La tejonera (Cynan Jones)

La tejonera (2021)

Cynan Jones (1975)

Chai editora

ISBN:978-987-47283-9-5

 

El tejón es un animal silvestre que cava profundas madrigueras gracias a sus largas garras afiladas. También posee unos colmillos nada despreciables con los que defenderse (y atacar) en caso de necesidad. Es por eso que en algunos lugares existe —hoy clandestinamente— la costumbre de cazarlos y forzarlos a pelar contra perros entrenados. Es un caso evidente de brutalidad contra los animales, equiparable a nuestras antiguas peleas de gallos con espolones metálicos. Al comienzo de la novela, a media noche, entre la bruma fría, presenciamos a un hombre al que solo se nombrará como “el grandote”, bajar de su vehículo. Pronto entenderemos que se trata de un cazador de tejones, un personaje brutal, sin escrúpulos, que posee la antigua técnica de amaestrar perros para meterlos en las madrigueras de los tejones, mientras él los rastrea y perfora la madriguera desde arriba hasta acceder al lugar donde está el tejón y extraerlo con vida. Ya sabemos para qué.

Por otro lado, tenemos a Daniel. Daniel es un granjero que vive en la misma zona rural, probablemente en Gales.  También al comienzo de la novela nos enteramos que está solo, que su esposa ha muerto muy joven, hace apenas unas semanas, y que ahora él debe llevar sin más ayuda no solo el duelo, sino que el desmesurado trabajo que significa esa granja con su plantel de ovejas, justo además en el momento en que las hembras empiezan a parir, momento en que hay que estar con ellas casi permanentemente para asistirlas en el parto y evitar que se produzcan muertes y sufrimientos innecesarios por falta de asistencia.

“Se le presentó la imagen de ella ahí tendida con la cabeza destrozada. Tenía las rodillas sobre la tierra húmeda; parte de la cara parecía una bolsa aplastada y la sangre goteaba, espesa, sobre el agua acumulada. Él había oído el chasquido, casi lo había sentido como algo inaceptable dentro del abanico sonoro de la granja. Lo rápido que fue. Y después el caballo corriendo. Por una milésima de segundo registró esos sonidos y entonces se convirtió en algo que sólo intentaba llegar hasta ella lo antes posible. Ella habrá vivido unos cinco minutos, eso fue todo. No pudo hablar” (pág. 116)

La tejonera nos pone de frente a dos hombres rotundamente solitarios: Daniel, el grandote. Ambos tienen cosas en común: ambos buscan subsistir en su soledad, mantenerse alejados del mundo, ambos representan una forma de lucha contra el mundo, ambos se aferran a sus propios mundos para no ser llevados por el mundo moderno. Ambos hombres son, al mismo tiempo, profundamente distintos: Daniel se preocupa por la vida, por los nacimientos, por la existencia; el grandote es un hombre que vive de la muerte, del escape, de la brutalidad. Son conclusiones diferentes a un mismo instinto de conservación, diferentes maneras de asentarse a un mismo mundo rural, y al aislamiento en el que ambos se han sometido.

Si hay algo que realmente destaca en esta novela sobre hombres abandonados es cómo Cynan Jones, su autor, logra dar con un tono que produce una atmósfera pesada, morosa, que consigue transmitir la sensación de ruralidad y aislamiento. Es una novela con poquísimos diálogos, y la mayoría de ellos meramente utilitarios, de esos que está plagada la vida cotidiana, y sin embargo, es una novela de metáforas precisas, de silencios estruendosos, de descripciones poderosas, como la siguiente:

“El viento susurraba entre la mediasombra del establo y de vez en cuando arrojaba una lluvia fina contra la chapa ondulada, que producía ruiditos metálicos y por algún motivo transmitía una sensación de calidez. Había breves aperturas de sol entre las nubes que pasaban a toda velocidad, pero iban y venían, como la risa de un niño lloroso cuando se lo trata de distraer” (página. 31)

La tejonera es una novela sobre esa atmosfera, no sobre su anécdota. Es una novela donde ocurre bastante poco en términos cronológicos, pero que está llena de una sensación de horror —en manos del grandote y su brutalidad— y de un dolor que no es dicho, sino mostrado con descripciones que son muchas veces cruentas, pero siempre precisas y jamás efectistas. Hay, incluso, algo poético en las descripciones de Cynan Jones, algo que escapa del mero retrato y que se asienta más bien en las sensaciones que producen las palabras y, por ende, en el terreno de la atmosfera que consigue esta novela a ratos brutal, a ratos desesperanzadora pero, finalmente, hermosa es esas sensaciones tan bien conseguidas.

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