Domingo (Natalia Berbelagua)

Portada DomingoDomingo (2015)

Natalia Berbelagua (1985)

Libros Tadeys

ISBN 978-956-9664-00-7

52 páginas

 

 

“Ser errático desde mi juventud, conozco el callado horror que, en casi todas partes, trae cada domingo al hombre de nuestros días. Pareciera, en efecto, que esta jornada, al liberarlo de las servidumbres del trabajo cotidiano, lo enfrentara a su condición de hombre sin hogar, corroído por el spleen, cuando no por la desesperación de no tener dónde ni con quién estar”. La cita es de Martín Cerda y nos permite acceder a una posible lectura de Domingo, de la escritora porteña Natalia Berbelagua. En su tercer libro, a cargo de Libros Tadeys, la autora se mueve hacia un registro mucho más personal y confesional, elaborando un pequeño diario en el cual va paladeando el amargo y pastoso sabor del séptimo día de la semana. En este caso, lo que podría ser una pausa para el reposo o la meditación —hijos todos como somos de la tradición católica—, se transforma más bien en un hiato en donde el tedio chorrea todo con una luz pálida.

“¿Existirá una patología donde un sujeto cualquiera se deprime sólo el séptimo día de la semana? ¿Una jornada para que llore y tome clonazepam, para que apague el teléfono y se esconda de sus amigos?”, anota Berbelagua en una de las páginas del volumen. El libro está construido a partir de fragmentos que siguen una numeración que, al principio, parece no tener mucha coherencia o lógica, pero que más adelante nos es aclarada: “Fui contando semana por semana y di con el número exacto. Ese domingo era el 1430 de mi vida”, numeración que se parece a las marcas que un prisionero va dejando en su celda mientras anhela una liberación que parece lejana, brumosa en la espesura de un porvenir no muy promisorio.

“El día se destripa encima/ y hay que po.nerle el hombro para cargarlo”, escribe Elvira Hernández en El orden de los días. Larkin, en un tono similar, escribe “¿Dónde podríamos vivir / sino en los días?”. El día como una casa, un lugar donde habitar mientras el tiempo lo va corrompiendo todo. Acá ese lugar se nos describe más bien como uno mohoso, húmedo y desolado. El domingo, usualmente representado en el calendario en rojo, se torna más bien gris. Sin embargo, en esa detención, suerte de suspensión insoportable, también hay tiempo para observar el entorno y captar allí algunos matices: “Me quedo mirando una imagen preciosa: sobre un trozo de pasto hay una rama que parece un pájaro, a su lado un grupo de aves en círculo, como si la estuvieran velando”. Y así, ese registro personal, esa anotación a pie de página en el libro que es la vida de la narradora —de quien sabemos poco o nada—, logra articular una poética personal, que se asemeja un poco a los experimentos de Levrero o el tono elegíaco de Pizarnik: “Todo lo que debió hacerme feliz fue un fracaso, no sé cuáles son las palabras que me definen”. Si toda escritura supone de cierta manera una búsqueda de si mismo —solapada o no—, acá ese propósito aparece más que explícito, mostrando los inevitables vínculos entre memoria, vida y literatura.

En una crónica de Merino sobre Mistral, este relata —a partir de una anécdota de Alone— las razones por las cuales la poeta siempre mantuvo, a pesar del éxito y el reconocimiento, una actitud más bien desdichada y triste: la felicidad —parafraseo de memoria— no es otra cosa que los destellos de la infancia, ese país ideal. Así, la imagen de un niño triste y solitario cifraría toda la miseria humana de un adulto que se mueve a tientas. “Fueron en esos años donde descubrí la lectura, donde los domingos dejaron de ser lo que históricamente fueron, donde dejé la pelota (…) por tener un libro en la mano. Todo se fue a la mierda”. La escritura como doble movimiento: pérdida de la inocencia y apertura al mundo, a las cosas. Domingo es, en suma, una exploración a través de esos temas, así como una continuación de ese verso de Gonzalo Rojas que nos recuerda que “lo único irremediable es el hastío”.

 

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