Esa visible oscuridad. Memoria de la locura. (William Styron)

Esa-visible-oscuridad400600Esa visible oscuridad. Memoria de la locura.
William Styron
Hueders (2015)
ISBN: 978-956-8935-48-1
86 páginas

Corre el año 1985 y William Styron viaja a Paris a recibir el Prix Mondial Cino Del Duca. El premio, que a sus sesenta años venía a poner el broche de oro a su carrera literaria, implicaba además una serie de compromisos, tales como presentarse a la ceremonia para recibir el galardón y asistir a una cena con reputadas figuras del mundo cultural francés. “En aquel momento contemplaba la perspectiva de un viaje tranquilo y placentero, no una apresurada incursión de ida y vuelta. De haber podido prever el estado de mi mente a medida que la fecha de entrega del premio se acercaba, no habría aceptado de ninguna manera” dice el autor al comienzo del libro.

Esa visible oscuridad. Memoria de la locura, que originalmente fue publicado en la revista Vanity Fair el año 89 –y rescatado ahora por Hueders-, narra el descenso al abismo que experimentó el narrador norteamericano, presa de una grave depresión que lo llevó incluso a recluirse en un hospital psiquiátrico. Styron, ya a salvo y no sin cierto resquemor, producto del inevitable pavor con que observa ese turbio momento de su vida, va dando cuenta en un estilo claro, sin excesos de ningún tipo, el lento y peligroso deterioro de su salud mental. “La depresión es un desorden psíquico tan misteriosamente penoso y esquivo en la forma de presentarse al conocimiento del yo –del intelecto mediador– que llega a bordear lo indescriptible” apunta.

“El dolor avisa el daño en forma majadera” anota Gonzalo Millán en Veneno de escorpión azul, un libro que está en cierta medida hermanado con este. Acá, el dolor aparece como una marca difusa, que pasa casi inadvertida precisamente por su naturaleza informe: si en el texto de Millán o en Diario de Muerte de Enrique Lihn (por nombrar dos libros que se me vinieron inmediatamente a la cabeza) existe la certeza de la muerte y una forma clara –aunque no por eso menos dañina– de la enfermedad, en el ensayo de Styron nos confrontamos a su contrario: mientras el cáncer devora órganos, la depresión va socavando de manera solapada la mente de quien la padece, pudiendo llevar incluso a la pérdida de control sobre los propios actos y la capacidad de agencia sobre la realidad. De ahí que el suicidio aparezca como una de las opciones más rápidas para poner fin al innominado malestar. En el caso de la literatura, la lista no es menor: Romain Gary, Anne Sexton, Sylvia Plath, Ernest Hemingway, entre otros que el autor trae a colación, engrosan la lista de escritores que decidieron acabar con sus vidas de forma severa.

Esa visible oscuridad muestra una vida proyectada a través de espejos negros. Acá Styron respira, ostensiblemente tranquilo tras su propia temporada en el infierno, y nos habla sobre las vicisitudes y ripios de un viaje exasperante al fondo de una enfermedad difícil. El estilo, que a ratos llega a ser más pedagógico que cualquier manual de diagnóstico de enfermedades mentales, no da lugar a equívocos: el autor narra lo fatal de su experiencia, pero también se permite ciertas digresiones con la forma en que la depresión es tratada en el ámbito médico e incluso cuestiona la caída en desuso de aquel viejo término que se utilizaba para nombrarla antes de la medicina moderna: “’melancholía’ es una palabra muchísimo más apta y sugerente para las formas más funestas del trastorno; pero fue suplantada por un sustantivo de tonalidad blanda y carente de toda prestancia y gravedad”. Distintas capas que se superponen para posar la mirada sobre un mismo y espantoso objeto.

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