De perlas y cicatrices (Pedro Lemebel)


Reseña remitida por:
Jonnathan Opazo Hernández

De perlas y cicatrices (1998)

LOM Ediciones
ISBN: 9562821544
Pedro Lemebel (1955- )
288 páginas
Precio referencial: $8.700
 
“El único hombre verdadero es el de la calle”
Gonzalo Arango.
 
Pedro Lemebel es, dentro de la farándula literaria contemporánea chilena, un personaje interesante. Una voz que aborda el Chile del siglo XXI desde una mirada filosa y perspicaz, que no escatima en diatribas a la hora de retratar con una pluma atenta y suspicaz, las constantes reinvenciones de un país de experimentos. Que vive en carne, desde la marginalidad, desde el lugar del escritor “que va a las inauguraciones de arte a robar canapés”, las transformaciones de un país “que está creciendo”, como se dice en la aspaventosa jerga político-institucional. Como dice Milton Aguilar:
“Si nos atenemos a su prosa verborreica alucinante, descubriremos que los secretos de la vida no están en el centro, sino que en el borde, en lo que se quema: en las cárceles, en los drogadictos, en los homosexuales o en los marginales”(Fuente: Memoria Chilena)
No es, por tanto, casualidad que haya sido el mismísimo Roberto Bolaño quien lo recomendara a Jorge Herralde, que luego viajaría a Chile para firmar contrato por la prestigiosa —aunque tan jodidamente cara— editorial Anagrama.
En esta entrega, quien otrora formara parte de “Las Yeguas del Apocalipsis”, desmenuza y baja a patadas de su cetro a todos los presuntos héroes del Chile posdictadura, a los exiliados que apenas retomado el poder inflaron su pecho y “si te he visto no me acuerdo”, como lo señala en su crónica “Camila Escalona”, dedicada con agrio cariño al actual militante del Partido Socialista:

Como ves, en la población está casi todo igual, a no ser por todos los que faltan, los que se fueron esperando el día triunfal de tu regreso. Todos tenían algo que pedirle al parlamentario orgullo de la población”.

 

Crónicas que chorrean una nostalgia que también se mezcla con cierta urticaria por un panorama que, en su retórica, hace las veces de salvador de un país cuya memoria no fue ajusticiada por esos mismos adalides de la democracia. Por una geografía cuyas heridas no quisieron ser sanadas ora por miedo, ora por complacencia. Porque bien sabe Lemebel que esta cazuela la siguen haciendo los mismos, sin militares, aunque con mecanismos de control todavía más efectivos: mucho consumo y despilfarro: porque somos los “jaguares de América Latina.”
 
 
     Esta carbonada de la cotidianeidad va cocinándose sin perder el rigor del lenguaje literario, abundante en el adjetivo sucio, pero con esa extraña elegancia de dandy de los suburbios, con una jactancia que abruma. El niño piojo y las horas quiltras, la noche lumpen y el tórrido verano de las poblaciones en donde, al amparo de la vivienda social, se van tejiendo los “culebrones” que deslumbran la sensibilidad del escritor, al son de la música cebolla del dial y la bulla de los “cabros chicos” que juegan con el polvo en los desolados páramos de la periferia. Un flâneur del pasaje sin vereda y alumbrado público como oscura maraña en donde zapatillas colgadas y volantines que hallaron trágico destino van escribiendo su propia estética. Caminante de poético observar, que, no obstante, en ese mismo ejercicio se somete a las reglas de los verdaderos habitantes de la urbe:

“Y al pedir un cigarro, uno sabe que la llama del fósforo va a iluminar un cuchillo. Uno sabe que nunca debió detenerse. Pero estaba tan cerca, a sólo unos pasos, y al decirle que fumo Life, para que supiera mi estado económico, igual me dice que bueno, aspirando mi tabaco ordinario, igual me busca conversa y de pronto se interrumpe. De pronto se queda en silencio escuchándome y mirándome fijo. Y yo, tartamudo, lo cuenteo hablándole sin pausa para distraerlo, pensando que viene el atraco, el golpe, el puntazo en la ingle, la sangre”

En “Solos en la madrugada” (o “el pequeño delincuente que soñaba ser feliz”)
     Tanto por su severa y asertiva mirada, como por la sutileza con la que trabaja la palabra, este bestiario de los primeros años de la vuelta a la Demos-gracias, es también un encomiable trabajo que puede entregar ciertas claves para ir reescribiendo la historia de Chile desde otras latitudes, sin caer en lo panfletario: porque incluso de allí, de los espacios sectarios en donde se gesta todo tipo de poder movilizador —izquierda o derecha— ha sido desplazado también el “cola” Lemebel, cuya prosa, en este sentido, va adquiriendo así un carácter desestabilizador de todo relato, una suerte de subversión que opera directamente, como un puñetazo, sin tener que elaborar complejas arquitecturas lingüísticas y que no escatima en mostrarle la peor cara al poder. Alguna vez leí que Marx dijo del gran Dickens que conocía mejor el proletariado que cualquiera de sus compañeros de partido. Probablemente, en estas “Perlas y Cicatrices” cumpla también esa condición: quizá sea la sensibilidad del escritor y la del poeta, la que logre esbozar, desde las posibilidades de la lengua, mejor qué es esta angosta y raquítica franja de tierra. 
Pedro Lemebel y Francisco Casa, “Las yeguas del apocalipsis”. Por Pedro Marinello (Fuente: http://fotografiachile.blogspot.com/)
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