El empampado Riquelme (Francisco Mouat)

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Por:

Pablo Cabaña Vargas

 

El empampado Riquelme

Francisco Mouat

Ediciones B

ISBN 956-7510-64-4

170 páginas

 

Este libro no termina en su última página. Ese punto final solo establece un límite espacial a una historia que aborda las preguntas de siempre y que obliga al lector a examinar su propia experiencia, como padre y como hijo, con las infinitas esquirlas emocionales que son expedidas con ocasión de ese vínculo. Se trata, entonces, de un libro inteligente y certero, pero, por sobre todo, oportuno y necesario.

La historia tiranizó a Francisco Mouat desde que tuvo noticias de ella: en el desierto de Atacama, turistas encontraron un esqueleto completamente conservado, brillante de tan blanco producto de la composición mineral del desierto, con zapatos y sombrero. Se trataba de Julio Riquelme, quien el año 1956 viajó desde Chillán a Arica en tren al bautizo de un nieto, pero por razones que aún no quedan del todo claras, bajó del tren, caminó por la pampa y se empampó, que es lo mismo que decir que se perdió, que murió de hambre, de frío, de sed en la pampa, o de todo eso junto. Del otro lado está su hijo, Ernesto Riquelme, quien durante todos esos años vivió acosado por los fantasmas de un padre ausente, que lo abandonó por el trago, las mujeres, la plata que se habría robado del banco en que trabajaba o por la simple desidia de un padre de la vieja escuela: desapegado, poco cariñoso y parco.

Entonces, este libro trata acerca del padre y la búsqueda de la identidad, de ese vínculo que ha sido menos abordado por la literatura y sistemáticamente incomprendido en su dimensión afectiva. Sin embargo, en esta ocasión no estamos en presencia de la historia del padre omnipresente o juzgador de Kafka, o del padre golpeador que obliga a su hijo a repetir el patrón, o del padre que nunca estuvo, un clásico nacional (basta leer los estudios de Gabriel Salazar sobre el huacho en Chile para llegar a esa conclusión), sino que de la historia de esa fuerza incontrarrestable que nos lleva a perseguir nuestro origen, a saber de dónde venimos para intentar conocernos a nosotros mismos y comprender y asimilar todo lo que nos ha ocurrido.

Durante esta crónica, que tiene mucho de periodismo y de obsesión, Mouat acompaña a Ernesto Riquelme al Servicio Médico Legal, al Registro Civil y al funeral de su padre, transitando por el entramado burocrático que sirve de sustrato gris y neutral a la emoción de un hijo que durante el proceso de identificación y posterior entierro, siente que por fin puede alcanzar la tranquilidad de estar cerrando un ciclo, y así clausurar una historia que se construyó sobre la base de prejuicios, omisiones y verdades a medias.

¿Cuántos rencores alimentó Ernesto Riquelme todos esos años, cuántas elucubraciones —casi todas trágicas y negativas— pasaron por su cabeza? ¿De qué manera determinó su vida la versión que se construyó acerca del abandono de su padre, hasta que tuvo la certeza que su progenitor sufrió un accidente, eventualmente una crisis de pánico según el testimonio de uno de los pasajeros de ese tren, que lo llevó a descender intempestivamente, caminar y morir empampado? ¿Cuánto decidió olvidar Julio Riquelme, de qué mecanismos se valió para seguir viviendo, trabajando y haciendo familia?

Sorprende que un tema tan amplio y abierto sea abordado por el autor con una precisión, austeridad y economía narrativa extraordinarias, encontrando a través de esas virtudes el mecanismo más idóneo para abordar este relato sin caer en la sensiblería o en el afán de juzgar conductas desde la moralina, relativizando la historia y ofreciéndosela al lector para que este la conecte con su propia experiencia y la continúe escribiendo a su antojo, ya que todos tenemos un origen al que responder, una identidad que buscar y un impulso de trascender, el que, por regla general, materializamos a través de la posibilidad de crear, formar y marcar a fuego la vida de otro ser humano.

El autor, no obstante la amplitud del tema y sus impredecibles aristas, no cayó en ninguna tentación durante la escritura de este libro: no buscó el llanto del lector ni su compasión, tampoco apeló a la culpa social atendido el origen de los involucrados, ni trató de cerrar el tema haciendo un homenaje demagógico hacia la figura del papá por siempre, o de hacer sociología o historia social para principiantes, sino que logró navegar exitosamente por la historia, sosteniendo con firmeza y admirable pulso la narración, mediante una prosa eficiente y sencilla, pero no por ello menos profunda o emotiva.

Solo en un punto Mouat dejó de ser el observador participante de la historia, y créanme que valió la pena, ya que el capítulo que le dedica a su propio padre consigue dar cuenta con austeridad y amor contenido del legado emocional y los recuerdos que le dejó su progenitor, evocando sensaciones, partidas y confesiones que si bien en un comienzo parecen irrelevantes, son los hitos que finalmente estructuran la gran historia, y que, en este caso, llevan al lector a pensar en el rol que ha desempeñado en este vínculo único que existe entre padre e hijo, ya sea desde la ausencia total o parcial, desde la perjudicial sobreprotección o desde el dolor por la pérdida.

Francisco Mouat se ha especializado en escribir historias mínimas, sobre personajes de culto, particulares, sobre aquel futbolista que nunca marcó un gol pero que por alguna extraña razón recordamos más que el mejor de todos. En este caso, esa historia mínima y personal de un chileno tan tosco e intrascedente como la mayoría de nosotros, logra ser universal sin ser totalizante, un símbolo de algo más grande e inabarcable, planteando preguntas esenciales y poniendo frente al lector una hoja en blanco para que este escriba su propia historia.

De esta forma, y sin quererlo, Mouat marcó un hito, abrió un sendero en un terreno que no había sido explorado, nos invitó a mirar por una rendija en la que no habíamos reparado, interpelándonos simplemente a mirar, a hacer preguntas y reflexionar, y desde la más absoluta chilenidad —la del compatriota medio carente de ambiciones, tan amargo como bonachón—, hizo un libro que no existía y estableció un punto de partida y una referencia obligada para los cronistas del futuro.

Una obra literaria puede adquirir valor por diversas razones. Una de ellas radica en su capacidad para visibilizar sectores, situaciones, personas o actividades que siempre estuvieron ahí pero nadie miró o quiso mirar, como lo hicieron, a modo de ejemplo, Manuel Rojas y Alfredo Gómez Morel, dándole vida a los marginales, así como José Donoso y su retrato de la burguesía venida a menos, Edwards Bello diagnosticando al arribismo como nuestra enfermedad nacional, y Pedro Lemebel iluminando el rincón donde anidan las exclusiones. Francisco Mouat y su empampado dibujaron un mural en que podremos mirarnos como chilenos, en que nos podremos reflejar desde la intimidad de aquellos rasgos que tienden a olvidarse: Chile como un país sin padre —desde O´Higgins a los principales ídolos de nuestra selección de fútbol campeona de América—, lo que explica, desde el punto de vista de la gran historia, parte de nuestra inseguridad e insularidad cultural, y desde la pequeña historia, nuestros terrores cotidianos y ese concentrado resentimiento que siempre está a punto de explotar.

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