Texto de presentación de “Cuaderno de Campo” de Rafael Berríos, por Miguel Villalobos Martínez

 

Por Miguel Villalobos Martínez

 

Comenzaré hablando desde la más profunda honestidad. Hace tiempo que no leía un libro tan sencillo. Y esto lo digo como un halago, en el mejor sentido posible de la palabra: narrar con sencillez, o sea, de manera expedita y poniendo en primer lugar la historia que se quiere contar, es una cualidad muy inusual en estos días. Hasta hace poco, anduve voluntariamente perdido en los laberintos de la narrativa experimental, buscando formas que me sorprendieran, escudriñando ideas nuevas para mi propio ejercicio incluso; hundiéndome en los pantanos de las formas y olvidando en el camino que el ego jamás debería interponerse entre la historia y quien la lee o escucha atentamente. Cuaderno de Campo es una obra que entiende muy bien eso; Rafael lo entiende muy bien.

Son muchas la virtudes que se desprenden de Cuaderno de Campo: las diferentes dualidades que se tensionan en la obra —campo y ciudad, tradición y ruptura, libertad u opresión— y todo lo que de ellas se desprende; la excelente construcción de personajes, especialmente los femeninos, que sin duda y con total justicia se llevan nuestra atención; el magnífico uso del lenguaje, que página tras página fluye con naturalidad y consistencia; o el diálogo fecundo que se establece entre ficción y realidad histórica, entre Mercedes, nuestra protagonista, y Nicomedes Guzmán o el MEMCH durante la primera mitad del siglo XX.

Pero decidí intentar mirar un poco más allá. Atender a mis fijaciones más personales y relevar una dimensión preciosa de Cuaderno de Campo que, tal vez, pasa algo desapercibida entre tanto punto fuerte. Me refiero al tránsito que hace Meche desde una vida productiva a una vida creativa.

Alfonso López Quintás, propone que el Arte en general —y la Literatura en particular— nos conducen al desarrollo de una vida creativa. Esto significa, muy en resumen, que nos permite transformar nuestra realidad objetual en una realidad ambital. Nos dice, en definitiva, que podemos pasar de vivir en un mundo lleno de objetos (y personas que se comportan como objetos, incluyéndonos), donde todo está previamente definido y mediado por la utilidad y la inmediatez, a vivir en un mundo lleno de “ámbitos”, que son seres y cosas que no están definidas previamente o cuyos límites son difusos, mutables y flexibles. Pone un ejemplo asombroso que repito cada vez que puedo, porque además de bonito resulta tremendamente ilustrativo: los niños y niñas, en su más tierna infancia, “ambitalizan” constantemente su realidad, transformando los objetos en ámbitos mediante el juego, por medio de su percepción y su lenguaje; así, lo que para nosotros los adultos es simplemente una “escoba” que sirve para barrer, para ellos puede ser un rifle, un caballo, un báculo mágico, un medio de transporte volador, un remo, un brazo robot… lo que la historia mande, lo que la historia necesite.

Tristemente, con el tiempo esta forma creativa de vivir —que traemos por defecto— va cediendo a las exigencias productivas de nuestra sociedad. Dejamos de imaginar porque imaginar no reporta utilidad ni se puede traducir rápidamente en ganancia; y nos ponemos en su lugar, y en el mejor de los casos, a “planificar”. Abandonamos la vida creativa y la cambiamos por la productiva. El homo ludens de Huizinga degradado a simple homo sapiens. La buena noticia, nos dice don Alfonso, es que el Arte puede devolvernos esa valiosa facultad, y que entrenarla y cultivarla no necesariamente nos obliga a “ser artistas”, sino a liberarnos del yugo del objeto y reconectar con nuestra auténtica humanidad: ese ser ambital que sabe jugar, que sabe mirar la realidad de otros modos y, por lo tanto, que sabe dialogar con ella.

¿Y qué tiene que ver todo esto con Cuaderno de Campo, se preguntarán? Yo diría que mucho. Ya que Mercedes, nuestra Meche, transita durante toda la obra por la frontera entre estas dos vidas, y termina abrazando la vida creativa como la única forma de restituir o crear sentido; la única manera en que vale la pena vivir. Revisemos algunos ejemplos, sin revelar aspectos críticos de la trama.

Todo parte en el fundo. El entorno inmediato de Meche está volcado a la vida productiva: todo en él tiene una finalidad inmediata. En casa, las tareas diarias se cumplen responsable e inexorablemente, le guste a quien le guste, quiera quien quiera. El mandato patronal se impone al individuo, siempre; o lo que es igual: reduce los sujetos a objetos, bienes fungibles que solo tienen valor en la medida que sirven para algo, en la medida que pueden ser usados. Así, durante la jornada, el campo no es paisaje, sino recurso y trabajo; la madre —aunque después nos muestre su lado más tierno— es un agente de supervisión y control; el padre, fuerza de trabajo, macho alcohólico, pura brutalidad; la Meche es la jovencita mano derecha de su madre, una segunda madre; y los hermanos y hermanas esperan tener la edad suficiente para caer en una de las categorías antes mencionadas. Todo lo que no cumpla su papel es mirado con malos ojos. No hay más.

Acá el impulso de Meche es el de cuestionarse las cosas, desde su cansancio y su tedio; se las cuestiona, porque se niega a aceptar que la vida solo puede ser eso. El primer gran indicador aquí es que ella, a diferencia del resto, sabe leer y escribir, por eso lo hace cuando puede, y les lee a sus hermanitos/as: entiende, aunque sea intuitivamente, que practicar la palabra de manera improductiva es construir una ventana a través de la cual mirar el aplastante cotidiano con otros ojos; de convertir lo mismo en algo “diferente”.

Piensa entonces en irse a la ciudad a buscar sus sueños. Mientras va de camino, en pleno viaje en micro, aburrido e incómodo, ella reflexiona sobre sus propios temores, y nos cuenta:

 

Pero no era temor a las sombras o a la oscuridad absoluta

que adivinaba tras el follaje de los árboles o allá abajo donde

yo sabía que el río seguía su curso. Era un temor extraño a lo

                   que la noche hacía desaparecer, a eso que por unas horas dejaba

                   de estar a la vista de las personas y que podía convertirse en

                   lo que quisiera: árboles que sacaban sus raíces de la tierra y se

movían con absoluta libertad por los cerros y valles; o piedras

que se tornaban líquidas y avanzaban en silencio por grietas

y quebradas hasta donde los primeros rayos del sol volvían a

solidificarlas.

 

Acá pasa algo maravilloso: en sus ojos creativos, el viaje no es un simple desplazamiento, la micro se comporta más como un catalizador de su curiosidad, una especie de portal donde su percepción y las circunstancias la acercan a su propia versión de la madriguera de Alicia, el ropero de Narnia o el Andén 9 ¾ de Harry Potter. Es el cruce hacia ese “otro lado” que es el ejercicio de la creatividad.

Más temprano que tarde, Meche también se da cuenta de que el tedio del campo no es ajeno a los espacios urbanos. El pueblo, que se presenta como un espacio totalmente opuesto y distinto al mundo rural, es en realidad otro modo de lo mismo: una realidad objetual en la que todo es como debe ser. Los hombres son principalmente de dos tipos: gente con oficio dedicada exclusivamente a proveer o una amenaza constante (como su Tío, que es ambas categorías a la vez); las mujeres, por su parte, se encuentran confinadas en sus casas o en las casas de otras, amargadas (como su Tía) o intentando resistir la frustración mediante visitas y paseos programados entremedio de sus quehaceres domésticos (encontrar marido, servir al marido). Estas lógicas objetualizantes se replicarán posteriormente con otras realidades que nuestra protagonista irá conociendo: los “círculos literarios” y también el “Mundillo Editorial”, por ejemplo.

Entre todo este claustro, por supuesto, habrá personas que buscarán nutrir de sentido su propia existencia, agentes refractarios igual que Meche, como Nicomedes en el mundo de los libros o Rebeca y su Madre, la Tía Mónica; una, desde el amor por las letras y la comprensión mutua; la otra, desde la pasión que exige luchar por sus convicciones. El ojo creativo de Mercedes ofrecerá siempre su talento para desarrollar la alquimia transformadora de la que venimos hablando. Basta con leer cómo describe a su madre, mujer de campo, y a la madre de Rebeca, mujer de ciudad:

 

Pero me bastó ir un poco más allá de esa distinción aparente

y casi obvia, para comprender que, en realidad, tenían mucho

en común. Se preocupaban de su familia, eran amables, tenían

ideas propias, las hacían valer y no dejaban que nadie decidiera

por ellas (…) Si eran diferentes, era porque habitaban

mundos paralelos y su forma de ser se ajustaba a eso. Ninguna

de ellas duraría una semana en el mundo de la otra, porque

ninguna tuvo nuestra suerte, la posibilidad de transitar entre

                   esos dos mundos para intentar quedarnos con lo mejor de ellos.

 

Cuando la producción le gana a la creación surge el terrible y venenoso “vacío de sentido” (recuerdo, por ejemplo, el trabajo de Meche en la imprenta y de cómo todo lo novedoso, si no se renueva, se vuelve ajeno y limitado). De este vacío solo podemos escapar a través de esa vida auténticamente humana, que nos permite resistir y transformar.

A propósito de esto cabe señalar un último punto: la Meche profesora, esa con ganas de enseñar. En la lógica de esta exposición, ¿qué es la pedagogía sino la maravillosa (pero mal pagada) posibilidad de mostrarles la vida creativa a otros para que tomen sus propias decisiones? No se trata de evangelizar para que el resto siga sus pasos —el campo no es en ningún caso un mal lugar, ni la ciudad es un espacio eminentemente bueno—, sino entregar las herramientas necesarias para que puedan elegir, primero, y que puedan ambitalizar su propia existencia después: que sepan, por ejemplo, que ser hombre no es crecer para proveer, reprimir ni castigar; o que ser mujer no es crecer para obedecer, servir ni criar.

Dejo muchísimo afuera. Resulta espectacular atestiguar la transformación que tienen ciertos personajes, o cómo se reconfiguran los espacios luego de que otros abrazan la felicidad o la tragedia de sus propias vidas. ¡Y para qué decir el final! Hace tiempo que no cerraba un libro tan satisfecho, secándome un par de lágrimas con la manga del polerón. Por eso y por muchísimo más, “Cuaderno de campo” es un aporte a la narrativa contemporánea chilena. Por todo eso y muchísimo más, hay que leer “Cuaderno de Campo”.

 

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