Palabra oído sumergida en el fuego (Carolina Benítez)

Palabra oído sumergida en el fuego (2025)

Carolina Benítez (1994)

Mago Editores

ISBN 978-956-317-823-4

 66 Páginas

  

Por Sebastián Alarcón Chávez[1]

 

En Palabra oído sumergida en el fuego (Mago Editores, 2025) Carolina Benítez construye una poética que desarticula el lenguaje para transformarlo en un ser vivo, el cual es, sin duda, la poesía de la que nos hablara Jean Cocteau en Secretos de belleza, una llena de rupturas y sutiles equilibrios.

Su potencia práctica reside en diluir a la primera persona —un yo poético evanescente— en favor a la impersonalidad, entregando un lenguaje que funciona como reflector del ambiente y los sentidos. Esto se logra mediante un uso predominante del infinitivo que genera en el lector el encuentro con un pensamiento flotante más que con una voz que entrega o pronuncia. A través de esta fórmula se llega a una sonoridad delicada, un ritmo construido en frases a veces precisas, a veces entrecortadas, también largos silencios blancos —páginas que son tres o cuatro versos—, poemas que son el símil de la respiración de quien medita, y, naturalmente, múltiples digresiones que demuestran el estado vivo de su poesía, un objeto que sin desplazarse cambia continuamente de forma. Dicho de otro modo, el lenguaje que dicta los sentidos, el ambiente, pierde su carácter dependiente del ser, para posicionarse de por fuera, casi con peso y existencia propia, ya no como causa del “yo-poético” sino como un elemento a la par, que coexiste con él en el sentido del mutualismo, la colaboración dentro del mismo espacio onírico.

El título es un antecedente del juego poético de Benítez, la consagración de la palabra más que el sentido, pues este no existe si no se expresa por el lenguaje y el lenguaje es absurdo del todo si no es por lo que estos pueden dictar. Esta dicotomía parece también ser necesaria para la construcción de la poética; el yo no se esconde, más bien se hunde, y de vez en cuando reflota para reafirmar su estado individual a lo dicho.

Vale decir que el primer poema es entregado por un yo: “Imagino una península rota”. El yo-poético se demuestra para luego ceder el lugar al lenguaje en una paulatina metamorfosis que resulta natural: se proyecta la imagen de un cuerpo que se desprende del peso de las palabras, que las deja de por fuera, que las contempla como cuerpos vivos. El lenguaje, en Benitez, piensa sobre sí mismo, se interroga, pero también puede entrar en diálogo dentro del poemario, llegar incluso a tomar los pensamientos de este hablante evanescente. “|Si existiese un momento previo a la escritura, un interludio, ella pensaría en una hendidura o imaginaría un intersticio (…)”. A lo largo del poemario encontramos la primera persona, tanto en singular como plural, la tercera femenina y la segunda, ambas también singulares, las cuales parecen ser antecedentes de una misma cara. Lengua y persona se separan y de vez en cuando piensan al mismo tiempo: “Alguien nos dijo hubo isla alguna vez / Alguien recuerda pasaje dentro del caos”.  Es también mediante este diálogo fluctuante cómo se plantea la postura central del poemario y la cual parece desafiar finamente al constructivismo: acá el lenguaje poético no solo crea realidad, sino que es la realidad misma y, a la vez, emisor de su estado. Los poemas entregan la sensación de estar hablando consigo mismos —contemplamos palabras frente a espejos imposibles—, de buscar incluso al autor y dictarle su perspectiva: “Qué país no es un hogar amable / quiso decir país pero dice tragaluz”. Existe una inversión casi existencial. La palabra es la que dilucida el estado interno y no el estado interno quien se demuestra por el mecanismo natural del lenguaje.

Destaco esta mutabilidad del hablante, el diálogo entre el poema, el yo-poético y la memoria. Esto construye dinamismo, ayuda a visualizar de mejor manera lo que planteé es la raíz de la poética de Benitez, un lenguaje vivo, ajeno y al mismo tiempo parte del ser. Lo que también refuerza el hecho del título y el lugar central que tiene el fuego como metáfora del lenguaje, en el sentido de su transformación constante, de su mutabilidad, algo que se puede controlar en el uso cotidiano, pero que en usos alternos (la poesía, por supuesto) tiene la posibilidad de ensancharse sin límites, de ser incontrolable incluso para quien en un primer momento lo provoca. De ese modo, lugares como el campo, la casa, la ciudad, la niñez y otros rostros de la nostalgia, se alteran, se difuminan y dilatan, pues a través de ellos se cuestiona también el lenguaje y sus posibilidades: como forma de nombrar la realidad, de crearla, de percibirla, como lugar de la memoria, o incluso como realidad que es para sí misma.

A manera de cierre, Benitez entiende que la poesía no solo implica encapotar la experiencia subjetiva con figuras retóricas de forma y fondo —ahora mismo pienso en prosopopeyas bellamente inusuales, sutiles aliteraciones, la anáfora rítmica que cierra el poemario—, sino más bien en un cuestionamiento profundo de la materia prima que lo configura, de sus mecanismos, del arte de la deformación que no necesariamente implica la asimetría, sino equilibrar rupturas. Esto la poeta lo logra con creces.

[1] Sebastián Alarcón Chávez (Lota, Chile, 2000). Profesor de Español. Autor del libro “Acaso otro fuego”.

 

Lo que leímos

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *