Susurros (David Avello)

Susurros (2021)

David Avello (1957)

Ediciones de La Lumbre

ISBN: 978-956-8957-16-2

135 páginas

 

David Avello es un escritor penquista que a pesar de tener una larga y premiada carrera, al parecer no ha publicado —sino hasta ahora— más que por medio de autoediciones, lo que además ha hecho que su circulación sea bastante limitada, más considerando que es un autor de provincia, lo que ya significa situarse al margen de los lugares tradicionales donde se radica la industria cultural.

Susurros es una novela escrita como un torrente, que recuerda un tanto a Carlos Droguett en términos de redacción, de sintaxis, en el que se abandonan los signos de puntuación, con lo que se da paso no solo a que se produzca un efecto acumulativo sino que además hay una parte de la narración que se produce no tanto en el texto sino que en la mente del lector. Produce también, como efecto secundario, que la novela descanse mucho más en el lenguaje y en el efecto psicológico que produce en el lector, que se inmiscuye más en el pensamiento o cabeza de su narrador que en la descripción del mundo que lo rodea o incluso en una secuencia de hechos.

La novela parte con un robo y asesinato. Con un secuestro y una escapada. Susurros está plagada de la cabeza de un hombre despedido de su trabajo, despedido de una manera canalla, como a traición, y su a ratos vagabundeo por Concepción. Porque Susurros es también un libro radicalmente situado en Concepción, en sus calles que nombra y recorre, en sus espacios que son parte de la historia porque son parte de los espacios también sicológicos que el protagonista va recorriendo, y que hacen pensar un poco en Los túneles morados, del también penquista Daniel Belmar.

Esta novela puede leerse desde varios lugares: desde el territorio, los espacios que habita; desde el uso del lenguaje, quedándonos en su torrente que a ratos se transforma en flujo de la conciencia y; finalmente, desde la relación conflictiva del protagonista con el mundo del trabajo, que parece gatillar todo el movimiento de la novela, que es a nuestro entender desde donde mejor puede explicarse, como cuando el mismo narrador dice: “Érase una vez un hombre maldito convertido en delincuente convertido en asesino por un atropa de inútiles por un par de patanes todopoderosos” (página 59) y es que muy pronto presenciaremos no solo la violencia en las calles de Concepción, sino que nos daremos cuenta que gran parte de esa misma tensión es provocada por el trabajo y su pérdida, por el trabajo y sus huelgas, el trabajo y las negociaciones sindicales, el arreglín bajo cuerda de sus dirigentes, el descalabro familiar cuando deviene la desgracia de la cesantía, todo lo que no está descrito en esta novela, sino que se aprecia por medio de sus consecuencias, en que no está dicho, sino que reflejado en el torrente de la narración.

Así puede leerse:

“(…) me digo que la muerte se me viene encima porque sé que me lleva a la gerencia para acabar conmigo y sé que allí los criminales los asesinos los eficientes ejecutivos ejecutores y le pregunto si efectivamente me lleva a la gerencia y me responde que sí como gozando de antemano con su crimen que ya viene y en seguida un silencio que nada ni nadie puede romper” (página 118)

Entonces deviene una furia que parte como susurro, porque pareciera que todas las furias primero son voces suaves que circulan de oreja en oreja hasta convertirse en ruido ensordecedor que llena las calles gritando dignidad, que es el momento en que la novela se entronca con lo que ocurre en Chile, y se sitúa no solo en un territorio sino que en un momento crucial:

“Y luego por qué elegí esta madrugada este día esta noche y no otra? qué tiene esta madrugada del 17 de octubre de especial? por qué no un 2 de agosto o un 25 de diciembre un 3 de septiembre? Simplemente porque un 17 de octubre de cada año cumplía un año más de antigüedad en aquella empresa y es una manera aunque silenciosa y dolorosa de indicar cuán letal fue aquella injusta medida tomada por aquel chacal que tuve de jefe” (página 80)

Susurros es una novela que no se entrega fácilmente al lector. Su prosa carente casi de puntuación se vuelve atropellada y su desarrollo más bien psicológico provoca que pueda perderse de vista el aspecto cronológico de la misma, que parezca menos lograda en cuanto a su historia. Sin embargo, la mirada sobre el mundo del trabajo, y las consecuencias de la pérdida del mismo, del pasar a ser un excluido de ese mundo vuelven a este volumen en un hecho valioso. No hay muchas más miradas de las consecuencias  que tiene el trabajo en nuestras letras. David Avello construye una novela curiosa, ambiciosa, desbocada tanto como bien situada, con los pies muy en la tierra, en la tierra de su Concepción, en la tierra del trabajo, y que desde ahí construye una violencia siempre latente.

“Hasta aquí llegaste hueoncito me dijo también el verdugo elegante y me tiró mi participación en las huelgas y mis periodos de delegado y mis encuentros con el superintendente anterior buscando pruebas en carpetas viejas buscando palabras que no podía leer enceguecido como estaba de pura rabia” (página 121)

 

 

 

 

 

 

 

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