Rodolfo Reyes: “Me gustaría dar con una forma en que nuestro tiempo sea desactivado”

Antes de las elecciones, hace pocos días, conversamos con Rodolfo Reyes Macaya (1988), autor de los libros La proximidad del tsunami (2015), Nogales (2017), Yanacona (2019) y Manchas de humedad (2019). Crin, su primera novela, apareció hace poco vía editorial Overol. Es una narración muy precisa, muy lírica, y con esto quiero decir que sus principales armas son la concentración y la reducción, sobre la vida un tanto cruda de una mujer en un pueblo de la sexta región, que avanza sin acontecimientos extraordinarios mientras, de fondo, se despliega y resuena la riqueza de todo lo que pasa cuando no parece pasar nada.

 

1.- ¿Cuál es tu relación con el entorno rural moderno que describe Crin? ¿Has vivido en lugares así?

Tuve mi infancia en los noventa y pasaba largas temporadas con mis abuelos maternos en el campo. Ellos habían tenido una vida bien móvil. Venían del sur, idas y venidas entre distintos pueblos. Él trabajaba en los ferrocarriles del estado y llegó un momento en que ambos se fueron a Pichidegua. Me acuerdo que se desbordaba el río, también del método que tenía mi abuela para matar gallinas, de los gatitos que ahogaba en el canal. Me acuerdo que ganaron un chancho en una rifa. Lo fuimos a buscar en una Luv a un criadero. Le construyeron un corral al lado de las gallinas. Le daban comida con cuchara de palo. Se puso inmenso, y después les dio pena matarlo, si hasta nombre tenía, pero lo hicieron igual. Me acuerdo de un primo que era disc jockey en esos pueblos perdidos y de otro que escuchaba marchas militares. Que a la abuela le gustaba el Rucio, un vecino que tenía un tractor y que el Tata andaba en la junta de vecinos para hacer de las ruedas de regadío patrimonio nacional.

Son cosas que viví y que reaparecen en mis recuerdos. El sonido de la cumbia, el sabor del mate. Primos, tías, esas familias amplias, extendidas, que poco a poco, de regreso a la ciudad se iban desgranando. Yo soy un animalito de ciudad, pero mis raíces están en la tierra, en gente más bien nómade y la mayor parte de ellas, oscurecidas por el anonimato del inquilinaje.

  1. Es interesante, creo que en tus libros te vas volviendo cada vez más, digamos, concreto. Me explico. Lo primero que leí tuyo fue Il dolce far niente (“el dulce hacer nada”), una serie de ensayos publicados online. Luego vino tu libro de poesía, que continúa un interés por el tema de la nada desde lo conceptual. Después, hasta acá, lo conceptual va desapareciendo y has explorado qué historias y vivencias hay en esa nada. Por eso, sospecho, te interesa el campo, entendido como un espacio abierto, donde pocas cosas suceden, pero se hacen más vistosas.

Al principio me entretuve ensayando ideas sobre el ocio, no quería saber nada con el mandato de productividad y vivía un poco como una laucha en Buenos Aires. Después ‘la proximidad’ cerró ese proceso .

Me acuerdo que Patricio, el editor, llegó en un autito y me dejó hartos libros que metí en una mochila y, poco después, crucé por la cordillera en un bus lleno de chilenos que se juraban detectives salvajes para volver a Santiago. Creo que, con ese cruce, empecé a dejar atrás mi vida de roedor. Supongo que entonces me pregunté qué significaba volver a mi país. Tenía una noción de que había que hacer propio algo que uno siempre sintió como ajeno. Pienso en tu libro, La distancia, que habla de este personaje que vuelve y está todo dislocado. Algo así pasó, algo así seguirá pasando. Tuve que hurgar en mi pasado y en la memoria de los míos. Pasé de ser roedor a una sombra.

En realidad, me puse a cuidar nogales al sur de la ciudad, en un campo entre Paine y Buin. Pasan hartas cosas en el campo, aunque no existe ese exceso de estímulos sensoriales que representa el entorno urbano, alguna vez creí que uno podría llevar una vida más piola, más contemplativa, y todas esas ilusiones tan de gente de la ciudad y cuya contraposición con la crudeza encontramos en tantos cuentos, como en los rusos.

  1. Lo último que dices se conecta con Nogales, tu primer libro de narrativa.

Empecé a escribir Nogales en esa época, en esa plantación. Era tiempo de cosecha y yo cumplía una función de rondín, para que no se robaran las nueces, aunque la mayor parte del tiempo me dedicaba a tomar mate y leer en un bosquecito de acacias. Sentía la distancia con la gente del lugar, me hacían saber que yo era otro. Y yo mismo me sentía a veces un poco ridículo. Aún así recuerdo con cariño esos días, hacía anotaciones, aprendía de árboles, andaba con los perros. Nogales me sirvió para reflexionar sobre esa experiencia, y sobre el campo, sobre territorios que no están a más de una hora de la gran urbe, pero en los que existen otras dinámicas, que fueron a su vez tan propias de nuestros antepasados antes de las migraciones campo-ciudad, aunque pasadas por una modernización improvisada.

  1. Y justamente, varios de tus personajes han sido cuidadores, vigilan un lugar o a algunos animales. Además, los animales tienen importancia en tus relatos.

Y sí, hay una obsesión por ese tipo de personajes. Las labores de cuidado han sido menospreciadas. Una nana, un conserje, un jardinero, un rondín, son mal pagados. Las labores de cuidado están anudadas por tantos factores; hablar de la trinidad raza, género, clase es quedarse cortos. En Latinoamérica, priman las prácticas depredadoras respecto al entorno y a los otros. La deforestación, los monocultivos, la precariedad. Una lógica nociva: los otros son en la medida en que me sirven y no necesito cuidarlos porque pueden ser reemplazados. Cuidar a un otro que ha sido despojado así puede ser una resistencia.

Y nuestras percepciones, juicios y prejuicios respecto a lo animal, ya que lo mencionas, dan las claves de lo humano. Desde que hay relatos hay animales. Estos relatos marcan los límites de la experiencia. Hay culturas en donde por el día uno puede ser una joven y por la noche, un yaguareté o una boa negra.

Las ficciones puede explorar esas fronteras, plantear más preguntas que respuestas, avanzando a través de imaginarios y percepciones.

La ficción tiene su indagatoria sobre esto, da forma a personajes, despliega una representación de algo que podría ser el mundo, pero que no lo es. No es un espejo, sino una zona intermedia, llena de arenas movedizas, contra el tiempo, donde los hashtag, las estrellitas, likes y el conformismo contestatario y ondero se pueden revelar vanos. No es precisamente comunicación. Sí, en cambio, la ficción puede chicotearnos de adentro, trizar nuestras certezas y hacernos sentir el viento, llevándonos.

5. Esto me recuerda lo raro que me pareció leer, en la contratapa de Crin, “La novela, una indagatoria sobre los espacios alejados del centro metropolitano, narra cómo la lógica del mérito individual es puesta en tensión al enfrentarse a la violencia y la desigualdad”. Si bien en tu novela hay una clara conciencia de clase, no veo tan pronunciados esos problemas.

Yo creo que sí están, aunque el foco narrativo no está en ellos como primer plano. Crin no trata específicamente de la lucha de clases, ni de la meritocracia, pero sí del camino de una personaje, que se hace cuesta arriba por diversos factores sociales, y que debe enfrentarse a la violencia del entorno. No se reduce a eso. También hay una búsqueda de lo bello, un placer estético en los paisajes, en las palabras, modos incluso incorrectos o que se salen del realismo llano, como la presencia yoruba en Lemucuyen. No hago literatura panfletaria, tampoco quiero reducir el mundo a buenos y malos, estoy en otra vereda, me interesan los matices. Aun así creo que es justa esa presentación, porque dialoga con el contexto en el que se publica.

  1. Pasemos entonces al contexto, tanto de la revuelta como de la pandemia. ¿Cómo te han influenciado? ¿Qué inquietudes te plantean?

Hay toda una sensibilidad apocalíptica en el aire como si estuviéramos asistiendo a la agonía del mundo.

Esto me pilló lejos, realizando trabajos de archivo, buscando documentos, leyendo textos de viajeros y viajeras del año del ñauca que hablan de los pueblos indígenas del sur y su relación con los establecimientos coloniales. Mi oficio es buscar papeles viejos, estudiarlos. Esos papeles me recuerdan que los tiempos pasados no fueron mejores, como sugiere el meme del perrito Cheems. Antes había momentos de profunda incertidumbre, guerras, pestes, países arrasados en nombre de la civilización, lenguas que se perdieron para siempre. El mundo se termina constantemente, como la agonía de una deidad que vuelve a nacer. Y aún así, es distinto.  Pienso en Chile como se imagina un monstruo, un árbol venenoso que también produce el antídoto a su mal.

  1. Por último, ¿qué otros autores te interesan y crees que deberíamos entrevistar aquí?

Al poeta Mario Verdugo creo que ya lo entrevistaron, pero no estaría de más hacerlo de nuevo. A todo el grupo de los pueblos abandonados, que tienen mi admiración, a distancia porque soy tímido, por su reelaboración de lo que significa la provincia y los márgenes.

A Cata Gré, David Villagrán, Juan Santander,que son poetas que mantienen un perfil bajo y están desarrollando propuestas artísticas significativas. A Cristián Foerster, muy atinado a la hora de pensar la escritura. Mariana Camelio, soy admirador de Isla Riesco. Y de paso, salir de Chile, pensar en traductoras notables como la argentina Eleonora González Capria. Pienso también en la escritora y músico ecuatoriana Carla Badillo. No están todos los que son pero sí son todos los que están.

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