Cuadernos de la historia I y II (Escritos por la comunidad)

Cuadernos de la historia I (2016)

Cuadernos de la historia II (2018)

Escritos por la comunidad de Chiloé

Edición a cargo de Matías Galleguillos

Ediciones Tácitas

Cuaderno I: 306 páginas

Cuaderno II: 343 páginas

Una historia sin especialista ni opinantes ni estudiosos. Una historia contada por sus propios protagonistas, así, como eslogan de documental marquetero. Una historia que trata de ahondar en las muchas historias. Una historia que es un territorio y su gente. Un territorio que se divide en cuadernos y cuadernos que son el registro de caligrafías jóvenes, infantiles, que intentan, con la ayuda de su profesor o profesora, quitarle el telón de hierro al pasado, convertirlo en un pájaro en vuelo, llevarlo a todos los rincones y atesorarlo. Una historia que son muchas historias y que, de forma involuntaria, casi sin querer, por el simple hecho de contar, de compartir una biografía, se convierte en un registro de valor incalculable.

Los Cuadernos de la historia I y II son la compilación de parte de los quince cuadernos que impulsó y patrocinó el Sr. Obispo Juan Luis Ysern en las diferentes comunidades del archipiélago de Chiloé entre los años 1985 y 1986. En ellos participaron niños y niñas de las diferentes escuelas en conjunto con sus profesores y familiares, siendo el producto final fruto de un trabajo colectivo y estructurado. El propósito de esta labor que llevó a la comunidad a narrarse y reflexionar sobre su desarrollo identitario en un territorio tan particular era convertirse en brújula que iluminara parte del devenir de Chiloé y su población ingente.

Ambos volúmenes al cuidado de Matías Galleguillos y con prólogos de la poeta Rosabetty Muñoz, habitante permanente de la isla y el académico Gabriel Castillo Fadic, muestran una pulcritud que logra aunar los cuadernos, reproducir sus registros y mostrar sus ilustraciones de forma casi enciclopédica, pero que lleva el relato más allá al darle tal solemnidad a las entrevistas y dibujos que los niños hicieron de la vida de sus mayores. Como dice Rosabetty en parte del prólogo: “Las palabras nos construyen; ahora necesitamos palabras para decir estos días y los venideros, palabras útiles como hacha de mano o un martillo. Palabras que nos permitan vivir pero también crear un futuro. Aquí donde tiene que estar hoy la poesía, en esta lucha, en la isla. Decir quiénes somos y hacia dónde vamos”. Esa poesía que la poeta enarbola no es más ni menos que la propia historia que siempre golpea la orilla del mar, ese rugido que nos conecta con lo que somos y seremos en ese continuo devenir. Olas que se juntan con otras olas, que se tocan con las rocas, que, a su vez, enterradas en la arena, sostienen vidas en tierra firme.

La riqueza que muestran los cuadernos sorprende por su heterogeneidad: al comienzo, cada comunidad intenta reconstruir una genealogía de los primeros habitantes con nombre y apellido, las condiciones de vida, algunas anécdotas significantes, el origen del nombre, describir el progreso material de las viviendas, caminos, forma de cosechas, sus fiestas. Por ejemplo, en el cuaderno de Chonchi se habla del origen de un cementerio a raíz de una epidemia de viruela. Se celebraban mucho las fiestas religiosas, los matrimonios, los medanes, las cosechas. El espíritu que gobernaba esos eventos era la generosidad, el trueque, el disfrute, la solidaridad que iba de la mano y propiciaba una fraternidad entre vecinos, un apoyo estricto entre todos en cualquier circunstancia. El trabajo nunca escaseaba. Todos los cuadernos tienen coincidencias en la descripción de las técnicas para trabajar la tierra, moler el trigo, cosechar, qué herramientas usar, la forma de pesca y mariscar, la construcción de las viviendas, la distribución de los espacios internos, la centralidad del fogón, los juegos que acompañaban las faenas o que daban término o pausa a estas. Gracias a esto es fácil imaginar la forma en que sobrevivía cada comunidad, cómo sobrellevaban el exceso de trabajo con herramientas tan rústicas, la importancia que le daban a la familia y la armonía que reinaba sin necesidad de un control policial ni judicial ni médico importante.

Entre toda esa descripción que bosqueja parte central de la vida de los habitantes de los diferentes territorios del archipiélago, destaca notablemente la parte dedicada a los juegos, relatos, adivinanzas, cantos y décimas. En ellas el imaginario de Chiloé sale a relucir e impresiona por su ingenio y particularidad. De las adivinanzas, casi todas compartidas, destacan varias: “Llorín, lloraba/ la torre caía/ y los chicos callaban.” (La chancha y sus hijos); “Ancho anchazo/ redondo como un cedazo.” (El mundo); “Piruquecho viene/ piruquecho va/ salta por aquí/ salta por allá” (El aspa); Bajó una yegüita blanca,/ cruzando campos y mar,/ por más que la quieran pillar/ jamás la van a pillar.” (La neblina). Así, pueden aparecen cuentos de hadas clásicos transformados en tragedias locales, tortillas arrancando de familias hambrientas, décimas a donjuanes amenazados de muerte, cantos de iglesia, poesías a la virgen, alabanzas a un caballo.

Si bien se sabe que el corazón de la memoria de una comunidad no reside en el relato verbalizado, sino en las múltiples manifestaciones y creaciones humanas; que la palabra no es depositaria única del valor de un hombre, esta se torna una exigencia vital en la construcción de sentido, para conformar una identidad, constituirse como sujeto histórico, habitar un espacio, como también posee utilidad social ligada a la integración cultural, permitiendo aceptar y comprender la realidad densa, matizada, dolorosa, tensa, dramática y muchas veces contradictoria de un territorio. Una cultura cuya riqueza oral es innegable, cuyo progreso material ha sido tan duro y ha creado formas de sobrevivencia basadas en la cooperación y el contacto permanente entre sus integrantes no podía sino ella misma reunir sus memorias, reconstruirlas y ponerlas a disposición como horizonte y como suelo.

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