Libra (Don DeLillo)

libra

Reseña de

Pablo Cabaña Vargas

 

Libra
Don DeLillo
Seix Barral
ISBN 84-322-2797-8
494 páginas

Con la reciente publicación de Cero K, diversos medios han resaltado que Don DeLillo es una de las voces más notables de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, al mismo nivel de figuras como Philip Roth, John Updike, John Cheever, Saul Bellow, Thomas Pynchon y Cormac Mc Carthy. En la novela que en esta ocasión se reseña, Libra, basada en la vida de Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino de Kennedy, DeLillo se vale de ese hito para ilustrarnos acerca de uno de los rasgos más representativos e influyentes en la cultura del país del norte: la paranoia y el sentido de la conspiración, atributos que en más de una novela se han puesto de manifiesto como rasgos que explican el carácter y las acciones de un pueblo que hoy se encuentra convulsionado por una conflictiva y polémica campaña presidencial, que ya tuvo sus consencuencias.

A partir de esos breves segundos en la ciudad de Dallas, todo comenzó a ser cuestionado y mirado con recelo, a saber: la siempre discutida llegada del hombre a la Luna y la eventual intervención de Kubrick en su montaje; las naves supuestamente extraterrestres almacenadas en el área 51; el (auto)atentado a las Torres Gemelas, Michael Moore mediante; el halo de misterio que ha rodeado en términos pop las muertes de Elvis, Walt Disney y Michael Jackson. En un sentido más amplio, ¿qué explica la pulsión enfermiza que domina a muchos de los habitantes de esa nación y los lleva a coleccionar armas para repeler un ataque que nunca se ha materializado, o la decisión de Salinger y Pynchon, de refugiarse y dar pie a variadas teorías acerca de su paradero y existencia, y devenir en personajes tan de culto como sus propias obras?

De alguna u otra forma, corresponde a la esencia de Norteamérica la idea de conformar su identidad sobre la base de un enemigo o un miedo con nombre y apellido (los indios, los afroamericanos, los rusos, los musulmanes, los inmigrantes mexicanos) y de explicar sus pesares sobre la base de una serie de hechos que, inequívocamente, llegan a un resultado que aparece como premeditado y que tiene por objeto dañarlos, perseguirlos y quitarles su lugar de liderazgo.

Para dar forma a este relato, la tarea del autor no era sencilla. Por un lado, podía caer en una aburrida secuencia factual que finalizara con el atentado, o confundir y atribular al lector con una nueva teoría conspirativa; sin embargo, DeLillo optó por elaborar su propia versión de lo ocurrido, con inteligencia, sentido de los tiempos y la magistral habilidad de presentar hechos y personajes con una aparente intención de limpieza y neutralidad, pero que, entendidos en un contexto, permiten al lector acceder a una visión completa acerca de los delirios que propiciaron el asesinato, y las consecuencias aun más demenciales que aquel produjo, como asimismo acerca de la vida de Lee Hervey Oswald y Jack Ruby, dos caras de una misma moneda.

La novela se desarrolla a través de capas que se superponen, infiltran e influyen unas a otras: conspiración sobre conspiración, secretos que llevan a otros secretos, siglas que se crean para ocultar otras siglas, agentes muertos y jubilados, otros preparados para llevar adelante una misión y, a su vez, sus respectivas némesis dispuestas a abortarla, creando un entramado racional que se decanta con genialidad hacia el desenlace conocido desde un inicio, a través de la descripción de una serie de acontecimientos que van envolviendo y cercando al autor de los disparos, hasta asimilarlo al fusible de un engranaje más grande del cual no sabemos mucho.

Asimismo, DeLillo nos ilustra sobre cómo funciona el aparataje burocrático de los servicios de inteligencia, erigido sobre la base de mentiras, secretos, agentes retirados que, sin embargo, siguen vinculados a la institución para asegurar su silencio, mercenarios, idealistas, nacionalistas y descolgados, los que, sumados y revueltos, decidieron dar vida a un personaje, aprovecharse de él y luego dejarlo caer: Lee Harvey Oswald, sin el cual el plan trazado no sería más que una locura inofensiva.

Se sorprenderían. Crearía coincidencias tan inverosímiles que tendrían que aceptarlas. Crearía una soledad cargada de deseos violentos. Ese tipo de hombre. Una detención, un nombre falso, una tarjeta de crédito robada. Acechar a la víctima puede ser un modo de organizar la propia soledad, de convertirla en una red, una trama de conexiones. Los desesperados dotan de un propósito y destino a su soledad.

La intención original de los conspiradores, nacionalistas decepcionados por la debilidad que mostraba Kennedy frente a Fidel Castro y el asunto cubano, era ejecutar un atentado contra el presidente norteamericano, con el objetivo de que este le fuera atribuido al aun sobreviviente dictador, y en cuya elaboración nunca estuvo planificada muerte alguna, o al menos así nos quiere hacer creer el novelista al narrarnos las bambalinas del atentado.
¿Quién era entonces Lee Harvey Oswald? Un norteamericano que vivió en varios lugares durante su infancia, hacinado y con lo justo, que pasó por diversos colegios e internados, se hizo marine, estuvo una temporada en Japón, devino en marxista, viajó a la ex URSS buscando adiquirir dicha nacionalidad, se casó con una soviética, volvió a Estados Unidos, pero nunca, y en ello radica y se explica quizás parte de su enajenación y crisis vital, tuvo la oportunidad de sentirse alguien, de tener arraigo e identidad, pues sobre él siempre descansó una sospecha que asumió diversas dimensiones: traidor, un infiltrado, un soplón o simplemente un desequilibrado.
El mito y la trascendencia de Oswald no pueden entenderse sin Jack Ruby, quien lo asesinó cuando iba a ser trasladado a la prisión, abriéndose paso entre los periodistas y disparándole casi a quemarropa. Las escasas páginas dedicadas a Ruby son de una elocuencia y capacidad de síntesis notables, ya que mediante la descripción de sus orígenes —la pobreza y la discriminación sufrida por los judíos que vivían en guetos—, sus actividades comerciales —regente de varios clubes nocturnos de sórdida reputación—, y su manera de ver a Norteamérica —una tierra de oportunidades que no podía ponerse de rodillas ante un tipo como Lee Harvey, cuyo único fin era desestabilizar el conjunto de valores y prácticas que le permitieron convertirse en lo que es—, lo convierten en un personaje central y un contrapunto perfecto para el eventual asesino. Sin embargo, para desgracia de Ruby, la historia no siempre adquiere el sentido que sus agentes pretenden darle con sus acciones, pues si este pretendía autoproclamarse el vengador de América y el justiciero de la familia presidencial, su crimen fue visto como parte del mismo hecho de sangre que desencadenó su actuar, y el juicio sobre él fue tan lapidario como el que se formó la ciudadanía respecto de Oswald.

Nicholas Branch, agente secreto y archivista de la CIA dedicado a estudiar todos los documentos relacionados con el asesinato —tarea infinita cuya ejecución que lo lleva a concluir que nunca podrá saberse la verdad, por más esfuerzos de investigación o recopilación que se desplieguen—, es un personaje que funciona como espejo del mismo DeLillo, y que pone manifiesto los muros, ambiguedades y dificultades que debió haber experimentado mientras intentaba darle un sentido y una estructura a una historia fragmentaria, dispersa y delirante.
En algún momento, Branch señala con increíble lucidez que el informe de la Comisión Warren —el documento elaborado por el Senado que no pudo establecer quienes fueron los responsables del atentado—, constituye el Ulises moderno, lo que puede entenderse como una forma de asimilar la novela que intentó reproducir en un día la experiencia vital del hombre moderno, con ese documento de investigación que constituía una mirada omnicomprensiva, acuciosa y obsesiva acerca del siglo XX y sus múltiples desventuras: guerras, luchas ideológicas, miedos, paranoias, ascensos sociales, y la influencia de todos esos aspectos en las vidas privadas de los habitantes del país que simbolizó y encabezó las vicisitudes de ese período.

Don DeLillo —no solo por esta obra sino por varias otras como la desconcertante Ruido de fondo y la monumental Submundo—, se suma a la larga lista de creadores que han puesto de relieve aquellos rasgos, atributos o visiones de mundo que caracterizan al pueblo al que les correspondió pertenecer, como Walt Whitman, Balzac, León Tolstói o Violeta Parra, convirtiéndose en una lectura esencial para comprender el sangriento, delirante e inacabable siglo XX.
En este caso, y tomando como punto de partida la narración de un suceso puntual, el norteamericano logró captar la esencia de una cultura que está vigente en el centro de Norteamérica desde sus orígenes, alimentada y en permanente actualización gracias al Estado Islámico y la siempre latente amenaza de terrorismo informático, cual es el miedo ante una amenaza que cada cierto tiempo muta de rostro y nacionalidad, que utiliza para concretar sus propósitos a un ser humano que no puede explicarse sin un contexto, y cuyos actos generan consecuencias que escapan al entendimiento de los involucrados y que, por ese motivo, son terreno fértil para elucubraciones que son hijas del miedo, la paranoia y la delirante creencia de un pueblo de encarnar un destino de dominación y supremacía predeterminado, no se sabe bien por quién.

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