Avenida Nacional (Jaroslav Rudiš)

Avenida nacionalAvenida Nacional (2016)

Jaroslav Rudiš (1972)

Tajamar editores

ISBN 978-956-9043-97-0

145 páginas

 

Te metes a un negocio de barrio, o compras en un quiosco en una esquina céntrica o, mejor aun, te subes a un taxi y el hombre que te atiende o conduce comienza a hablarte. Pronto te hace un gesto con la cabeza hacia a alguien que va por la calle, a alguien que por sus rasgos seguramente no es chileno, que puede ser peruano, colombiano, derechamente de raza negra o qué más da, la cosa es que no es chileno y el taxista o el quiosquero lo acaba de apuntar con un gesto de la cabeza, un gesto corto y bien definido, que contiene desprecio y superioridad moral. Y luego empieza con su perorata enorme sobre la inmigración, con cómo es que estamos llenos de inmigrantes, que se dedican a la prostitución, al tráfico de drogas, o derechamente a la delincuencia, o que cuando trabajan —los pocos que trabajan— quitan puestos a la gente más humilde o de frentón cobran una miseria de plata empeorando las condiciones laborales de todos, además ¿sabes cómo viven? Todos hacinados en departamentos enanos, seis u ocho familias en lugares hechos para una y jamás pagan sus gastos comunes… Ocurre. Claro que ocurre.

“Adolf Hitler me salvó la vida.

Yo sé lo que quieres decir. Pero no digas nada.” (pág. 11)

Si fueras europeo seguramente esta conversación se vería amplificada. Acaba de ocurrir lo del Brexit, hay oleadas de inmigrantes —o podemos usar el eufemismo refugiados— encerrados en especies de campos de concentración, inmigrantes que han sucedido a otras oleadas que han ingresado a los países europeos en busca de mejores condiciones de vida produciendo enfrentamientos que a veces no solo son culturales. Y lo peor de todo son las muertes, los atentados que parecen volverse cosa de cada día, los mismos que no se dirigen contra los bancos, ni los centros de poder económicos; no, se dirigen directamente contra las personas de la calle y en los discursos esas horribles muertes se relacionan con la inmigración, los extraños, los forasteros: los bárbaros.

Jaroslav Rudiš, en Avenida Nacional, acomete el tour de force de construir una novela sobre esta temática con nada más que una voz, una voz que primero parece sentada en un bar, luego en la mitad de un bosque, pero que al final se descubre en la muerte. Su nombre es Vandam, o al menos así le dicen: “porque hago doscientas flexiones, igual que Vandam.” Y durante casi ciento cincuenta páginas este relato se mantiene ágil, insano, velocísimo, solo con el registro oral de Vandam, que da cuenta de cómo ha ido cambiando la sociedad que lo rodea y cómo ve un hombre común la sociedad checa en la que está inserto, cómo surge el fascismo desde las bases de la sociedad, cómo los discursos más excesivos (y no se piense esto como mera ficción, basta escuchar a Donald Trump para ver qué tan transversales son estas posiciones y opiniones) comienzan a campear, primero desde algo que parece la locura, hasta naturalizar esos discursos extremistas, hasta volverlos algo normal y casi aceptable:

A todo el mundo lo mido por el mismo rasero.

A mí no me importan los indigentes, si no arman lío.

A mí no me importan los gitanos, si no arman lío.

A mí no me importan los punk, si no arman lío.

A mí no me importan los ucranianos, si no arman lío.

A mí no me importan los yonquis, si no arman lío.

A mí no me importan los que viven en la calle, si no arman lío.

A mí, si no arma lío, no me importa nadie.

Yo no tengo problemas con nadie.

Pero cuando sí arman lío, entonces sí tengo un pequeño problema con ellos.

Y voy y les pido explicaciones.

(pág. 28)

 

De pronto el quiosquero o el taxista o quien sea que te haya tocado, muy vestido de terno y corbata o con jeans gastados y polera vieja, te dice que lo que a él le importa es que la gente se sepa comportar, que no sean sucios, que respeten, porque cuando se pierde el respeto ya no hay orden y así no se puede vivir. Que se habitúen a nuestras costumbres, que por algo se vinieron para acá, para Chile, que si quieren quedarse, que se adapten. O si no mejor que se vayan.

“El orden es indispensable.

Orden y decencia.

Buenas relaciones interpersonales.

Todas las personas normales son decentes y a todas les gusta el orden, ¿no? ¿No es eso lo que a todas las personas decentes les han metido en la cabeza su papá y su mamá? Que tienen que ser decentes, ¿no? Tu libertad termina allí donde empieza la mía, o como se diga.” (pág 29)

Porque, aunque resulte curioso, en todos nuestros discursos nacionalistas somos las víctimas, nunca culpables. Los bolivianos nos agreden tratando de meterse con los límites fijados en el tratado de 1904 e intentando revisar en nuestros puertos sus envíos marítimos —cómo se les ocurre, no deberían dejarlos entrar más— y los peruanos nos insultan demandándonos en tribunales internacionales por un mar que siempre ha sido nuestro, —¡Hay que quitarle la competencia al tribunal de La Haya! — ¿no es así? En Chile nunca le hemos hecho daño a nadie. Bolivia perdió su mar después de una guerra legítima, guerra le-gí-ti-ma. Y después de esa guerra legítima que perdieron ante nosotros, mientras estaban vencidos, libremente estuvieron de acuerdo en firmar el famoso tratado. Lo mismo los peruanos. Y para qué vamos a hablar de los argentinos, porque los argentinos… pero mejor ni empezar con los argentinos. Lo bueno es que no tenemos más vecinos, como sí ocurre en Europa, donde cada país es del porte de una comuna, a los que se le han modificado las fronteras mil veces y donde dentro conviven, quién sabe cómo, unas cien naciones distintas.

“Y yo digo: Cabrón, así es el humor checo (…) nosotros hemos sido víctimas de los nazis y de los rusos, nosotros tenemos derecho a cagarnos de risa de todo eso. Nosotros podemos cagarnos de risa de todo en el mundo. Nosotros siempre hemos sido víctimas. Así que no seas tan sensiblero (…) No soy nazi. ¿Por qué no ibas a poder hacer en Europa el saludo romano, mamón? Europa se sostiene sobre cimientos romanos. Yo soy europeo, ¿ustedes no?

Y Matón dice: Claro, todos somos europeos.

Y de repente todos levantan el brazo.

(…)

¡Todos somos europeos!

¡Solo la nación!

Contra los negros.

Contra los ucranianos.

Contra los vagos.

Contra los desahuciados.

Contra los gitanos.

Contra los pobres”

Pág 63.

 

Porque los checos, no los chilenos, no los peruanos, ni los bolivianos, ni los argentinos, ni los negros, ni los amarillos, blancos o rosados, sino que los checos han hecho profesión de ser víctimas de los otros. A los checos los inmigrantes les quitan los puestos de trabajo, sus mujeres y encarecen las viviendas y con los impuestos que ellos no pagan hay que atenderlos en los centros de salud nacionales, en el Sapu o en las Urgencias Hospitalarias, gratis más encima. Porque en República Checa —allá, no acá— se opina que las barreras de ingreso para los inmigrantes son prácticamente nulas. Tal vez haya que construir una muralla en el límite. Tal vez mejor clausuramos la frontera, dice el taxista. O dejamos pasar solo a las colombianas. ¿Viste qué culo tienen?

Vandam, desde su lugar en el bar, que es el bosque, que es más bien el cemento frío, se pregunta qué hacen los jefes, los mandatarios. Y no creas que no lo sabe, porque para eso también tiene la respuesta:

“¿No te parece que a los que hacen de jefes nuestros es precisamente esto lo que les falta? ¿La decisión?

En lugar de eso te cuentan sus idioteces.

Pero no inventan nada. Como máximo, cuando no hay billetes, imprimen nuevos. No hacen más que lo que hago yo. También repintan los colores gastados con otros nuevos.

Te cuentan que tienes que estar tranquilo.

Te cuentan que tienes que ser bueno.

(…)

Y yo digo: acción. Lo que hace falta es acción.

Me parece que a los políticos tenemos que explicarles en detalle cómo es la vida.

Es bueno sorprender. Ser el primero en repartir.

Plask.

Plask.

Y se acabó el problema.

(página 99)

Ese es Vandam, el protagonista, educando mentalmente a su hijo que baja la cabeza y mira su celular. Vandam no es nada más que una voz. Una voz que se concentra y propone la acción, ir a la acción. Y que construye un discurso allá en la lejana República Checa, un discurso harto cercano, demasiado cercano si le damos una pequeña vuelta. Y horriblemente actual; eso debe ser la peor parte.

Desde ahí el autor, el checo Jaroslav Rudiš, teje un relato esencialmente social, no desde las carencias de nuestra gente sino que desde las ideas, desde ese discurso que comienza a crecer, a naturalizarse, desde cierta violencia que se gesta en la disconformidad, en las ideas extremas que emergen desde la población y que luego son amplificadas desde los púlpitos, devolviéndole a la gente justamente lo que parece que quiere escuchar. ¿Luego qué? El libro no moraliza al respecto, es solo registro del habla y ahí radica toda su belleza, su crudeza y potencia. ¿Luego qué, entonces? Bueno, te bajas del taxi o le dices que chao al hombre con corbata y traje o al vendedor del quiosco y nada más, te llevas una parte del discurso, porque claro, algo de razón tiene el hombre, ¿o no? ¡Que pasen las colombianas! Pero no a Antofagasta, en Antofagasta estamos aburridos hasta de las colombianas.

 

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