Recuerdos de un bibliófilo (Mauricio Amster)

Recuerdos de un bibliófilo (2021)

Mauricio Amster

Carbón libros

76 pag.

 

AMSTER, HOMBRE DE LETRAS
por Sebastián Gómez Matus.

Las consideraciones de Amster dan cuenta de una persona que no solo dedicó su vida a los libros en tanto objetos, sino que a “divulgar ideas” proyectando una comunidad lectora, como bien lo remarca en Homogeneidad y mezcolanza, un texto que supone una poética del arte de hacer libros y una crítica del gusto de lo que hoy llamamos posmodernidad. Quienes amamos los libros agradecemos esta publicación que propicia una reflexión necesaria en torno a cómo se hacen los libros hoy, algo sobre lo que se reflexiona poco en una actividad cada vez más instrumental y menos trascendente.

Así las cosas, las palabras de Amster llegan proverbiales a través del tiempo. La actualidad de sus ideas en torno al libro quizás tenga que ver con que el mundo permanece en una especie de relapso, una enfermedad catalizada por el algoritmo, aparte de su experiencia vital y el periodo convulso que le tocó vivir, por decir lo menos, donde la Historia quemó sus últimas naves.

Lamentamos lo escueto del volumen puesto que este libro pudo haber tenido quinientas páginas y no nos aburriríamos de leer. Tal vez sea el precedente de una publicación mayor o de la reedición de alguna de sus obras. La prosa de Amster es perspicua; su transparencia nos remite a la frase de Searle: si no lo puedes decir con claridad es porque ni tú mismo lo entiendes. Amster no solo entiende su oficio, al cual enriquece volviéndose escuela, sino que también demuestra dotes de novelista nato en el texto El mediarrisa, que podría ser una novela de Fogwill o Gombrowicz.

Sus ideas, las experiencias de donde nacen sus ideas, y por lo tanto su forma de proceder en el mundo, hacen pensar en el estado de la cultura hoy, palabra esta, cultura, de la que desconfío cada vez más. Los libros que hoy se producen tienen el sello del progre neoliberal, esta figura cristalizada como logotipo ambulante. Amster estuvo en la guerra, en todas partes estuvo en peligro y de no haber sido por Neruda quizás no lo hubiésemos tenido en Chile haciendo lo que hizo: libros. Hay que reconocer que esa gestión fue determinante a tal punto en la secuencia de hechos que incluso de ese barco depende el libro que comento.

Amster, hombre de letras, nos muestra la realidad que vivió y que pudo editar. Su trabajo en Zig-Zag, Universitaria y en la menos conocida colección de culto Cruz del Sur, muestra el ímpetu por construir una cultura a pulso, con trabajo, espíritu que colmaba la primera mitad del siglo pasado, donde los oficios tenían un valor muy distinto al actual. Es conocida su Cartilla Escolar Antifascista, la que se repartía en trincheras con un lápiz grafito.

Los Dos recuerdos bibliófilos que abren el libro son maravillosos por la sutileza con que los cuenta a la vez que arquetípicos en el mundo del libro: el librero que no sabe de libros y el robo de libros. A estos dos ejemplos, podemos agregar un tercero contemporáneo: el editor que no sabe de libros. Y un cuarto: el escritor al que no le gusta leer.

Si nos fijamos en la cantidad de libros publicados por Amster, pero sobre todo su calidad, con los publicados hoy en las circunstancias que todas y todos más o menos conocemos, recordaremos la máxima situacionista: la cultura es la mercancía que vende todas las demás mercancías. Al menos hay que revisar las condiciones de posibilidad. La pregunta es: ¿cómo una sola persona pudo hacer tanto? Desde luego no estaba solo. Las personas que participaban en las distintas etapas del trabajo de imprenta estaban capacitadas, tenían que estarlo, para sacar libros de calidad y con la menor cantidad de errores posibles.

Al seguir leyendo, da la impresión de que hoy los recursos, no solo económicos, no están puestos en el fin primordial del libro: leer. El gran mérito de este volumen –emparentado con el libro sobre Nascimento de Felipe Reyes– es que plantea la necesidad de una reflexión: ¿cómo se hacen los libros hoy? Pregunta que esconde otra pregunta más general y compleja: ¿cómo se hace la cultura de hoy? En otras palabras, La isla del Tesoro no es La isla Misteriosa.

Los libros, los buenos libros, tienen la capacidad de poner el mundo en una especie de orden necesario, cósmico, como si las letras entraran en el mismo orden que las estrellas (recordemos Galaxias de Haroldo de Campos). En palabras de otra polaca: Después de cada guerra alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, digo yo. […] Aquellos que sabían/ de qué iba la cosa/ tendrán que dejar su lugar/ a los que saben poco. / Y menos que poco. / E incluso prácticamente nada.

 

 

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