Oráculo (Álvaro Bisama)

Oráculo (2025)

Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975)

Seix Barral

ISBN 978-956-6424-33-8

368 páginas

 

“Era literatura, pero también otra cosa”

Sobre la novela Oráculo de Álvaro Bisama.

 

Oráculo (Seix Barrial, 2025) es la última novela de Álvaro Bisama, una de sus apuestas narrativas más arriesgadas y complejas hasta el momento. Se trata de una obra atravesada por secretos que expone la vida de personajes empeñados en descifrarlos, aun a costa de su propia existencia.

En la primera parte, titulada “Repertorio Americano”, se presentan las historias de un grupo de jóvenes góticos que, a través de chats y foros cibernéticos, siguen las huellas de una leyenda urbana escondida en las canciones de una banda de rock japonés. Los personajes intuyen la presencia de un ángel oculto en algún punto entre las casas antiguas de la comuna de Independencia, en barrios peligrosos, y quienes se han atrevido a buscarlo han desaparecido.

La estética de este primer segmento recuerda trabajos anteriores del autor, como la novela Estrellas muertas donde también se narran historias de jóvenes que ponen en riesgo sus vidas en la búsqueda de algo superior, apenas definido, aferrándose a la esperanza de alcanzar lo desconocido como una forma de liberación personal, impulsados por una obsesión nutrida por la música dark, punk, electrónica o metal.

“Amanece y están quemados, han tomado un ácido vencido que los llena de sed y náuseas mientras dan vueltas por Patronato, en medio de importadoras chinas cerradas, buscando la casa del ángel y discutiendo a gritos mientras ven cómo salen monstruos de las ventanas y rayos láser curvos rebotan en el techo de los taxis que recorren el barrio casi sin gente un domingo por la mañana, buscando pasajeros entre los zombis” (p. 21).

La pesquisa del ser misterioso se intensifica progresivamente. Las caracterizaciones físicas y psicológicas de los personajes constituyen uno de los puntos más altos de la novela. Se emplea una prosa cercana a lo poético que, aunque prescinde de figuras retóricas complejas, alcanza densidad a través de una sucesión de imágenes mentales propuestas por la voz narrativa. El diálogo es escaso y la mayor parte de los intercambios se desarrolla mediante estilo indirecto, lo que imprime velocidad al relato.

El segundo segmento de esta primera parte lleva por título “Zañartu”. Aquí aparece por primera vez el nombre del investigador, Giordano, quien actúa como mediador entre el lector y el mundo narrado.

“Antes de desaparecer, Giordano comenzó a tomar notas sobre invunches. (…) Su bus se atrasó y pasó una hora sentado en un café escondido entre galerías idénticas, huyendo de la resolana y la gente. Ahí se le ocurrían las ideas” (p. 31).

La historia de Zañartu aparece contenida en un libro leído por Giordano y se presenta de forma especular, como el resumen de una obra mayor e inaccesible. Este procedimiento recorre toda la novela: narrar sin narrar, un recurso clásico que conserva plena vigencia. Es la estrategia utilizada por Homero para relatar el viaje de Odiseo y una de las más características en la obra de Borges, de quien Roberto Bolaño fue un heredero destacado, tradición que Bisama retoma con solvencia.

La historia de Zañartu, cercana al imaginario de los marinos extraviados, alcanza su mayor fuerza cuando la realidad se vuelve extraña hasta el exceso y da paso a una prosa oscura y grotesca, territorio en el que el narrador parece moverse con comodidad. Tras el naufragio, Zañartu lucha por sobrevivir en una playa desierta donde la naturaleza ha sido devastada por una infección que afecta a cachalotes varados, de cuyas bocas emergen criaturas monstruosas:

“Desde ahí, vio cómo salían más criaturas de la boca de la ballena. Tenían la cabeza torcida hacia atrás, una mano cosida a la espalda, las piernas dobladas de forma simiesca. Trató de pensar en quiénes eran, quiénes podían ser (…) Todos eran distintos. Ninguno, se dio cuenta, tenía su cara completa. Faltaban narices, lenguas, orejas, ojos, mejillas, labios. Cada uno cargaba con diferentes piezas de deformidad, tajos sobre tajos, agujeros mudos, manos amarradas al propio codo, narices hilvanadas al pecho, ojos en los omóplatos, collares de dientes separados por vértebras” (p. 43).

El invunche, figura del imaginario gótico latinoamericano, ha aparecido en otras obras recientes, como Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez, y también en la figura del “mudito” en El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso. En ambos casos, lo nocturno y lo gótico articulan el sentido de los relatos. Oráculo se inscribe en una línea similar, poblando su universo de imágenes oscuras y grotescas surgidas del imaginario chileno y latinoamericano. La tercera parte de “Repertorio Americano” narra el ataque a un grupo de jóvenes en una fiesta por parte de un ejército de fantasmas vestidos con uniformes de soldados de la Guerra del Pacífico: historia, violencia y muerte reaparecen como ejes.

La segunda parte de la novela se titula “Un escalofrío de pájaro me sacude los hombros”. Es el segmento más extenso del libro y funciona como una nouvelle inserta en el conjunto. Aquí se relatan las experiencias de un personaje chileno dedicado a recolectar información para la embajada de Chile en Francia. El investigador vuelve a ser Giordano, encargado de rastrear la historia de Lorenzo Rojas, quien habría sido testigo de hechos imposibles en dos continentes. Su historia se conserva en cartas dirigidas a su hermana Laura, revisadas por Giordano durante tres días, y ese material es el que se nos presenta.

La historia de Lorenzo resulta atractiva, ante todo, por su carácter aventurero. Profesor culto, huye de una pena amorosa que se revela gradualmente. Acepta diversos encargos: pasa por Lima, viaja en barco a Jamaica, sobrevive a un huracán, adquiere una daga enigmática, llega a Nueva York, trabaja en una importadora agrícola, se traslada a Londres y lee a Blake, con quien establece una afinidad que lo vincula tanto a Giordano como al sentido global de la novela:

Era El libro de Zazel. Leyó sobre un ángel que fabricaba armas para matar dioses mientras el Sol se hundía en la Tierra y engendraba otra. Era literatura pero también otra cosa, acaso el orden del universo dentro de otro universo; el apunte del mito vuelto memoria, los signos escondidos en el interior de otros signos, los símbolos apilados y las metáforas trenzadas hasta la extenuación” (p. 83).

Tras la nouvelle dedicada a Lorenzo Rojas, el libro se organiza en tres partes finales: “Demografía gótica”, “La casa de la luna muerta” y “Tierra mala”. En “Demografía gótica” se presenta un conjunto de relatos sobre experiencias sobrenaturales que sugieren la posibilidad de atravesar dimensiones mediante puertas ocultas en distintos lugares del mundo y que se conecta con el primer relato de la novela “En el eriazo”:

Funciona así. Piense en un mapamundi. Un plano horizontal. Usted se mueve de un lugar a otro. De una calle a otra. De un país a otro. Cruza la superficie buscando las distancias más cortas, las rutas más rápidas. La conciencia del tiempo es la conciencia de esa velocidad. Las máquinas lo aceleran, pero es así. La entropía de mierda. El zen. (…) ¿Cómo saber que cada pájaro que atraviesa el cielo vive un mundo inmenso de delicia, si usted está atrapado por sus cinco sentidos?” (p. 197).

Aunque cada sección aporta información nueva, el vínculo entre los cinco capítulos principales es sutil. Existen elementos recurrentes —Giordano, las puertas místicas, la daga con forma de demonio y una presencia velada en la Luna— que se revelan plenamente en “La casa de la luna muerta”, junto con “Un escalofrío de pájaro…”, los segmentos más ambiciosos y cosmopolitas de la novela.

En “La casa de la luna muerta” aparece una pareja de investigadores —uno de ellos, probablemente Giordano— entrevistando a un ex cantante chileno de los años sesenta, evocador de figuras de la Nueva Ola hoy envejecidas o desaparecidas, como Buddy Richard. El interés no reside en su trayectoria musical en Estados Unidos, sino en una historia oída durante una noche de fiesta: un músico llamado Billy Oracle le relató la vida de su hermano Owen, detective, quien conoció a un tal Polyakov. Este último, en una cabaña pantanosa del sur de Estados Unidos, reveló lo que había visto en el centro de la Luna durante sus días como cosmonauta soviético. El resultado es un entramado narrativo complejo que propone una ucronía sobre la carrera espacial y la llegada del hombre a la Luna.

La última parte de la novela presenta un futuro distópico que dialoga con las secciones anteriores. Es quizá el tramo más lineal del libro, aunque despliega una estética desoladora y enigmática. No profundizaré en ella para no afectar la experiencia de lectura.

Tras varias novelas, cuentos y ensayos, Bisama consolida en Oráculo una poética propia, sustentada en un conocimiento amplio de tradiciones literarias diversas. Con esta novela se integra con solvencia a uno de los fenómenos más singulares de la literatura hispanoamericana del siglo XXI: el gótico posmoderno, cultivado mayoritariamente por autoras como Fernanda Melchor, Mariana Enríquez, Ariana Harwicz, Agustina Bazterrica o Samantha Schweblin, junto a autores como Mike Wilson, Luciano Lamberti, Dany Salvatierra y Cristian Geisse. Se trata de un conjunto de voces que renuevan el campo literario sudamericano al explorar nuestro imaginario más oscuro, personajes derrotados y obsesivos, criaturas de la mitología local, y una sensibilidad que enlaza el romanticismo europeo y el southern gothic con tradiciones indígenas, el cine, la música y la cultura digital.

Si hubiera que condensar Oráculo en un concepto, podría hablarse de bibliofilia o bibliopatía: la enfermedad de los libros. Una afección generalmente benigna. Bisama la padece, sus personajes también, y quizá quienes hayan llegado hasta el final de esta reseña reconozcan algunos de sus síntomas: la devoción por la escritura, el cruce de estéticas, las historias extraviadas, los revisionismos históricos y los monstruos que habitan en el fondo de la imaginación humana. De esa zona desplazada del conocimiento —residuo de las ciencias y las mitologías— se ha alimentado siempre la literatura, esa forma persistente y voraz que, en Oráculo, vuelve a manifestarse como un libro denso, exigente, hecho de literatura, pero también de otra cosa.

 

Álex Saldías

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