COLUMNA: Libros fantásticos

Una primera aproximación a los libros

Tengo una pequeña, una niña que acaba de cumplir dos años, que corre por todos lados, pone la casa patas para arriba, se acerca a mi librero —donde tiene un espacio a su altura dedicado a sus libros— y comienza a hacer desorden. Toma los suyos, aunque en ocasiones también se empecina con los míos, los arroja al suelo, abre uno y otro casi al azar, pide el “del león”, se ríe al mirar la melena desordenada del animal retratado en la portada, caricaturizado pero reconocible, al que le caen trenzas de colores por la cara y que se parece un poco a ella misma cuando despierta en las mañanas, aunque mi hija no se da cuenta. Ese es un libro fantástico. Por supuesto que no tiene idea qué es lo que dicen las escasas letras que tiene ese y los otros ejemplares de la misma colección, pero juega con los libros, a veces a mirarlos, a veces a contarme con sus pocas palabras qué está pasando en la imagen, a veces a tirarse sobre ellos como si fueran una cama. La dejo o la acompaño: son de ella, que se relacione con sus libros como mejor le parezca.

pinocho

Hay un segundo librero, uno que es menos mío que el otro que me pertenece a cabalidad, donde están los libros de gran formato. Ahí hay otro grupo de libros que también son de ella, donde están los que más le gustan. Son libros enormes, que más que abrirse se despliegan. Hay uno, en particular, que por estos días le gusta en especial. Se llama Cuentos silenciosos y fue publicado por Edelvives e ilustrado por Frank Bascome. A pesar de su nombre, en él no hay ningún cuento propiamente tal, sino que cada imagen, a doble página, emerge del libro, sobresale de él, con representaciones tridimensionales de conocidos relatos tradicionales. Así, ella restriega su nariz contra la nariz extensible de un Pinocho que se le acerca, introduce sus deditos entre una escena un tanto apocalíptica de Alicia (de Alicia en el País de las Maravillas) rodeada por cartas mientras ella yace en el suelo, cartas que también emergen del libro en diferentes direcciones y casi producen la impresión de movimiento. Es un libro fantástico, que a mí me gusta casi tanto como a ella. La asusta un poco —solo tiene dos años de edad— ese enorme lobo cuya agresiva dentadura esconde en su interior a una pequeña niña. Ella dice “niña dumiendo”; no comprende que el lobo se la ha tragado. Yo tampoco se lo explico; tiene solo dos años y difícilmente entendería tal ficción. Pero no importa: casi cada día me pide ese y otros libros, no los que a mí me gustan, sino los que a ella le parecen entretenidos. Y sí, si los miro críticamente claro que lo son. Todos los que le gustan tienen un gran formato, muchos colores, imágenes a toda página, poco o ningún texto, y animales o personajes reconocibles. En una primera aproximación pareciera no ser tan difícil hacer libros como esos. Pero al verlos con detención imagino por un momento el gran trabajo de diseño que deben haber costado, la gran labor de troquelado, plegado, plisado, toda la ingeniería que ha hecho posible que las imágenes se desplieguen funcionando perfecto, sin que se enreden al abrirse, sin estropearse. Insisto, son libros fantásticos. Tengo muchas pretensiones como padre. Una de ellas es que mi hija logre aprender a leer por goce, por simple placer. No pretendo que sea una lectora voraz, ni que aprecie mi propia biblioteca, ni los títulos que a mí me han hecho disfrutar. Simplemente quisiera que un día se vea deslumbrada por una historia, por una frase, por una construcción o un ritmo. O quizás que lo suyo sean las historietas, las imágenes, las series de comics que sí contienen una historia y que producen el mismo efecto que cualquier buena lectura.

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Espero no equivocarme, pero creo que ese es el camino. Por supuesto que tengo años por delante. Ojalá que el día de mañana, junto con imágenes fantásticas, espléndidas, logre encontrar historias que para sus siguientes años también resulten fantásticas como para acompañar esos dibujos. Creo que esa es la manera —ojalá no le falle— de formar lectores: con libros, novelas y cuentos fantásticos. ¿No funciona así también, acaso, con nosotros los adultos? Claro, yo ya no necesito ser asistido por dibujos que ayuden a mi imaginación, sino que eso es algo que exijo de la narración, pero al final es lo mismo: libros fantásticos, historias fabulosas, prosa espléndida. ¿Es mucho pedir? Sí, es mucho. Pero si hablamos de formar lectores, encantar lectores, creo que por ahí va la cosa.

Consideren esta columna un primer esbozo de un tema al que pretendo volver, del que yo recién voy aprendiendo, en mi descubrimiento como padre acerca de qué cosas han ido funcionando en mi caso en particular y qué cosas definitivamente no. Pero este somero acercamiento me ha producido esta firme idea: para formar un lector, cualquiera que sea la edad, lo que se necesita son libros fantásticos.

Al día siguiente al del hallazgo de un libro fantástico, tal como lo hace casi a diario mi hija que juega a acostarse sobre sus cuentos, ese lector de seguro volverá a pedir un libro.

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