La velocidad de la luz (Javier Cercas)

Reseña remitida por:
Jonnathan Opazo

La velocidad de la luz (2005)
Tusquets Editores
ISBN: 84-8310-298-6
Javier Cercas (1962 – X)
312 páginas
Precio referencial: $15.800
El escritor como tal no está enfermo 
sino que más bien es médico, médico de sí mismo
y del mundo.

Deleuze.
En la archiconocida película de Kubrick, Full Metal Jacket, la guerra y el horror se dan cita en uno de los tantos conflictos sangrientos que explotaron durante la Guerra Fría: los flamantes —y dementes— Estados Unidos de América contra el virus comunista que merodeaba en Vietnam del Norte. Aunque con sorna —y es que la guerra misma, con toda la debacle que supone, no deja de ser en ningún momento una fuente inagotable de absurdo— y una dosis del humor más negro, el director nos sumerge en la violenta espiral de ese broche sanguinolento con el que se fueron cerrando los grandes conflictos que cruzaron el siglo XX. En La velocidad de la luz Javier Cercas aborda, si bien no como el argumento central de la novela («En una novela lo que no se cuenta siempre es más relevante que lo que se cuenta»), las reverberaciones que esos estallidos dejaron adosados en lo más profundo de sus anónimos protagonistas.
El narrador comienza contando los meandros de una vida más o menos miserable en la España de finales de los 80, que se ve interrumpida por el ofrecimiento de una beca de estudios en una Universidad en Urbana, Estados Unidos, en el Foreign Languages Building. Será ahí en donde conocerá a Rodney Falk, un mocetón algo extraño, no muy sociable y bastante huraño con el que compartirá despacho para, posteriormente, trabar una profunda amistad llena sombras y tupidos velos que irán descorriéndose lentamente hasta dejar tras de sí un pozo insondable pero un pozo al fin y al cabo. Un pozo en cuyas sombras el narrador se mirará a sí mismo o al menos creerá verse a si mismo. La relación, aunque enrarecida por el carácter de Falk, estará cruzada también —cómo no por la literatura. De hecho, el primer capítulo de la novela abunda en reflexiones sobre el oficio de escribir que me hacen pensar inevitablemente en Bolaño y sus devaneos sobre el éxtasis de los escritores.

 

Ahí es donde te equivocas —dijo Rodney. Todo el mundo mira la realidad, pero poca gente la ve. El artista no es el que vuelve visible lo invisible: eso sí que es romanticismo, aunque no de la peor especie; el artista es el que vuelve visible lo que ya es visible y todo el mundo mira y nadie puede o nadie sabe o nadie quiere ver. Más bien nadie quiere ver. Es demasiado desagradable, a menudo es espantoso, y hay que tener los huevos muy bien puestos para verlo sin cerrar los ojos o sin echar a correr, porque quien lo ve se destruye o se vuelve loco. A menos, claro está, que tenga un escudo con qué protegerse o que pueda hacer algo con lo que ve.

            Y así, la historia comienza a contorsionarse: Falk va y viene como escapando de algo. El narrador intenta seguir su pista y se encuentra con el horror, se encuentra con toda la infinita podredumbre que lleva a cuestas el veterano de Vietnam. Cree que tiene que contar su historia pero no la entiende o cree que no la entiende o cree que en realidad no hay nada que entender. Como en Matadero 5  de Kurt Vonnegut, el autor sabe o al menos en la novela nos quiere hacer saber que sabe que el lenguaje tiene un límite. Y el narrador —que es otra forma del autor, que además es escritor, sabe que hay una zona muda a la que no puede acceder, una sombra que es la misma de la que Falk está arrancando.
La verdad de esta guerra y de cualquier otra guerra, la verdad de todas las guerras, la verdad que tú conoces como la conozco yo y la conoce cualquiera que haya estado en una guerra, porque en el fondo del fondo esta guerra no es distinta sino igual que todas las guerras y en el fondo del fondo la verdad de la guerra es siempre la misma. Todo el mundo conoce aquí esa verdad, sólo que nadie tiene el valor de admitirla. Todos mienten.
Novela espejo en donde la muerte y la culpa se reproducen de distintas formas y en distintos niveles. Novela espejo y espiral en donde el narrador y su oscuro amigo pareciera que van a diluirse en algún momento —aquí un detalle menor que me parece acertadísimo: la fotografía que ilustra la portada del libro cobra sentido luego de haber digerido gran parte de la obra. Dos caminos que parecen ir trasuntándose minuciosamente a la velocidad de la luz.
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