¿Por qué las personas se abrazan en el momento del gol?
(Abraza a quien te hizo colocolino. Luis Valenzuela Prado. Provincianos editores, 2026).
Hugo Herrera Pardo
En Abraza a quien te hizo colocolino, Luis Valenzuela escribe a partir de una transferencia afectiva amenazada: la pasión futbolística que recibió de su madre se convierte en una presencia inquietante mientras ella pierde la memoria. Entonces, ¿cómo conservar aquello que alguien nos entregó cuando esa persona comienza a olvidar los momentos compartidos? Pienso a este libro bajo la forma de un almanaque íntimo. Un almanaque es una forma de organizar el tiempo y reunir lo que una comunidad considera digno de recordar o compartir durante ese tramo temporal que se organiza y se clasifica. (Leo también que almanaque, en su origen, guardaba una estrecha relación con la observación de las estrellas, lo que por cierto tiene mucho sentido con el club de fútbol que ha ganado más torneos de primera división en Chile). En el caso de Luis Valenzuela, ese tiempo que se rememora está imbricado a una transposición, ya que su vida como hincha de Colo Colo es también su vida como hijo. Una transposición y también una inversión, porque en años más recientes su vida como hijo también se ha trastocado en su vida como padre que ha continuado con la tradición de transferir amor por el cuadro popular a su descendencia. Ante la enfermedad de la madre, al autor se le aparece un temor amenazante: “Ya no habría nuevas imágenes ni escenas para recordar en el futuro” (p. 24). “Recordar en el futuro”. El deseo se transfigura en un miedo y este toma la figura de algo que es casi un oxímoron y de aquella discordancia o paradoja surge el estremecimiento que mueve al acto de recordar y de escribir. Así, la escritura sobre el club de sus amores o, más bien, sobre el club que congrega a sus amores, adquiere el sentido de cuidar. Se recuerdan y se escriben alineaciones, goles y campeonatos, pero también derrotas, dolores y fracasos, para devolver (por medio de la construcción de una pared de uno o dos toques) la rememoración hacia escenas domésticas, conversaciones grabadas al calor del afecto, emociones vividas junto a las personas amadas. La lectura del libro nos va corroborando que somos hinchas de un equipo de fútbol porque a él se encuentran impregnadas cosas que amamos.

La escritura opera otra transferencia afectiva, que busca restituir, volver a darle un lugar a la pasión que se encuentra amenazada. Mientras el diálogo con la madre va avanzando sostenida y abrumadoramente hacia una dinámica de repetición de preguntas, escribir sobre ser colocolino en tono memorialista transforma ese diálogo truncado en un conjunto de viñetas que atraviesan la vida personal, familiar y social, y así le da lugar a eso que se ha compartido toda una vida, y que evidentemente se compartirá por siempre, pero que se encuentra remecido, perturbado. La escritura asume esa desigualdad de la memoria: recordar también por quien ya no puede hacerlo. En su ensayo “La reparación de la poesía”, el premio nobel de literatura Seamus Heaney, citando a Wallace Stevens, habla de la nobleza de la poesía, la que sería “una violencia interior que nos protege de una violencia exterior. Es la imaginación que obliga a retroceder a la opresiva realidad” (p. 22). La poesía tendría, según Heaney, una función de contrapeso ante un mundo que a cada tanto, e irremediablemente, se nos aparece como injusto y abrumador. “Este efecto reparador de la poesía”, dice el poeta irlandés, “se debe a su carácter de alternativa vislumbrada, de revelación de un potencial que las circunstancias niegan o amenazan constantemente” (p. 24). Más de algún pasaje de Abraza a quien te hizo colocolino me hizo recordar este ensayo. La reparación y la reaparición. Para que algo sea reparado debe reaparecer. Escribir sobre el equipo amado (y sobre la madre amada) significa reconocer y encontrar para la persona de la que recibimos y heredamos nuestra manera de querer, formas de devolver ese cuidado, incluso cuando la memoria compartida queda sostenida por uno solo. En Abraza a quien te hizo colocolino es el recuerdo lo que obliga a retroceder a la opresiva realidad, a la inmersión emocional que significa la enfermedad de un ser amado. Una experiencia que conduce a hacernos pensar a partir de palabras como pérdida o ausencia, pero ante ello la escritura dispone de una reaparición/reparación que es una “alternativa vislumbrada” ante la amenaza.
Desde ese escenario, el fútbol aparece como un saber sobre la vida. Ser hincha enseña que amar implica exponerse a resultados que no controlamos, sostener vínculos durante las malas temporadas y recibir una alegría sin garantías de permanencia. “Los primeros recuerdos televisivos de Colo Colo me llevan a la Libertadores de 1983. Eso sí, son imágenes escasas, distantes y difusas” (p. 52). En el relato de Luis Valenzuela, esas imágenes escasas, distantes y difusas son las siguientes: “Vienen a mi cabeza las volteretas o cabriolas del “Pititore”, posiblemente mi primer ídolo por elección propia, y que falleció este año (2026). Pero también recuerdo un gol, el único, creo que era el descuento, de Simaldone. Él era bajo, sin embargo, da un cabezazo fuerte al balón hacia el suelo, que descoloca al arquero. Ahí aprendí que un cabezazo así era complicado para un arquero, algo que recuerdo cada vez que veo un gol similar. Un gol del honor, amargo, que me enseñó que las derrotas había que masticarlas y diluirlas hasta que llegara el triunfo siguiente” (p. 52). El tipo de saber que el fútbol nos regala es un saber adquirido en la espera, en la derrota, en el entusiasmo y atravesado por la fidelidad. Se trata de un saber aprendido junto a otros, entre partidos televisados, pichangas y visitas al estadio. En Abraza a quien te hizo colocolino, ese aprendizaje alcanza su mayor intensidad cuando la celebración convive con la enfermedad. En ese acoplamiento, el momento del gol hace aparecer algo muy singular, ya que permite compartir algo dentro de una situación dolorosa y de allí surge una tensión emocional que le da al libro algunos de sus rasgos más distintivos. La pertenencia futbolística ofrece un lenguaje para acompañarse cuando las palabras y los recuerdos se vuelven frágiles. Pero se trata de un saber un tanto excéntrico. Es un saber separado del hacer, más bien, un saber que no requiere necesariamente del hacer. Y esto porque, si bien un cabezazo picado hacia el césped puede enseñarnos algo sobre cómo enfrentar o anteponernos a una dificultad, en otro momento de su libro Luis Valenzuela confiesa que nunca aprendió a cabecear (probablemente debido a una experiencia shockeante de la infancia, haber recibido un pelotazo en una edad previa a conservación de los primeros recuerdos). En su relación con el hacer, el saber puede ser visto allí como un fracaso o una paradoja, alguien cuya estatura supera el 1,90 m, nunca aprendió a cabecear, es decir, en la práctica nunca pudo hacer de aquella condición una ventaja. Pero en el terreno del saber, ese fracaso, esa paradoja toma otro ribete, un aprendizaje que conserva su utilidad para enfrentar situaciones inesperadas, situaciones en las que podríamos llegar a perder la cabeza.
Mientras avanzaba en la lectura del libro, una pregunta se me fue cruzando insistentemente, ¿por qué las personas se abrazan en el momento del gol? Las páginas de Abraza a quien te hizo colocolino, y la rememoración de otras lecturas que ellas mismas me provocaron, me hicieron proponer las siguientes respuestas tentativas:
– El abrazo de gol como una transformación compartida. Los hinchas se abrazan porque, durante ciertos momentos del partido, la alegría se experimenta como una transformación compartida, en la que el otro forma parte de lo que sentimos. El abrazo da una forma corporal a esa experiencia de comunidad. En ese instante, los límites del yo se vuelven porosos. La emoción circula entre cuerpos que se reconocen unidos por una misma expectativa. El gol modifica el marcador y también nuestra manera de estar, pero sobre todo de estar juntos. Abrazar permite sentir que esa alegría nos atraviesa y nos transforma con otros, aunque fugazmente.
– El abrazo de gol como una experiencia de la espera. En cierto pasaje de De qué hablamos cuando hablamos de fútbol, Simon Critchley sostiene que “el fútbol despliega una dimensión especial de la experiencia temporal” (p. 34). Se trata de una experiencia de la espera, la que alcanza su mayor intensidad cuando se tiene la expectativa de una jugada extraordinaria: una aceleración por alguna de las bandas, un intercambio de pases, una habilitación al vacío, un delantero que rompe la línea del off side y que encara hacia el encuentro con el arquero, una definición exquisita y el momento del gol. Critchley denomina “éxtasis sensorial” a ese estado de euforia fugaz y compartida que nos arranca por un momento de lo cotidiano. Critchley insiste en la particular experiencia temporal del partido, cuyo trasfondo se asocia a que estamos absorbidos por un presente cuyo futuro permanece abierto. Lo que nos hace volver, desde otra perspectiva, sobre la frase de Luis Valenzuela antes citada, “Recordar en el futuro”. Miramos, anticipamos, tememos y esperamos. El gol irrumpe en esa atención sostenida como un “momento entre momentos” que modifica súbitamente nuestra manera de estar en el mundo. El abrazo expresa, así, tanto la alegría del gol como el reconocimiento de una experiencia que tiene que ver con la espera en común. Quien está al lado ha atravesado una tensión semejante y reconoce inmediatamente el valor de lo ocurrido.
– El abrazo de gol convierte una emoción en una relación. El abrazo es una manera de decir, antes de encontrar las palabras. Critchley vincula el fútbol con la memoria familiar y la continuidad entre generaciones. Algo que, como hemos visto, Abraza a quien te hizo colocolino también expresa y de hecho lo toma como punto de partida. Critchley cuenta que el Liverpool fue un tema decisivo en la relación con su padre y, posteriormente, con su hijo. En el caso de Luis Valenzuela, esas posiciones las toman Colo Colo, la relación con su madre y luego con sus hijos. Cada hincha llega al gol con un pasado, y a veces el abrazo permite compartir aquello que sería difícil formular. Recuerdo una antigua conferencia de José Gaos, filósofo y traductor español radicado en México tras la Guerra Civil. Esa conferencia lleva por título “La mano” y en ella el filósofo va delineando todo un pensamiento sobre los rasgos distintivos de los seres humanos a partir de lo que él llama “las culturas de la mano”, para terminar desembocando en una especie de fenomenología de la caricia. Hacia el final de su conferencia Gaos dice lo siguiente sobre el acto de la caricia: “el más noble de los movimientos de la mano, lo más noble de todo aquello de que la mano puede ser sujeto, si no de todo aquello de que objeto, y aquello en que la mano es mano más propia y plenamente, y por lo mismo lo más exclusivamente humano de que puede ser sujeto, y no objeto, el movimiento de acariciar (pp. 49-50). En torno a estas ideas sobre el contacto corporal y las caricias, podemos elaborar la respuesta antes enunciada: los hinchas se abrazan porque el cuerpo tiene la capacidad de convertir una emoción en una relación, es decir, sentir alegría y hacerla sentir a otro mediante el contacto. El abrazo permite que el entusiasmo tome la forma de un encuentro. Tras el gol, el entusiasmo encuentra en el contacto una posibilidad de comunicación efectiva y afectiva: abrazar, apretar un hombro o dar palmadas en la espalda permite que la emoción alcance al otro. El contacto contribuye a intensificarla, debido a que cada uno recibe la expresión del otro y responde a ella. En relación a una visita a su madre en el hospital, Luis Valenzuela relata: “Hoy no se acuerda, pero la abrazo cada vez que le cuento que jugó Colo Colo. Ella se alegra” (p. 24).
– El abrazo de gol como un intervalo de satisfacción. El abrazo permite interpretar el contacto posterior al gol como un breve descanso de la incertidumbre. Aquello que Seamus Heaney llama en su ensayo la “opresiva realidad” o las circunstancias que nos “niegan o amenazan constantemente”. Durante unos segundos, el cuerpo encuentra una pausa en la tensión del partido y de la vida. Como al leer un poema, esa suspensión abre un espacio donde podemos habitar lo que deseamos. El abrazo sostiene ese instante compartido antes de que regresen la espera, el temor y la incertidumbre. Siempre se ha dicho que, en algunas ocasiones (no pocas), el momento del gol adquiere un sentido poético. El abrazo sería, así, algo bastante cercano a la experiencia de lectura.
