El hermano asno (Eduardo Barrios)


El hermano asno (1922) 

Eduardo Barrios (1884-1963)

Ed. Andrés Bello (1984)
N° Inscripción 58.989
150 Páginas
—Fray Lázaro, en la última festividad de Nuestro Padre San Francisco enteró usted siete años en el convento —me recordó esta mañana el Provincial.
Sí, siete años. Y como empezamos noviembre, llevo ahora siete años y un mes de franciscano.
Sin embargo, aún no me siento un buen fraile menor.
¿Debería, Señor, colgar este sayal?
     El hermano asno es una novela de un tono particularísimo, donde se impone por sobre todo el oficio del autor.
     La novela, narrada en primera persona (bajo la excusa de quien escribe sus propias memorias en un diario) por el fraile que oficia de protagonista, retrata la vida dentro de un convento franciscano en Chile, a comienzos del siglo XX. Curioso es el contexto, que sirve para que el autor nos vaya contando una historia sobre sentimientos, pasiones, la represión del erotismo humano y las alegrías comunes de cualquier hombre. Hasta acá podría sonar a novelón que encabezaría la lista de los Best Sellers por semanas, pero nada más lejos de eso. Esta es una novela bien construida, que no busca ni por un momento crear controversias simplonas en el lector, sino que interiorizarnos de la experiencia de un fraile franciscano al interior de su claustro, de cómo este se va enamorando de una chiquilla al tiempo que lucha por efectivamente seguir la vida de reposo y entrega a dios que él ha querido trazarse. Consideren que esta novela se publicó en torno al año 1920; no hay en ella ninguna intención manifiesta de escandalizar.
     Por otro lado, y como contrapeso al protagonista, está la imagen de otro fraile, del fraile Rufino, justamente quien parece tocado por el dedo de dios y repleto de santidad. Es el ejemplo para el protagonista, el dechado de virtud y, al mismo tiempo, el espejo donde él puede ver su imagen volverse turbia ante sus tantos defectos humanos.

     Hay varias cosas que quisiera destacar. Primero, el tono en que está escrita la novela. El equivalente a la paleta de colores con las que el pintor ilustra su composición; en este caso Eduardo Barrios, el autor, utiliza un tono sencillo, íntimo, confesional, que retrata en su calidez con perfección a aquel que cualquiera pudiera atribuir a un hombre retirado de la vida social y allegado, más bien, a la vida espiritual. Entre sus líneas se vislumbra, sin que lo diga, la intención beatifica del protagonista. Eso, por sí mismo es un gran logro. Como segundo aspecto a destacar está la historia y su contexto. Creo que el escenario en este caso supone una gran dificultad. Como no se trata de una novela estilo Dan Brown, el autor se pone en el riesgo de ubicar realistamente esta historia en un lugar específico que efectivamente existía como tal en el momento en que esta obra fue publicada (el lugar actualmente resulta tan céntrico que ha sido desplazado por torres y edificios). No hay medias sombras, sino que luz y claridad en cada uno de esos pasillos, celdas, monotonías; todo ha resultado muy bien descrito en muy pocos trazos, dándonos una idea muy precisa del contexto general y de aquellos lugares particulares donde es necesario poner atención. Por último, existe otra belleza en esto, y es la agilidad narrativa, el cariño del autor por las miserias de sus personajes, la importancia que pareciera darle el autor a que el texto no solo funcione, literariamente hablando, sino que además efectivamente entretenga y enternezca al lector, situación que logra a cabalidad.
     En suma, resulta sumamente liviano (sin serlo realmente), agradable de leer, bello en su anécdota y composición, como lo es toda la obra de Barrios.
 También aquí, en este pequeño huerto encajonado entre claustros, el aire se detiene, se ablandan de calor las hojas y la hierba se tiende lacia. Hasta la mirada se afloja. En aquellas plantas de tuna centellea el sol: deben estar calientes los carnosos medallones y resecas sus espinas. El claustro encalado refulge, solitario; y aun las palomas y los pájaros se han escondido.
Veo la fila de puertas de las celdas herméticas e imagino a los frailes durmiendo una siesta sofocada.
       Eduardo Barrios resulta un hombre atípico a su época. Mejor preparado que sus contemporáneos, escribía de una manera poco usual, donde reinaba un realismo urbano bastante visceral, desprovisto del nivel de cuidado en la prosa que sí tenía Barrios. Más aun, esta novela se aleja de la temática referida tan en boga en aquel momento (el realismo urbano del que hablaba, el de Alberto Romero, Manuel Rojas, NicomedesGuzmán, etc.) para preocuparse bastante por todos los componentes que hacen a una novela un “objeto” apreciable en sí mismo, de una manera mucho más universal y exenta del regionalismo de sus contemporáneos. Como dato, Eduardo Barrios sería respetado a tal nivel que llegaría a ser ministro de Educación en ambos períodos de Carlos Ibáñez del Campo.
     A modo de corolario, les dejo esta breve reseña que encontré, de la época del lanzamiento de esta obra.
EL HERMANO ASNO
por Eduardo Barrios

Debo, por primera providencia, declarar que esta novela es, en cuanto a forma literaria o más exactamente en cuanto a estilo, una de las mejores que yo haya leído en muchos años.

El señor Barrios escribe franciscanamente y con esta sencillez nítida y jugosa que Francis Jammes ha puesto de moda en Francia. Hay, de cuando en cuando, alguna noticia falsa, como sucede en los mejores “pastiches”, y hasta en los que Anatole France pone en boca del abate Coignard. Pero la impresión definitiva es franciscana: color y perfume, todo viene en línea recta de las “Florecillas” de Asís. El sabor de ciertas páginas lo compararé al del agua cordillerana, sabor fresco y dulce, que es una eterna invitación a beber en la misma fuente.

(Omer Emeth, 5 de junio de 1922)
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