticos, etc.», la misma que les permite a los “tristes escritores mediocres” mantenerse a flote con alguna beca, un fondo concursable, o una agregaduría cultural, a costa, claro, de los mismos contra los que se juega, esperando el momento para el movimiento estratégico, para el repliegue o el ataque, lo que en Humillaciones se define como la política ideal, y no la de los jóvenes que por quererlo todo acaban obteniendo nada.

Dentro del ambiente generalizado de autoficción, serialidad biográfica y pretendidamente minimalista, de relatos clausurados por su vulgaridad, y de blockbusters maqueteados hechos pasar por novelas, Humillaciones gana por lejos corriendo casi solo y ganando merecidamente. Pero a no malentender: claro que este es un buen libro de cuentos, y por supuesto que Mellado es un gran escritor. El escenario actual de la narrativa chilena solo lo beneficia, permitiendo que sus destellos rabiosos destaquen, que sus propios métodos de escritura resulten más potentes y originales que los refritos de una cena que aún está siendo devorada con fruición y desparpajo.

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