Cipsela (Joyce Duarte)

poesía La Calabaza del Libro

Reseña enviada por Christopher Vargas

 

Cipsela (2018)

Joyce Duarte (1988)

Libros La Calabaza del Diablo

54 páginas

 

Pese a todo esto, crecen flores en el cementerio

Al igual que el movimiento que sugiere el título del libro, los poemas de Cipsela (2018), primer poemario de Joyce Duarte, pululan, desarman, se dispersan en diferentes direcciones, evitando las trayectorias lineales en términos interpretativos; por lo mismo es difícil hablar sentenciosamente de qué es lo que encontramos en él. Sin embargo, es posible reconocer ejes, ideas y procedimientos que se reiteran en los bordes del lenguaje, en aquello que se alcanza a intuir solo a través del rabillo del ojo. La idea de un mundo en aparente orden que se desarma al pronunciarlo y deja en evidencia su nimiedad, como en “Eco”: “Te dije no manosees las cipselas se desarman al contacto” (p.45).

En esta dispersión, en la mayoría de los poemas, se insiste con la idea de la falla entendida como aquello que de diferentes maneras rompe el plano, la certeza del mundo que circunda: los detalles del cielorraso, las patas de un insecto dibujando círculos sobre la superficie del agua, partículas de polvo que reflejan la luz del sol entrando por una abertura, etc. Leemos en Cielorraso: “Un trazo horizontal/ interrumpido por la existencia/ de una fisura/ permite utilizar el cielorraso/ como proyector de las infamias/ de trasnoche.” (p.10).

Existe esta sensación de tropiezo, imposibilidad, naufragio, ausencia. Este ánimo toma diferentes nombres y se desarrolla en distintas situaciones, apuntando siempre a lo mismo. Tanto el mundo como las acciones que ocurren en el universo poético de Cipsela tienen esta característica: resultan inconclusas, se entrecortan. Sin embargo, este es un elemento que la voz usa a su favor, mediante la quietud, la suspensión de la mirada, un alejamiento voluntario que propone una forma de ver la realidad que destaca por contraste con aquel lenguaje que domina y explota la naturaleza, que nombra y decreta.

Los absolutismos y grandilocuencias poéticas no son la preocupación de quien habla; sí lo son aquellas cosas nimias, las excepciones, los titubeos, los detalles. Así, por ejemplo, leemos en “Légamo”: “quedas a medio camino/ entre las reverberaciones de las piedras planas/ y los maullidos entrecortados de un gato/ contemplando una mosca antes de alzarse/ y enterrar las garras” (p.27). Nos encontramos frente al empequeñecimiento que pone los acontecimientos en perspectiva.

En Filigrana se sigue con esta idea: “Puedo troquelar el papel, fragmentar/ el relato continuo/ del árbol muerto/ para jugar con las sombras/ que se cuelan en los orificios (…) puede deslizar la yema lento/ sin saber si tocas los relieves de la piel/ o las señas/ de la cortadura” (p.31). Acá nuevamente la voz dirige nuestra atención a los bordes, aquello que existe independiente del conjunto, pero que no salta a la vista si pretendemos abarcar todo a la vez con la mirada.

En Pliegues vemos un ejemplo de esto: “cuentas/ trazas formas/ como cuando unías/ los puntos para descubrir/ figuras prediseñadas/ no sé cuál será el patrón” (p.35). También en E”lla se había sentado en la cama” La silueta de un gomero/ recortada contra el horizonte/ define su condición de árbol (…) observas cómo/ se descompone/ tu sombra:/ deseas/ construir una casa/ donde descansar” (p.34). Nos vemos obligados a mirar de forma punzante. Nos encontramos en aquella situación donde mantienes la vista fija en un punto y comienza a circundar la extrañeza, como cuando repetimos varias veces una palabra y se despoja de sentido para pasar a ser una cadena de fonemas que no comunica ideas, pero sí sensaciones. [A veces]: “me concentro en las partículas/ que delatan la irrupción del sol/ a medio día” (p.48).

De esta forma podemos entender que la grieta no siempre es pronunciable directamente y que en muchas ocasiones es trabajo de la poeta evitar el dictamen en su reconocimiento de la imposibilidad y la pérdida, como vemos en Cartografía: “en el tacto intento trazar/ un modo de recorrer/ sin dejar signos que adelanten/ los intentos fallidos” (p.41), y más claramente en “Para hablar de los naufragios”: “si acaso los gestos comprensibles unívocamente/ habría que erradicarlos completamente del poema/ con tal de resguardar la autonomía del lector/ su visión del asunto/ las preguntas y respuestas a generar” (…) “la cuestión es qué tan involucrados estamos:/ cómo hemos de hacer/ para operar sin ser descubiertos” (p.14).

Este acercamiento en suspensión sitúa a la voz desde un lugar en que se desentiende de lo acabado, lo cierto, que es lo que se pone en cuestión finalmente. En “Itinerario”: “Insomne, pretendes captar en el papel/ sensaciones compuestas por el paso del tiempo/ la persistencia, tu fragilidad/ Tras sumirte en tales reflexiones/ observas una multiplicidad de individuos/ sometidos al correr de las horas” (p.11).

Joyce Duarte propone una epistemología inversa, que en contexto se toma como un acierto. En la enunciación tangencial de la naturaleza está su manifiesto, aquello que “ocurre y no vemos, y sin embargo escribimos” como refiere Soledad Fariña (1943) en la presentación del libro. Existe un acercamiento sereno a los eventos. Se trata de una escritura donde la fragilidad de las sensaciones toma protagonismo, como leemos en “Táctil”: “Me sostengo en el pulso/ la forma en que tomo las pausas/ como los árboles/ que mueren de pie” (p.33). Ese es el temple que transmite la escritura de Joyce: “tomas conciencia de las pérdidas:/ los pedazos de ti que quedan en la superficie de las cosas” (p.50), cerrando así: “extrañaré a la gata que criamos/ juntos/ hablarte, no avergonzarme de mis cicatrices/ Aprender que hay cartas/ que nunca/ se responden” (p.52).

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