Presentación Cartas para Tomás treinta años después.
Por Arturo Infante Reñasco, Director general de Editorial Catalonia.
Hace treinta años presentamos Cartas para Tomás en el Teatro de la Universidad Católica. Recuerdo una sala llena, conmovida, tomada por una emoción muy profunda. Había ternura, admiración y cercanía, pero también una tristeza de fondo. Nos reuníamos alrededor de una historia marcada por la incertidumbre, por el miedo y rondaba la pregunta dolorosa sobre el futuro de Tomás.
Hoy volvemos a reunirnos, tres décadas más tarde, en esta Universidad Católica que nuevamente nos acoge. Y aunque la emoción es igual de intensa, ya no es la misma. Entonces nos acompañaba la tristeza de lo incierto. Hoy nos acompaña la alegría de comprobar que la vida fue más grande que los pronósticos.
Cuando Malucha escribió estas cartas desde el lugar más difícil para una madre —el de recibir a un hijo anunciado como distinto, enfrentarse a un diagnóstico duro y mirar hacia adelante sin saber qué venía— tuvo la valentía de no esconder el miedo, de no maquillar el dolor, de desentrañar su experiencia y compartirla como un legado franco y generoso.
Esa honestidad es una de las grandes fuerzas del libro. Malucha escribió para atravesar la oscuridad con palabras. Y en ese camino fue apareciendo algo más profundo: primero el desconcierto, luego la ternura, después la aceptación, y finalmente ese amor como una forma concreta de vivir, cuidar y seguir adelante.
Hace treinta años nadie podía imaginar que estaríamos aquí celebrando una nueva edición. Nadie podía imaginar que aquel niño rodeado de diagnósticos, temores y preguntas estaría hoy con nosotros convertido en este Tomás querido, este Tomy entrañable, con su bigotito a lo Freddie Mercury, con la magia de su sonrisa enigmática, sus mundos propios y su manera única de llenar la vida de los demás.
Tomás nos rompió muchos esquemas. Nos mostró que una persona no cabe en un diagnóstico. Que la ciencia puede orientar, advertir y acompañar, pero no puede medirlo todo. No puede medir la fuerza de una familia, la inteligencia del cuidado, la paciencia del amor ni la potencia de una tribu que decide sostener una vida sin condiciones.
Por eso hoy celebramos la vida, esa que desmintió los miedos, venció prejuicios y nos obligó a mirar de otra manera. Tomás no vino a confirmar una tragedia. Vino, con su sola presencia, a ensanchar el mundo.
Como editor, no siempre uno tiene la certeza de haber acompañado un libro que encontró exactamente a sus lectores. Cartas para Tomás lo hizo. Estuvo 48 semanas entre los libros más vendidos, alcanzó numerosas ediciones y llegó a colegios, centros de salud, familias y lectores que necesitaban compañía. Son datos que importan porque revelan que este libro llegó donde debía llegar. Llegó a quienes estaban solos, confundidos o asustados. A quienes necesitaban palabras para nombrar lo que vivían.
Por eso quiero felicitar a Malucha —como lo hicimos hace treinta años— por escribir este libro, por abrir su intimidad, por compartir su fragilidad sin pedir compasión, y por transformar una experiencia personal en una forma de acompañar a otros.
Y también celebrar a Tomás como una vida plena en su singularidad, una presencia que ha ido respondiendo con su propia vida cada una de las cartas que su madre le escribió. Porque esas cartas no quedaron suspendidas en el tiempo. Tomás las respondió viviendo, creciendo, sonriendo, habitando sus mundos y enseñándonos que la diferencia no disminuye la humanidad de nadie. Por el contrario suele revelar lo mejor de la nuestra.
Si hace treinta años Malucha le escribía a Tomás desde la incertidumbre. Hoy tal vez somos nosotros quienes deberíamos escribirle una carta a él. Una carta sencilla para decirle gracias. Gracias Tomás, por desmentir tantos miedos y recordarnos que la vida siempre es más grande que nuestras previsiones. Gracias Tomás, por enseñarnos que amar no es aceptar una idea, sino recibir a una persona. Recibirla entera, con su misterio, con su ritmo, con su manera única de habitar el mundo. Y gracias, Malucha, porque con tus Cartas para Tomás nos ayudaste a comprender que el amor verdadero no corrige la diferencia, más bien la abraza, la cuida y la deja florecer.
