Microscopio Invertido (Jorge Díaz)

Microscopio Invertido (2021)

Jorge Díaz (1984)

Ediciones Libros del Cardo

ISBN: 978-956-9510-88-5

190 páginas

Por Andrés Ibarra Cordero

 

Microscopio Invertido es el último libro de Jorge Díaz (1984), biólogo transfeminista y escritor chileno. El libro está estructurado en nueve secciones donde aparecen reflexiones, relatos, y poemas que esbozan su propia genealogía de la disidencia cultural. Así, el libro no da cuenta de un relato lineal (normativo) único sino más bien de diversos fragmentos textuales que conforman una identidad disidente en proceso de construcción. Como nos dice el autor: “Los textos de este libro alternan poesías, pequeños ensayos y autoficciones, exploran desde los días del niño proletario y afeminado que fui,” (p. 13). Díaz nos ofrece un texto hibrido, mezcla de varios formatos y estilos literarios, donde se articula la idea del “microscopio invertido” como metáfora para mirar nuestras realidades situadas desde una óptica disidente. La “mirada” resulta fundamental en la subjetividad del libro:

“El primer adoctrinamiento es siempre la mirada y el ojo científico niega su carácter de metáfora para ser ojo. Nuestro compromiso como disidentes es, entonces, cuestionar esa mirada y proponer imágenes no lineales sino inclinadas o torcidas a esa forma de mirar” (p.13)

Este microscopio nos permite observar con una mirada “invertida” ciertas células y otros tejidos vivos que son también la metáfora afectiva que nutre a todas las otras metáforas menores que articulan este hermoso libro, henchido de biología, autobiografía, políticas sexuales, reflexiones profundas y una verborrea apabullante. Y es que la escritura de Díaz no sólo describe las subjetividades no-hegemónicas locales, sino que también hace suyo cierto barroquismo disidente que ha caracterizado a escritores emblemáticos como Pedro Lemebel: “Nuestro infinito deseo barroco de la adjetivación” (p. 117).

El argumento que estas crónicas articulan son la de alguien disidente; alguien que “disiente” y es capaz de reflexionar sobre los dolores colectivos que padecen muchos en Chile. En el dolor que subyace latente en aquellas vidas menores que parecen muchas veces invisibles. Por eso, me recuerda mucho al concepto de “literatura menor” acuñado por Deleuze y Guattari. La escritura de Diaz resulta subversiva al denunciar las ficciones de un campo de producción cultural clasista y conservador, donde puede ser doloroso narrarse a sí mismo, con nuestras infinitas tristezas y fragilidades “menores”. El libro parece una especie de “Kuir” Bildungsroman (o novela de formación) en donde Díaz cuenta “esa extrañeza que sentía porque algo muy oscuro crecía dentro de mí, lentamente, en ese cuerpo de niño afeminado” (p. 50). Los diversos textos del libro relatan la infancia en donde el niño que soñaba con hacerse monja termina siendo un biólogo transfeminista. Me atrevo a advertir que Díaz hubiese sido una monja incorregible; una insolente dispuesta a armar revueltas políticas y ávida de darle rienda suelta a su feminidad. Afortunadamente, el autor desistió de hacerse monja. Creo que su opción por la biología fue, quizás, el camino que lo llevo a esta hermosa escritura interseccional.

Me gusta mucho la forma en que Díaz se apropia de la imagen del entretecho, como un territorio de refugio hogareño. El libro da cuenta de este lugar como un pequeño territorio (“menor”) de la disidencia dentro del hogar familiar. El entretecho promete la experiencia de permanecer acurrucado en un lugar “otro”, un territorio inusual donde se puede pensar/ser diferente sin temor a represalias sociales. Asimismo, pienso que el “entretecho” de Diaz vendría siendo un equivalente chilensis al “closet” anglosajón. En nuestra cultura popular contemporánea, muchas de las experiencias gays y lésbicas (o de las diversidades sexuales, a modo general) se enmarcan en la metáfora globalizada del “closet”. Es decir, uno se encuentra “dentro/fuera” del closet dependiendo de que tan manifiesta sea nuestra orientación sexual. Lo anterior, claramente, es vistos desde los discursos hegemónicos que nos obligan a dar cuenta de nuestra orientación sexual. Pero el entretecho de Diaz no resulta del todo así. El entretecho simboliza un escape a una realidad opresiva: “esa incansable necesidad de orden coherente y binario que se quiere mantener a ultranza y a toda costa cuando nuestros cuerpos y deseos no se ajusta a esa norma” (p. 24).

Microscopio Invertido simula un ensayo de laboratorio, donde se ensaya la palabra disidente y se especula en torno a diversos temas: células, cuerpos, afectos e imágenes culturales desechadas por los discursos hegemónicos de la ciencia. El libro de Díaz nos invita “a mirar el mundo nuevamente desde las protestas, … mirar las células desde las barricadas, tenemos que entender los procesos, los textos y la constitución desde otra óptica” (p. 61). Y también, esto me parece primordial, Díaz propone repensar la ciencia desde los márgenes y las vidas vulnerables (esas “otras” vidas) en un proyecto colectivo que no excluya a nadie. El libro se lee como una escritura colectiva en vez de un relato individual o personalista centrado en la imagen del autor. Díaz reflexiona sobre las experiencias tanto de un colectivo disidente (las señoras kuirs, como él mismo) como las diversas subjetividades populares que integran un gran imaginario cultural: “La muerte de la clase trabajadora y la memoria de la explotación de sus cuerpos son las narraciones que nunca debemos, como compromiso, dejar de escribir” (p. 43). Al mismo tiempo, hay una profunda reflexión en torno a temas propios de nuestra realidad neoliberal capitalina: sobre el abandono afectivo que viven los viejos, las palomas, la altanería de los médicos, el ahogo de las cuarentenas, los circuitos urbanos en las calles santiaguinas y las líneas del metro.

Además, la escritura de Díaz enfatiza una concepción de la sexualidad como una afinidad política, más que un mero elemento biológico o fisiológico. El sexo sería también cultural y político. En esta línea, el biólogo propone desbiologizar el sexo y desbiologizar la letra. Como afirma el autor: “el sexo es algo que va más allá de los genitales” (p. 135). Estamos en frente a una escritura activista que no se conforma con solo denunciar, sino que propone nuevos lugares de enunciación. El activismo disidente de Díaz se articula desde la interseccionalidad, el cruce de la clase social, el patriarcado, la heteronorma, la racialización, la homofobia, y la misoginia. Para esto, los textos de Microscopio Invertido se nutren de otras ideas, teorías y afectos, generando así un contrabando cultural de la disidencia. Como dice Díaz, “importa con qué ideas pensamos otras ideas, con qué textos escribimos otros textos” (p. 40). Y es que hay mucha influencia local en el libro de Díaz. Se puede apreciar una afinidad diamelista; aquella escritura interesada en la ciudad y sus márgenes, lo abyecto, los sufrimientos de la dictadura, los cuerpos no-hegemónicos y las disidencias políticas y sexuales. Sin embargo, también hay una influencia anglosajona (a pesar del gesto “decolonial” del libro): Donna Haraway, Sara Ahmed y Ann Cvetkovich (¡mujeres, claro!). En esta línea, es quizás el giro “afectivo” dentro de la teoría queer del mundo anglosajón una de las motivaciones centrales detrás del libro: “Necesitamos una nueva política cultural de las emociones” (p. 74). Microscopio Invertido me parece un libro esencial para (re)pensar las disidencias desde nuestra realidad situada. Al mismo tiempo, es un libro lleno de reflexiones, alegría, tristeza, rabia, empatía, ternura y utopía: un libro que nos ayuda a reconocernos como sujetos vulnerables.

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