Niveles de vida (Julian Barnes)

Niveles de vidaReseña enviada por Berenice Romero

Niveles de vida (2014)

Julian Barnes (Leicester, 1946)

Editorial Anagrama

ISBN 978-84-339-7904-9

143 páginas

Juntas a dos personas que no se habían juntado antes;

y a veces el mundo cambia y a veces no.

Pueden estrellarse y arder, o arder y estrellarse.

 

Si, como dice Alejandro Zambra “leer es cubrirse la cara y escribir es mostrarla”, lo que hizo Julian Barnes en Niveles de vida, su última novela, fue todavía mucho más allá. En las casi 143 páginas de esta obra extraordinaria, el autor se desnuda casi en su completitud. No solo muestra su perfeccionamiento narrativo, sino sus huesos, sus victorias, sus dolores, sus miedos, sus miserias pero sobre todo su soledad. Y con ella sus ganas de entenderse sin su Pat, de saber quién es él, qué quiere y por qué a veces es tan necesario “seguir amando el dolor” (2014:142).

La primera vez que me acerqué al británico Julian Barnes (Leicester, 1946) fue porque el título de la obra que tenía frente a mí me pareció entretenido y porque al hojear algunas páginas al azar se presentaba como una novela en especial divertida. Aquella novela fue Amor, etcétera (Anagrama, 2000) y nunca –en mi historia lectora– había tenido una percepción tan errada: claro, Barnes puede ser divertido… pero más que eso, la narrativa de Barnes es un diálogo entre la intimidad y la soledad.

Niveles de vida (Anagrama, 2014) es un trabajo que surgió tras enviudar en el año 2008. A la rápida, esto es lo que pasó: un escritor de culto llamado Julian Barnes está con su esposa —y su agente literaria— de 68 años, Pat Kavanagh; se enteran juntos de que ella tiene un tumor cerebral y en tan solo cinco semanas ella muere. Él, que no sabe hacer otra cosa que escribir, escribe.

Así, Barnes en esta obra presenta un agudo tratado sobre el duelo y sobre la persistencia del amor más allá de la muerte. Pero frente a la exposición del narrador inglés, una se pregunta: ¿puede la palabra suturar lo que la realidad ha separado para siempre? ¿Cuáles son los ecos de la conversación después de la muerte? Con la dignidad y el desahogo del dolor, la prosa de Barnes intenta responder todas las veces que parecen necesarias: “Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como aquel primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible”.

Niveles de vida

Como lo señala la cita anterior, su punto de partida es la historia de los primeros vuelos experimentales en globo entre Inglaterra y Francia, sobre los que solían viajar también las primeras cámaras de fotos. Una época en la que los vuelos representaban libertad, pero una libertad supeditada a los antojos del viento y el clima. La técnica y la aventura no tardan en desembocar en el asunto eterno del amor. “Entonces, ¿por qué aspiramos continuamente al amor? Porque el amor es el punto de encuentro entre la verdad y la magia. La verdad, como en la fotografía; la magia, como en los globos aerostáticos”. La primera parte de la novela se tiñe un tanto histórica, sin embargo hay un juego narrativo constante que le sirve al autor para metaforizar al dolor que se mueve conforme lo lleve el viento, tal como sucedía con los primeros globos aerostáticos. ¿Y una vez que esos globos están en el cielo, y una vez que las fotografías son develadas qué hay más allá de lo que puede verse? Para el autor de El loro de Flaubert (1984) y Nada que temer (2010) hubo por momentos un rencor físico contra los vivos, aquellos que intentaban acompañarlo en su dolor, como recuerda al describir una cena con amigos que se niegan a asumir su flamante condición de viudo ‒“temerosos de pronunciar su nombre, la negaron por tercera vez y yo les tuve en peor concepto”‒ y hubo también momentos en los que el vacío de Pat proyectó el frío de la muerte sobre su propia vida, como escribe Barnes: “Entonces, ¿cómo te sientes? Como si te hubieras caído desde una altura de sesenta metros, consciente en todo momento, y hubieras aterrizado con los pies por delante en un arriate de rosas, con un impacto tan fuerte que te ha clavado en la tierra hasta las rodillas, y una conmoción que te ha reventado los órganos internos y los ha proyectado fuera de tu cuerpo. Así se siente uno, ¿y por qué debería parecer otra cosa? No es de extrañar que algunos quieran desviar la conversación hacia un tema más seguro. Y quizá no estén esquivando a la muerte y a tu mujer; te están rehuyendo a ti”.

Niveles de vida versa sobre un Barnes que durante años no quería aceptar que estaba muerto. Resultado: uno de los libros de la década, en cualquier idioma. Uno de esos libros que rompe represas y dejan que algo nuevo, algo distinto, dejen salpicados de inspiración a todos aquellos que lo leen.

Una lee el libro y te dan ganas de leer todo lo que ha escrito este hombre tan arrugado como delgado, tímido en persona pero intenso y hasta complicado por escrito (y sino me creen pueden acercarse a El sentido de un final). Lo otro: una se vuelve una fan acérrima, una coleccionista de todos sus libros y trata que los amigos la lean, sobre todo si una tiene amigos y amigas lectores.

La escritora norteamericana Joan Didion tiene una frase que dice “We tell ouserlves stories in order to live”. Es decir, nos contamos historias para vivir. Para ordenarnos. Para entender, para tener perspectivas, para procesarlo todo. Esto es lo que ha sucedido recientemente con Julian Barnes: ha escrito para leerse a sí mismo, para llegar a entender el dolor de la ausencia, para escribir y describirnos la soledad. Julian Barnes no ha escrito un texto de autoayuda sino un texto de interconectividad con sus lectores, en el que nos advierte que en un instante todo puede cambiar, que los dolores pasan si enfrentamos los derrumbes de la soledad.

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