Texto de presentación de “Ruptugrafía” de Álex Bay, por Pablo Jara

Algo se quebró:

Presentación de Ruptugrafía, de Álex Bay

Por Pablo Jara

 

Cuando me invitaron a presentar el libro Ruptugrafía, de Álex Bay, una de las primeras cosas que supe del autor fue que, además de poeta, es músico. Siento una gran pasión por la música, en todas sus formas y estilos, no haciéndole asco a ningún género. Entonces, lo primero que pensé antes de sentarme a escribir fue: podría abordar el poemario desde lo musical y así ir armando una lectura.

Recordé un libro llamado Butes que, a través de un personaje menor de la Odisea que se lanza al mar al oír el canto de las sirenas, se adentra en los recovecos de la música y la literatura. En un cuaderno tenía anotados unos fragmentos del texto. Me puse a buscarlos y, sin querer, encontré unos apuntes sobre otro libro, titulado “Contra la interpretación”, de Susan Sontag. Al leer aquellas notas caí en la cuenta de que estaba enfocando mal la presentación. Nos dice Sontag: “El moderno estilo de interpretación excava y, en la medida que excava, destruye”.

Así las cosas, la salida al enredo en el cual me vi atrapado fue dejarme llevar por las palabras de este libro y cómo ellas fueron resonando en una experiencia personal de lectura. No para generar claves interpretativas, sino simplemente como un ejercicio de escucha, de ir palpando las imágenes desplegadas que el autor nos entrega en Ruptugrafía.

En el telón de fondo de estos poemas aparece un Santiago dislocado. La ciudad emerge como un paraje sombrío, infestado de violencia, marginalidad y desazón. Uno de los poemas, titulado “Selva de asbesto”, dice lo siguiente: “La tos / sube / el pan / la leva / dura / que los mendigos / no resisten / el frío / de las plazas”. Y más adelante continúa: “De los sombreros / ya no salen / más que huesos / de conejo / y flores / de ceniza”. En otro leemos: “Con las alas heridas / transitamos estaciones / del año y del Metro / que guardaban / en su estricto calendario / minas antipersonales / nunca desactivadas”.

Así, la capital actúa como una proyección de un malestar, de un hastío que se va colando en las palabras y en los sujetos desdibujados que habitan el poemario. En contraposición al concreto citadino, cargado de energía gris, aparece el agua como un elemento que le da aire a los poemas. Pero esta respiración no se ubica desde una perspectiva de salvación o panacea, sino más bien fluye como recuerdo, como nostalgia acuática, a veces incluso como furia natural. Leemos en el poema titulado “De los peces”: “Lo ando buscando / en todos los sitios / las casas o caras, los gestos / también en consecuencia / que lo hagan aparecer / entre tanto frío seco / y corazones áridos / en todas estas ciudades”.

Álex Bay. Imagen: @maquina.rosa

Quizá esta aparición del agua se deba no solo a la evidente sequía en la que llevamos por varios años y la crítica situación hídrica a nivel global en la que estamos sumergidos, sino que tenga que ver con algo más biográfico, ya que en la solapa del libro se dice que el autor vivió desde muy pequeño en la isla de Chiloé. Los pasajes acuosos surgen entonces como un contrapunto a lo grisáceo del paisaje citadino.

Por otro lado, siempre ha sido problemático hablar de “generación”, porque se meten en un mismo saco elementos divergentes, que caben en él por el solo hecho de compartir fechas próximas de nacimiento. Pero hay una dimensión tras dicho concepto que me gustaría rescatar y que reverbera en esta lectura: aquella que se vincula con la noción de “experiencia histórica”. Es decir, hay un devenir histórico que los grupos humanos de una comunidad comparten, vivencian, recuerdan y que les permite entablar diálogos, generar vínculos, también discrepancias, por supuesto, y que nos sitúan en este presente siempre en transformación. Así, en Ruptugrafía emerge en algunos pasajes esa historia común, ciertos signos y memorias colectivas, aunque no como hechos abstractos o desafectados, sino que cargados de significado vivencial. Se lee, por ejemplo, en el libro: “Los cacerolazos / serán el signo / de los suburbios / ardiendo desde las vísceras / para cambiar la historia / en que alguna vez / seremos enemigos / de nuestros propios engaños”. O también: “Fue en nuestros tiempos / de guerra / un 2011 que nos dejó / perplejos y mudos”.

Por supuesto que esa referencialidad no es casual ni aleatoria, nos entrega también una pista respecto del autor y su quehacer político-literario. En ese sentido, el libro consta de dos apartados, el primero titulado “Oficio permanentey el segundo “Ruptugrafía”, un poema en quince partes. En este último la carga histórica se hace más evidente. Algo se quebró. Y ese quiebre todavía está ocurriendo. De este modo, Álex Bay nos va entregando las grafías de la ruptura, pero no en clave épica o heroica, sino desde el hastío, la angustia y la rabia acumulada por años. Escribe el autor: “Al fin / el derrumbe de edificios / aparentemente sólidos / construidos sobre arena movediza / nos vio cruzando la ciudad / borrachos / sonrientes / sangrados”. En otro poema leemos: “La ruptugrafía / es el mundo y sus desniveles / toda la comida / que se bota / todas las bocas / que viven de hambre / las etiquetas, los roles / y las falsas cortesías / las lavanderías de dinero / para aumentar el progreso / de unos cuantos”.

Pablo Jara. Imagen: @maquina.rosa

Por último, quisiera hacer notar la musicalidad del libro. Hay cierta cadencia en las palabras escogidas, un ritmo que el autor ha ido tejiendo. Juega con ellas, ordenándolas de forma particular, y así emerge un vaivén, un movimiento que es difícil de traducir, porque más bien se escucha, como esos acordes que quedan resonando en el oído, que dan en un tono que nos saca de lugar. En el poema titulado “Tonada fría” leemos: “La necesidad de salir / a flote / cuando se hundía / y se hundía / un barco de deseos genuinos / con el peso de los errores”. Además, un poco más adelante el autor escribe: “La revolución / comienza por casa / alfiles siendo alfileres / afilados al fin / para cruzar el corazón / de ese cuerpo pesado”. Así, la ruptura no carece de musicalidad. No es solo estruendo o explosión. Es desde esa afinación particular del lenguaje que estos poemas hacen eco.

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