Tengo miedo torero (Pedro Lemebel)


Reseña remitida por:
Pascuala Küyen

Tengo miedo torero (2001)
Pedro Lemebel (1955 – 2015)
Seix Barral (Planeta)
ISBN: 9507313516
217 páginas
Precio referencial: $6.800

Hace algunos días estuve leyendo las memorias de Tita Friedmann acerca de su hijo Raúl Pellegrin, el heroico Comandante José Miguel, quien estuvo al mando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez hasta su muerte en 1988. Tita narra desde su perspectiva materna y protectora, nos habla de un niño inteligente y estratega que desde su infancia mostró pasta de líder. Se refiere a su temple de jefe que corre los mismos riegos y disfruta de los mismos logros junto a sus compañeros, preocupado del último detalle en el atentado a Pinochet en la cuesta de Achupallas (1986) y que supo ser consecuente hasta que fue asesinado junto a Cecilia Magni (la Comandante Tamara).
Es la figura entrañable de este guerrillero la que me motivó a saldar mi cuenta con Pedro Lemebel y animarme a terminar con el enigma de Tengo miedo torero.
Desde que se dio a conocer en la década del 80 con las diversas performances presentadas por las “Yeguas del Apocalipsis” —el colectivo de arte que formó junto a Francisco Casas— Pedro Lemebel se ha posicionado dentro de la literatura chilena como la voz marginal que nos abre esa puerta a lo que la sociedad acostumbra a esconder, la basura bajo la alfombra muy hábilmente oculta por la televisión, uno que otro diario y el gobierno de turno.
Pedro les entrega sangre y cuerpo a los verdaderos personajes populares evadidos por los libros de Historia y Sociología. Delincuentes, borrachos, cesantes, homosexuales, prostitutas, drogadictos, travestis, son protagonistas recurrentes de sus crónicas siempre bajo la consigna de que todos merecen respeto e igualdad. Nos describe con el halo transgresor de su pluma cada detalle del mundo vedado por la cortina moral e hipócrita que tan ridículamente nos han impuesto.
Muestra de ello ya lo evidencia el título de la única novela que ha escrito.

Tengo miedo torero es una canción de esas que escuchan los abuelos junto a la radio a pilas o las señoras mientras lavan a mano las pilchas de sus maridos y sus hijos en la batea del patio, pasando el chancho por la casa o batiendo la escoba por la vereda lumpen.
Es ahí, entre los boleros soslayados y ese ambiente poblacional, donde transcurre este cuento. El eje central lo impulsa la Loca del Frente, el vecino coliza que, para el copuchenteo de las viejas del barrio, no esconde su condición sexual ni se avergüenza de sus gestos mariposones. Amable, hacendoso, inocente dentro de su adultez, ayuda al joven universitario (Carlos) que tanto le rogó para que le guardara unas cajas misteriosas entre los tesoros de encaje y raso que habitan su covacha impoluta.
Paralelamente, aparece un Dictador asediado por los reclamos constantes de su esposa Lucía, por sus peticiones, sus despilfarros en joyas y ropa de moda europea. Lo describe como un “huaso tirado a gente” que sueña con una gloria sanguinolenta, empapada de asesinatos y torturas, que disfruta de una molicie hitleriana colmada de marchas e himnos marciales en el refugio bucólico que le arrebató a los marxistas.
Sin quererlo, la Loca del Frente y Lucía Hiriart cruzan sus historias en torno a un sombrero amarillo de ala ancha que Lucía divisa a lo lejos pasando con la comitiva presidencial mientras la Loca y Carlos disfrutan de un día de campo en el Cajón del Maipo —que luego será el escenario de un hecho trascendental—. De a poco la Loca del Frente se atreve a opinar en público de política, siempre evocando a Carlos, preocupándose por él cada vez que escucha algún informe de prensa en la radio Cooperativa. Sabe que algo oculta tras la mirada coqueta y los ademanes educados con que la trata, piensa que la cree tonta o que no le tiene la confianza para explicarle el porqué de las reuniones que hacen los barbones en su altillo o del contenido de las cajas que él asegura son libros, pero el amor que la remece es más poderoso que cualquier cuestionamiento.
Presentación de la compañía de teatro argentina La Comedia, a cargo del director Gerardo Begérez.
¿Y cómo lo conociste?, porque tú por la universidad pasaste por el frente. Sí, por eso me llaman la Loca del Frente, estúpida, le refregó en la cara. ¿Y de qué frente?, agregó la Lupe con su inocencia de reno pascual. No va a ser del Frente Patriótico Manuel Rodríguez pues niña, me llamaría Tania, la Guerrillera, y te pondría una bomba en el culo para que no preguntaras más. (pág. 124)

Incondicional, ayuda a Carlos en un secreto que intuye desde el principio, colaborando a la causa con su silencio y más de algún favor concreto que prepara la atmósfera para la primavera que pudo ser decisiva, el fin inexorable al escenario escalofriante que reinaba en varios países de América Latina. Sin embargo, el destino quiso que fallara la emboscada y se deshilacharan los nudos de esta historia sublime hasta la última frase.
Lemebel, con su estilo deslenguado y perspicaz, logra transportarnos a los cortes de luz, las barricadas, las huidas que presagiaban los últimos años de una pesadilla implícita en las calles adornadas de tricolor. 
Nos deja el sabor aciago de las ilusiones que desgarran, recordándonos que todavía la sombra de la dictadura pesa en la memoria colectiva, como una herida andante, una pena que palpita en el corazón de una loca enamorada.

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