La oscuridad que nos lleva (Tulio Espinosa)

la oscuridad que nos llevaLa oscuridad que nos lleva (2013)

Tulio Espinosa

Editorial Cuarto Propio

ISBN 978-956-260-636-3

276 páginas

 

La oscuridad que nos lleva es una novela leve, tranquila, donde apenas existe una anécdota, si es que verdaderamente hay tal entre la sencillez de la historia que ha creado su autor Tulio Espinosa.

Toda la novela está construida en base a la relación de dos personajes más bien inmóviles, el primero de ellos es el Lector, un hombre de treinta y algo que asiste diariamente a leerle a la Señora, el segundo de los personajes, una mujer muy anciana, postrada en su cama, que no tiene más afición —agravada por su estado— que la de hacer que le lean. Estos dos personajes están inmóviles, como decía, cada uno por diferentes motivos. La Señora por su notoria invalidez, el Lector por características personales que hacen de él un personaje desprendido de la vida, como si estuviera roto u escindido por una tensión que no presenciamos ni conocemos, pero de la que sí, a cuenta gotas, vamos viendo los mínimos efectos que en él se van produciendo.

 —No sé qué decir. Para mí vivir, creo que nunca lo he dicho a nadie, no es sino esperar que algo suceda. (pág. 252)

El Lector posee ambiciones literarias que jamás ha intentado realmente convertir en algo más que en pretensiones. La Señora, por su parte, resulta ser el personaje central para el Lector, con su universo de historias personales, con cada uno de sus recuerdos que cada novela va recordándole a su mente frágil.

Esta relación entre un lector y un oyente no es nueva ni original. Tulio Espinosa lo sabe, no es ahí donde el libro se juega sus virtudes. Es, por el contrario, en algo pequeño, en una cierta cotidianeidad doméstica, en la vida también pequeña que ha vivido la Señora, en torno a hechos circunstanciales para la vida en Chile y que frente a lo otro resultan grandiosos, como si estuvieran ahí solo para mostrar cuán pequeñas son las vidas singulares. Es, así mismo, un camino hacia la muerte segura de la mujer postrada, sin ningún escándalo ni sufrimiento lloroso, sin angustias rimbombantes. Hay una calma, una entrega a un pasado, a una vida que ha sido nada más ni nada menos lo que fue, con todo lo bueno y malo que hubo en ella.

 El silencio llena la habitación. Los ojos de la Señora permanecen cerrados, sus brazos laxos sobre la sábana blanca, el cuerpo relajado levanta apenas el cubrecama de tonalidades habano. El encaje rosado de su camisa de dormir enmarca su cuello rugoso de ave de presa. El Lector espera inmóvil. Pero nada sucede. La Señora no abre los ojos y su respiración es pausada, tranquila, leve.

Pero no duerme. El lector lo sabe.(…) (pág 168)

Se trata de un libro de alta factura, uno que habría fracasado con muchísima facilidad en manos de otro escritor menos dotado, ya que se sostiene casi completamente en los diálogos que ocurren una y otra vez en un mismo escenario, y es a través de esas conversaciones que la narración nos lleva a saltar en el tiempo y a construir otros momentos y escenarios. Más todavía, ninguno de esos saltos incluye intensidad o velocidad, no hay ningún efectismo en él, por el contrario, hay una levedad, algo suave que conduce al libro hacia la muerte segura de la Señora y, sin embargo, hay belleza en esa relación que se nos plantea más que lector-oyente, como entre un oyente y una contadora. Y en el arte del saber contar, siempre hay dificultad y belleza.

 

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