Duermevela (2025)
Agatha Portolés (1994-)
Pez Espiral
978-956-6158-43-1
62 páginas
Apuntes sobre Duermevela de Agatha Portolés
Por Camila Blavi
Si me preguntan en lo primero que pienso tras varias lecturas que he hecho de Duermevela, lo primero que se me viene a la mente es un cuerpo plateado en medio del centro de la capital. Este cuerpo deambula de madrugada con la confianza de quien conoce y ha hecho propio cada rincón. Incluso el más descuidado le es propio, como las fisuras de una reja que cubre las arterias subterráneas de la ciudad.
Pero, ¿qué es este cuerpo? Creo que tiene un carácter casi divino, está conectado con la humedad del subsuelo, ese es su lugar, su confín y su reino. La oscuridad, la mugre, el ruido visual. Sin embargo, brilla. Está hecho de aluminio y observa con orgullo todo aquello que le pertenece. También lo nombra, y es entonces cuando las palabras caen como estacas que quiebran el polvo seco del ambiente.
Si bien este es un punto de inicio, lo cierto es que ese no es el único cuerpo ni la única voz de Duermevela. Ese Dios cyborg se desgrana en personas y ratas que corren por las calles, se ocultan en casonas viejas, en pequeñas cuevas y proclaman desde ahí su verdad: “tengo la boca llena de cenizas/ de lamento católico/ bestias/ cuidado con las ratas/ hacen hoyos en las paredes/ son los vecinos que miran por las ventanas”[1].
La turbación afectiva se enrosca entre el deseo, la soledad y la melancolía. Una tensión que también se enmaraña con una crítica social, pues el discurso se ha apropiado de su supuesta fragilidad: “ –Soy–/ psicóloga –de las ratas–/ mi familia –las ratas–/ compañeros de sangre/ ciudad de Sucios Rubíes/ ¿Acaso no ves magia bajo tus pies?”[2]. Esta contaminación entre los rasgos de consanguinidad, la afectividad y la autoridad de la voz femenina cuando se refiere a las ratas, ofrece una posibilidad para desplazar lo que podría entenderse como un lugar de deshecho a un lugar de creación colectiva.
En este poemario las acciones internas y externas ocurren en una atmósfera vaporosa que mantiene a quien lee en un estado de suspensión. Habrá que dejarse llevar por esta realidad torcida de la que habla Lispector en Agua viva, saber decodificar sus cortes oblicuos, para así entrar en el texto. Si Clarice enuncia desde una interioridad extrema, Agatha se sumerge y se desagua de arquitectura pero no de ese estado de embriaguez. Porque Agatha ha cometido aquí un acto de amor y fe ciega en la suavidad custodiada por superficies porosas: “ tras años de hastío inherente caigo en voz de águila/ traigo flores enramadas/ canto de generaciones perdidas”[3].
Duermevela fue escrita de noche. Esa es la razón de la elección del título, señala Agatha en una entrevista en La raza cómica. Este libro, con una estética visual gótica se organiza en cuatro apartados que llevan por nombre “Oculta estrella”, “Hechizos medievales”, “Mar oscuro” y “Perla chueca”. En esta organización, la autora propone una experiencia de lectura que sumerge en un estado de somnolencia. En él se transita entre espacios abiertos en los que acontece el caos, encuentros con poetas, con el amor, y también por espacios cerrados, en los que una habitación opera como refugio y permite vivenciar la desesperación, el desamor y el delirio.
El primer libro de Agatha Portolés se inscribe en un contexto social y poético genuino que nos obliga a sostener la mirada sobre la suciedad y el desamparo, sobre contradicciones humanas y afectivas mucho más familiares de lo que se cree. Están allí, arterias que palpitan bajo el cemento.
[1] Fragmento de Teatro de la inocencia.
[2] Fragmento de Manifiesto.
[3] Fragmento de Duermevele.
