Color Hollín (Gabriela Lezaeta)

Color Hollín (1970)

Gabriela Lezaeta (1923-2020)

Uah/Ediciones (2021)

ISBN: 978-956-357328-2

259 páginas

 

Siguiendo con el lujo que es la colección Biblioteca recobrada que está publicando la editorial de la Universidad Alberto Hurtado —colección que, como ya hemos dicho, vuelve a poner en circulación el trabajo de autoras que ya no pueden encontrarse o que nunca tuvieron la visibilidad que sus obras ameritaban— en esta oportunidad nos detenemos en la novela Color hollín, originalmente publicada en 1970 y que, a pesar de haber obtenido el Premio Municipal Gabriela Mistral, no contó con la repercusión que cabría esperar de una obra así reconocida.

En Color hollín, a través de un mecanismo de narración que transita en distintos planos temporales entre el recuerdo, la evocación, y la narración lineal, conocemos a María, una niña sordomuda que vive en un terreno descampado, en el montón de casitas hechas de fonolas y zincs acanalados, de pedazos sobrantes que para otros podrían ser solo basura: terrenos tomados, sin agua, sin alcantarillado, sin luz eléctrica por supuesto. Son el extremo del margen. Es la hija no querida de una madre lavandera, de un padre ausente e irresponsable, es la hija de todo su barriada, de los cerros con sus malezas y tierra, de las piezas torcidas y levantadas de un día para otro y que son toda la casa, todo el cobijo.

Esta toma —porque no es una población, ni siquiera es un sitio con un trazado de calles— es un lugar simplemente del que escapar, donde nadie puede quedarse porque no es un lugar donde nadie pueda imaginarse un futuro. Ahí solo viven los abandonados por la ciudad, que aparece siempre como un lugar mejor, un lugar lleno de cosas que producen bienestar.

“Mario se apretó las manos con desesperación. Primero el amigo, el pintor. Ahora la mujer… Todos se iban algún día, salvo unos pocos, los que ya no tenían fuerzas para salir: borrachos, viciosos, viejos, hambreados. Y su madre, que rasguñaba la miseria como si fuera una mina de oro” (página 195)

En esa serie de personajes que pululan en la intemperie de este conjunto de casuchas mal armadas María es una niña que se sitúa incluso fuera de la precaria estructura social que conforma este campamento: su mudez la aísla hasta de su madre. Adquiriere, entonces, a los ojos de otros el carácter seminvisible que podría tener un animalillo, querido e ignorado por partes iguales.

El personaje de María recuerda vivamente al personaje principal de En blanco y negro de Elisa Serrana, también publicada en esta colección, que de manera análoga y bajo el mecanismo de la ceguera de la niña protagonista construye a una mujer que —tal como María— no solo está al margen del margen, sino que resulta en una mujer díscola para la estructura social en la que vive, porque no es posible para los demás someterlas a la lógica en que se mueve todo su entorno. Es por eso que, como personajes, resultan tan útiles para los relatos en que son construidas: logran desmontar la posición e interrelaciones que se producen entre las demás mujeres que sí están dentro del esquema social, al mostrar por el contrario todo aquello de lo que esta muchacha está despojada. Y es por eso que resultan tan provocadores los escasos momentos en que estas mujeres sometidas a las labores domésticas y a los embistes masculinos logran escapar de dicha estructura carcelaria:

“—Usté ha sio muy güena conmigo y no m’importa si tengo que sufril un poco… También me gustó tar en el hospital porque me traían a la cama comía que yo no había preparao; un plato qu’era siempre sorpresa. Dos o tres días en que yo no hacía naa y hasta la guagüita me la traían vestía.” (página 205)

El contrapunto a estas mujeres, en Color hollín, está compuesto por la figura de la mujer-meica. Medio sabia y medio bruja, es una mujer capaz de sanar y quitar la vida, hacer el bien y el mal por partes iguales, siempre a cambio de una remuneración. En ella se exacerba la pobreza de los demás: quita, normalmente a otra mujeres, lo poco que tienen para sobrevivir a cambio de una esperanza en sus conocimientos místicos, en sus fórmulas, en sus manejos para ayudar a los enfermos. La meica, en esta novela, es puesta como el ideal capitalista que explota a su clientela, extrayendo todo el beneficio posible de sus pares, sin importar su pobreza, sin importar que muchas veces a ella misma le falte la convicción en su propio arte.

Color hollín es una novela que tiene estructuralmente algunas cosas novedosas en el manejo de los tiempos narrativos, que demuestra los tiempos en que fue escrita, más próximos a nuestros días. En ella, sin evitar la crueldad de las circunstancias, se exhiben las escasas posibilidades que existen de escapar de la pobreza para este puñado de personajes desgraciados. La personaje principal de la sordomuda sirve, a su vez, de catalizador de esta barriada, para pasearse como observador silencioso, que no perturba su entorno, que siempre puede inmiscuirse sin ser censurado y, con ello, desmonta no solo la vida del barrio sino que especialmente la posición de las mujeres dentro de estas estructuras. Color hollín es una novela de nuestra propia miseria, de la que muchos venimos y donde no pocos todavía transitan.

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