Incendio (2026)
Magdalena Cueto
Lagar Editores
71 páginas
La palabra que arde: “Incendio” de Magdalena Cueto
por Amparo Arias Villalobos
Incendio, primer poemario de Magdalena Cueto, publicado por Lagar Editores en abril de 2026, propone un divagar en el lenguaje y dejarse encender en la palabra, una ruta hacia aquello que puede quemar, como el delirio de ser fiebre en la duda o decidir atravesar una procesión donde el imaginario religioso y sus representaciones —símbolos, ritos e imágenes— ponen en tensión la materia, el deseo y la transformación.
Tanto el título, la portada, la dedicatoria como el epígrafe anuncian una atmósfera, un campo simbólico y una disposición desde la cual –como lectores– ingresamos a él hasta sus últimas páginas. La intensidad deja de ser un tema para convertirse en la condición desde la cual se escribe y su dedicatoria lo confirma:
«Este poemario está dedicado a aquellas personas que sienten con intensidad, a los que llevan un fuego encendido en el pecho y, a veces, lo ven desbordarse como un incendio imposible de contener».
Tampoco resulta azarosa la elección del epígrafe, donde Sylvia Plath advierte con un fragmento de Lady Lazarus (Ariel, 1965):
«Cuidado/ Cuidado/ Desde las cenizas me levanto/ con mi cabello rojo/ y devoro hombres como el aire»
Más adelante en el poema, Versos póstumos, Magdalena Cueto vuelve a esa presencia y dialoga con Plath y otras poetas que hicieron de la búsqueda, la fractura y lo íntimo una materia de escritura:
«Solo leo a poetas suicidas:
Plath,
Pizarnik,
Sexton,
Safo.
¿Será una fúnebre predicción?»
El poemario inicia con el poema El fuego es mío. Cueto declara el poder de la palabra como una purga propia que arrasa:
«una mujer poeta
es un incendio que no pide permiso».
Se trata de una declaración de principios. Una voz que decide escribirse; la mujer poeta se apropia del lenguaje y hace del fuego una forma de singularidad y autonomía para nombrarse. Como lectores asistimos a una escritura que piensa el cuerpo como materia que somatiza y atraviesa un estado febril para decir que nada puede destruir a quien irrumpe sin permiso desde la intensidad de sentir.
Quizá una de las operaciones más sugerentes del poemario sea el desplazamiento del imaginario religioso hacia la experiencia del cuerpo y de la escritura. Evangelio, comunión, plegaria, sacrificio, perdón. Más que referencias de fe, son elementos que funcionan como un sistema simbólico desde el cual el deseo y la transformación encuentran un lenguaje. Lo religioso se convierte en una estructura que sostiene la imagen fluctuante del fuego, como evidencia uno de los versos del poema Evangelio del cuerpo, donde toda acción transgrede:
«el verbo es herida».
El verbo deja de ser únicamente una acción que se ejecuta. Una fuerza que nos mueve y deja una marca, un dolor y una cicatriz. Eva, febril e impura, escribe. También aparecen la virgen, el crucifijo, el perdón y la comunión. El rito encuentra en el cuerpo un nuevo territorio y el lenguaje una forma de volver tangible la experiencia. Una inexactitud doblegada, la sordera de algo que se divide y se fragmenta para convivir con el deseo de permanecer.
¿Qué nos queda cuando la combustión arde y se extingue?
Asimismo, el fuego deja cenizas, pero también la posibilidad de volver a nombrar. La combustión aparece como una transformación del cuerpo, de la palabra, de la infancia hacia la adultez, de la herida hacia otra forma de existencia. Dejar fenecer al poema para escribir su resurrección.
Quizá por eso la lectura finaliza con el poema Limerencia, donde el fuego parece agotarse para abrir paso a otra materia:
«ansío la blancura terrible del silencio,
un reino donde mi nombre se sostenga».
Después de la ceniza no queda únicamente el residuo del incendio. Queda el silencio como otra forma de intensidad. No como extinción, sino como otra manera de decir o quizás sólo sea el fulgor de aquello que fue y busca transformarse.
