Claudia Andrade Ecchio: “Lo que nos interesa (en la literatura infantil y juvenil) es cuestionar lo que los adultos escribimos, ilustramos, editamos, mediamos, etc. para niñes y jóvenes”

Claudia Andrade Ecchio (Santiago, 1977) es docente universitaria, investigadora de literatura infantil y juvenil, escritora e integrante de La Otra LIJ. Hace un par de meses publicó la novela Todavía (Pez Espiral, 2020) en la que aborda el proceso de pérdida y duelo de los hermanos Andrés y Manuel desde una perspectiva intimista. Dividida en cinco capítulos, en ella proliferan los diálogos emotivos, lúcidos, llenos de enigmas que poco a poco se van resolviendo. Pareciera que cada página deja una lección de vida no solo para los personajes. Otras obras de Claudia son la novela La espera (en coautoría con Camila Valenzuela) y Maleficio. El brujo y su sombra (Loba Ediciones, 2016) donde ficciona a partir de la reconocida Recta Provincia. Otros datos que aparecen en la solapa de Todavía: ama a su familia, a sus amigas, a sus perros, el animé y el chocolate.

Sobre LIJ, Todavía, la pandemia y sus libros hablamos con ella.

 

-¿Cuál es la rutina de Claudia Andrade Ecchio?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

Mi rutina diaria está condicionada por los paseos de mis perros (al menos tres veces al día), las clases como docente universitaria y las siestas (quienes me conocen saben perfectamente a qué hora no llamarme). Para leer prefiero las tardes, en cambio, para escribir, las mañanas. Sin embargo, no escribo todos los días, sino a ratos, cuando el trabajo me lo permite y, especialmente, en las vacaciones (de invierno y verano). Además, escribo y edito al mismo tiempo, lo que hace demoroso el proceso, pero siento que es necesario pulir antes de continuar. Entonces, un cuento puede tomarme un par de semanas y un capítulo de una novela un mes.

 

-Estamos sumidos en una pandemia mundial con consecuencias todavía incalculables. ¿Cómo te sientes frente a esta contingencia? ¿Qué lugar le das al libro y a la literatura en este contexto de reclusión?

 Ha sido un año complejo para todos. En particular, quienes nos dedicamos a la docencia, estuvimos muy sobreexigidos, no solo aprendiendo a usar las plataformas para hacer las clases virtuales, sino también empatizando con nuestros estudiantes y sus familias. Y entre toda esa incertidumbre, la literatura nos acompañó. En un curso, leímos “El país de las últimas cosas” de Paul Auster y reflexionamos mucho sobre las transformaciones aceleradas que estamos experimentando. En nuestro espacio La Otra LIJ, decidimos dar charlas gratuitas en torno a los clásicos de la literatura para niñes y jóvenes durante el segundo semestre y el contacto con otros fue reparador. En mi caso, escribir cuentos me ayudó mucho. Y si bien a muchos/as nos sirvió leer y escribir, escuchar música y ver series, creo que es porque no teníamos que preocuparnos por el sustento diario. La pandemia ha develado, sin duda, las inequidades del sistema incluso más que la revuelta popular. Y si bien para algunos/as el arte y la cultura pueden ser considerados como “inútiles”, lo cierto es que han sido un refugio para muchos/as, especialmente en el encierro. Por ello, para que no sea solo para algunos/as, es indispensable contar con políticas de Estado que releven la cultura como derecho fundamental. Democratizar no solo implica que “llegue a todos/as”, sino que pueda ser también ese refugio.

 

-Tu primera publicación es la novela La espera en coautoría con Camila Valenzuela. Se compone de testimonios de cercanos que intentan reconstruir la vida no tan normal de una joven en estado de coma. ¿Qué hace particular a Daniela? ¿Por qué reconstruir a un personaje a partir de la mirada de los otros?

Con Camila quisimos escribir una novela polifónica en muchos niveles. Primero, el de la autoría: escribir a “cuatro manos” es un desafío que enfrentamos con mucha camaradería y que nos permitió reflexionar sobre nuestros propios procesos creativos. Segundo, el de la narración: son sietes personajes (entre familiares, amigos y cercanos) quienes hablan de Daniela, lo que permite a los/as lectores/as tener una mirada mucho más amplia (aunque nunca completa) del personaje. Y tercero, el de la recepción: la novela nunca es leída de la misma manera; hay quienes se identifican con un personaje en particular, porque su narración les hace eco en sus vidas, y otros que gustan del abanico de miradas que el texto propone. Justamente, quisimos que quienes leyeran tuvieran que reconstruir al personaje ausente a través de lo que otros/as dicen de ella. Y cuando hemos tenido la oportunidad de hablar con nuestros/as lectores/as, ellos/as nos han comentado que ha sido lo que más les ha gustado de la novela, porque se asemeja a lo que pasa en la vida cotidiana.

 

Maleficio. El brujo y su sombra es un libro que aborda desde la magia la discusión entre el bien y el mal. ¿Cómo ves a la literatura fantástica en Chile? ¿Qué quisiste lograr con esta novela dentro de este panorama?

Maleficio, el brujo y su sombra es la primera entrega de una trilogía en torno a los/as brujos/as de la Nueva Recta Provincia, quienes se rigen por unas reglas muy estrictas en términos de confianza y de relaciones interpersonales. En ese sentido, la novela critica, de manera no explícita, la desconfianza creciente en nuestra sociedad y en qué medida es imposible conocer al otro en su complejidad. Si bien se inscribe dentro de lo que podríamos llamar “literatura fantástica”, la historia se enmarca en un Chile real. Las familias de brujos y brujas enfrentan situaciones concretas donde temáticas como el poder y las luchas feministas se entrecruzan con sus brujerías. Eso sí, cuando me preguntan, siempre aclaro que estamos ante una obra de ficción, por lo que no se trata de una versión histórica de la verdadera Recta Provincia. La idea siempre fue discutir temas que me interesan, como la situación de las mujeres en una cultura patriarcal y las luchas de poder, en un contexto actual y muy cercano al público lector, para que pudieran reflexionar sobre ello a partir de las experiencias de los personajes.

 

-Hace poco publicaste Todavía, una novela corta que aborda el tema de la muerte y las limitantes que impone una enfermedad, que nos muestra cómo enfrentan la vida dos hermanos que comparten el mismo destino. ¿La consciencia de la muerte y el dolor son capaces de darle lucidez a los personajes?

Esta novela es muy distinta a las anteriores, no sólo en cuanto a temática, sino desde dónde fue escrita. La historia de los dos hermanos, Andrés y Manuel, y cómo enfrentan la muerte de uno de ellos a propósito de una enfermedad congénita que ambos padecen, me pareció un tema potente y escasamente abordado en la literatura juvenil escrita en Chile. No es el primer libro que habla sobre la muerte, pero sí aborda el proceso de la pérdida desde una perspectiva intimista. Por lo mismo, quien lee la novela tiene una experiencia de lectura diferente, porque incluso puede conectar con sus propias vidas de maneras insospechadas. Ante tu pregunta sobre la lucidez de los personajes, creo que lo interesante es reflexionar sobre cómo niñes y jóvenes experimentan la muerte, que no es ajena a sus vidas. En el caso de los personajes, la enfermedad los hace conscientes de que viven el día a día y quizás por ello sus preguntas se tornan complejas para los adultos de su entorno.

 

-Manuel está muy consciente de su rol de hermano mayor, pero también parece casi un padre para Andrés. ¿Qué tan importante es para Andrés la figura de su hermano?

Manuel es un personaje que, aunque desaparece prontamente, tiene una presencia absoluta en toda la novela. No solo son sus palabras o deseos, sino también lo que de él tiene su hermano Andrés. Y sí, podría decirse que es un padre-hermano, pues ante la diferencia de edad y la ausencia del padre real, se convierte en un referente importante en su vida, aunque no es el único. La madre, que siempre está rodeándolos, también lo es, así como sus abuelos y hermana. Quisiera también destacar el rol de las enfermeras que los cuidan en su casa; Romi, por ejemplo, es cuidadora/madre para los dos. Entonces, Andrés no sólo se nutre de la experiencia de su hermano mayor, sino la de todos y todas quienes conforman su círculo cercano.

 

-Eres parte de La Otra LIJ, que pretende construir una “mirada otra” sobre la literatura infantil y juvenil. ¿En qué consiste este colectivo y cuál es la mirada de la que quiere diferenciarse?     

La Otra LIJ (www.laotralij.cl) es un espacio de investigación y difusión de la literatura escrita y/o destinada para niñes y jóvenes compuesto por un equipo central de seis integrantes/fundadores y por un gran número de colaboradores/as, quienes nos ayudan con las críticas y columnas de opinión que publicamos, semana a semana, entre abril y diciembre. Se trata de un colectivo abierto y pluralista, y quienes participamos lo hacemos de manera voluntaria y desde nuestros propios intereses de lectura e investigación, que van desde los libros para este público lector, el manga y el anime, la narrativa de ciencia ficción y de fantasía, hasta poesía, teatro y danza, incorporando también reflexiones necesarias sobre literatura, mediación y escuela. Si bien llevamos tan solo dos años, hemos logrado nuestro objetivo principal: relevar la LIJ desde una vereda más crítica. En ese sentido, lo que nos interesa es cuestionar lo que los adultos escribimos, ilustramos, editamos, mediamos, etc. para niñes y jóvenes, en el entendido de que no se trata de una “literatura inocua y de entretención”, sino de una práctica social y cultural de carácter adulto-dominante, que ha colaborado en la transmisión y perpetuación de ideologías de todo tipo. Esa visión cuestionadora es la que, como colectivo, queremos instalar en este campo literario y cultural.

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