El Sótano del Perro Vagabundo. Memorias de Escritores Rusos (Jorge Bustamante Ríos)

El Sótano del Perro Vagabundo. Memorias de Escritores Rusos (2020)

Selección, notas y traducción de Jorge Bustamante Ríos

Ediciones UACh

ISBN:     978-956-390-112-2

180 páginas

 

Una historia material de la literatura occidental difícilmente podría evadir el espacio público como condición de posibilidad de eso que suele denominarse como campo cultural. El Cabaret Voltaire de los dadaístas, el París de la generación perdida o, mucho más cerca y a mano, el bar La Unión de la calle Nueva York, los galpones de Matucana 100 o el Café Cinema de Viña del Mar son ejemplos de esto. En esas mesas y barras, entregados al arte de la conversación o la fabulación político-estética, al pelambre o la borrachera deportiva, se fraguaron ideas, manifiestos y complots contra la literatura, la historia o la vaca sagrada de turno.

El Perro Vagabundo fue una taberna que funcionó en San Petersburgo a principios del siglo XX, convocando al variopinto underground ruso que vio caer a la dinastía Románov y el nacimiento de la Unión Soviética. Ubicado en el sótano de una vieja casa, fue bautizado así por el escritor Alexis Tolsói, que “comparó al grupo de sus colegas y amigos con el de los perros sin casa y vagabundos que buscan abrigo”.

“Para entrar al Perro era necesario despertar al portero soñoliento, atravesar dos patios llenos de nieve, en un tercer patio voltear a la izquierda, bajar diez escalones y empujar una puerta revestida de hule. De inmediato te atolondraban la música, el sopor y el abigarramiento de las paredes, el rumor del ventilador eléctrico, que sonaba como un aeroplano”, escribe Georgi Ivánov en el texto que inaugura estas memorias.

En esa heterotopía de la noche rusa, poetas, actrices, directores de teatro y fisgones, cuya cuota de entrada ascendía por el solo hecho de ir a mirar qué demonios pasaba ahí abajo, se reunían a medianoche para leer poesía en voz alta, emborracharse y sostener conversaciones que el tiempo y la nieve sepultarían para siempre. El casting de escritores que aparece en estos recuerdos es, por supuesto, de primer nivel: Vladimir Mayakovski, Anna Ajmátova y Marina Svetáieva, por nombrar algunos.

Los aguafuertes que recoge Jorge Bustamante, por cierto, van mucho más allá de la chimuchina de la taberna. Lo que hay son retazos de vidas, remembranzas muchas veces escritas con ternura y admiración, pero también como un modo de definir programáticamente una estética. Por ejemplo, al hablar sobre Sergéi Esenin, Mayakovski anota: “Para nosotros, los futuristas, los versos de Esenin, talentosos y rurales, no eran de nuestro agrado. Pequeño, parecía como si fuera estrafalario y amable”. El par Mayakovski/Esenin, ambos suicidados por su época, recuerda un poco, si me lo permiten, a la disputa entre Lihn y Teillier: el urbanita radical contra el bucólico militante.

Para Mayakovski, por supuesto, la cuestión es decisiva porque sabe que de su estética depende su ética revolucionaria en su sentido más profundo: “¿Qué y cómo escribir sobre Esenin? Examinando por todos lados esta muerte y sacudiendo el material ajeno, formulé y puse ante mí el problema. La finalidad: premeditadamente paralizar los últimos versos de Esenin, hacer su final no interesante, en lugar de la belleza banal de la muerte presentar otra belleza, ya que todas las fuerzas son necesarias a la humanidad trabajadora para la revolución que comienza, y ello, a pesar de la pesadez del camino, a los enredados contrastes de la nueva política económica, exige que nosotros realcemos la alegría de la vida, el gozo de la difícil marcha hacia el comunismo”.

Según se nos cuenta en el prólogo del libro, el Perro Vagabundo fue clausurado en 1915 y reabierto el 2001 en el mismo lugar. En ese largo hiato de ochenta y seis años, la Rusia de Ajmátova, Blok, Mandelstam y los otros retratados en este libro cambió radicalmente. El siglo XX fue una tormenta que no dejó títere con cabeza y esa convulsión es recibida por el siglo XXI con una pandemia que transformó al espacio público en un lugar peligroso para la salud. Ni los poetas son tan importantes para elevar la voz como Mayakovski y pensar que serán tomados en serio ni los bares o cafés parecen espacios seguros para reunirse a fabular sobre el futuro de la revolución.

Pero cuando el Perro Vagabundo vuelva a cerrar nuevamente, sus viejos comensales volverán como fantasmas a decirse, como el título de ese poema que Ajmátova le dedicara a la taberna, “todos aquí estamos ebrios, perdidos”.

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