Veinte, veintiuno (Laia Jufresa)

Veinte, veintiuno (2025)

Laia Jufresa

Editorial Kindberg

ISBN 978-956-9707-24-7

152 páginas 

 

 

Veinte, veintiuno de Laia Jufresa es una crónica, pero no lo es; un diario del encierro pandémico, aunque tampoco lo es enteramente; es el recuento del crecimiento de la pequeña Olivia, entre padres de distintas nacionalidades, entre idiomas que se entrecruzan y conforman uno nuevo, uno propio y compartido; es también, aunque la autora pretenda esquivarlo, una obra de autoficción, el recuento de una vida encerrados por las circunstancias mundiales, un ensayo literario sobre el oficio de escribir y sobre el lugar desde donde se escribe. También es, nada de lo anterior: es un intento de escribir sobre seguir viviendo mientras todo parece detenerse.

Y si bien la pandemia es el gran paréntesis en el que se encuentra la autora junto a su familia, donde las rutinas se vuelven una carrera de relevos entre ella y su marido para cubrir las obligaciones domésticas, y la crianza, es esa misma pandemia la que activa en la escritora la pulsión de escribir, de relatar desde lo más íntimo. Es en esa intimidad donde aparecen como grandes temas la maternidad y el lenguaje, gracias a que gran parte de este pequeño libro está atravesado por la relación de la narradora/autora con su pequeña hija Olivia. El lenguaje, el de ambas. En Edimburgo, la ciudad donde viven, Olivia crece entre el inglés local, el gaélico escocés, el inglés californiano del padre y el español mexicano de la madre. La narradora a ratos corrige el español medio cojo de la hija, pero pareciera que la mayor parte, en lugar de luchar contra él, se va sometiendo, usando esas palabras de la niña que pueden no estar acordes al uso habitual, pero que sin embargo sirven muy bien para explicar lo que la pequeña quiere decir, y que tienen la virtud de que no se someten a la inflexibilidad del habla de los adultos.

Entre ese crecer de Olivia, el trabajo escritural, el encierro pandémico, hay una conexión y un agotamiento constante: todos están conectados. En ese agotamiento, la narradora explora la idea de la fascia —el tejido conectivo del cuerpo humano— que une y liga, Desde ahí hace una exploración que no es solo familiar, de su pequeño núcleo, sino que también abarca a la sociedad completa, a toda esa ciudad de Edimburgo encerrada.

“En algún momento del año Oli hablaba francés, en algún momento yo corría de madrugada, en algún momento me burlé de Tod por usar gel de manos. No es que en este año de encierro pasaran más o menos cosas que otros. Es sólo que tomé notas. Es sólo que me detuve a ver” (pág. 104)

Con todo y pandemia de por medio, este es un libro que en su ritmo, en su confección por medio de pequeños fragmentos, y no obstante el horror global, consigue un tono juguetón, a veces irónico, que le hace muy bien al total y que aligera la lectura.

De este modo, Veinte, veintiuno no es solo un registro de la pandemia, sino un ejercicio literario, una descripción de lo doméstico, un punto de escape en el encierro. Es un libro sobre cómo el lenguaje nos ayuda a “destatorarnos” (como dice la pequeña Olivia) y cómo, a pesar de la distancia y las fronteras, seguimos conectados por esa fascia invisible que es la experiencia humana compartida.

G. Soto A.

Cofundador y administrador de Loqueleímos.com. Autor de "Liquidar al adversario" (2019, Libros de Mentira).

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