David Golder (Irène Némirovsky)


David Golder (1929)
Irène Némirovsky (1903 – 1942)
Salamandra
ISBN 978-84-9838-059-0
Páginas 160
Precio referencial $10.000
Irène Némirovsky fue una escritora de origen ucraniano, quien nació a principios del siglo XX y que no alcanzó siquiera a llegar a los cuarenta años de edad cuando, debido a su ascendencia judía, fue llevada al campo de concentración de Auschwitz.  Su biografía resulta interesantísima, no solo por su innegable calidad literaria que logró desarrollar en vida, sino que quizás y especialmente por su invisibilidad posterior y nuevo reconocimiento cuando sus hijas encontraron y dieron a conocer un manuscrito jamás publicado (con la novela Suite Francesa) recién en el año 2004. Es decir, se trata de una autora re-descubierta, lo que significa que sus méritos han sido considerados y aplaudidos al menos en dos épocas literarias completamente distintas, y en ambas se ha llevado loas.
David Golder es la novela que relata un momento de la vida del personaje del mismo nombre. David es un hombre judío, banquero, que se ha enriquecido en la especulación accionaria, probablemente de manera no necesariamente limpia. Él, millonario exitoso, vive en permanentes viajes procurando siempre mejorar sus negocios, movido por una codicia y un entusiasmo por el dinero que constituyen sus principales motivaciones. Su mujer y su hija, ambas habitantes de un pequeño palacio mantenidas fastuosamente por el protagonista, acostumbradas a una vida dispendiosa, repletas de lujos e ignorantes de  cualquier tipo de privación, tienen en David Golder al padre-marido que sirve, de modo absolutamente utilitario, solo para satisfacer sus inagotables necesidades de dinero y ostentación. Todo esto cambia el día que David Golder finalmente cae enfermo y es incapaz de seguir especulando en el mercado accionario, comprando y vendiendo en los tiempos acelerados que exigen sus negocios, viéndose obligado a quedarse en casa y, simplemente, a detener el ritmo desaforado con el que siempre ha vivido, mientras todos sus negocios se desmoronan.
-Yo tengo setenta y seis. Dentro de veinte o veinticinco años, cuando todos los pozos de Teisk estén funcionando, llevaré mucho tiempo bajo tierra. A veces lo pienso… Lo mismo que cuando firmo un contrato: ¡noventa y nueve años! En ese tiempo, no sólo yo, sino también mi hijo, mis nietos y los hijos de mis nietos, todos reposaremos juntos en el seno del Señor… Pero siempre habrá un Tübingen. Para él es para quien trabajo.
-Yo no tengo a nadie –dijo Golder-. Así que, ¿para qué?
Tübingen cerró los ojos.
-Queda lo que se ha creado. –El anciano alzó lentamente los párpados y lo miró como si pudiera ver a través de él-. Lo que… -repitió animándose, con la voz grave y profunda de quien habla de la ambición más secreta de su corazón- se ha construido, creado… lo que permanece…
-Y en mi caso, ¿qué quedaría? ¿El dinero? ¡Bah, no merece la pena! Si te lo pudieras llevar a la otra vida…
Aun cuando la anécdota de esta novela pueda no parecer del todo original (y probablemente no lo sea) en su consecución resulta brillante. Irène Némirovsky consigue crear personajes detestables, sin hacer caricaturas de ellos —caricaturas en las que fácilmente habría caído otro escritor de menos oficio, especialmente considerando la historia—, dándoles caracteres de profunda mezquindad, que muestran una miseria humana y un patetismo que casi resulta esplendoroso. Igualmente resulta su prosa; estamos hablando de un libro del año 1929, en el que prácticamente no existen rastros de vejez en su escritura, por el contrario, la primera vez que un libro de esta autora llegó a mis manos, revisé a conciencia el año en que se había escrito y publicado, esto por lo vigente y limpio que resulta su trazo, desafecto de cualquier barroquismo. Es un texto casi sin edad, que no sólo no ha perdido vigencia, sino que tampoco se ha deteriorado con los años. Otro carácter común me resulta la linealidad de la trama, trama que es unívoca, “simple”, y que pende de un único hilo conductor y no de una multiplicidad de subhistorias. De esta manera, la autora consigue no solo un enfoque total en la historia que relata, sino que además agotarla completamente sin desvíos innecesarios, ya que todo sucede y converge siempre hacia un único punto.
Como cierre y a modo de anécdota, cuando Irène Némirovsky se decidió a enviar el manuscrito de esta novela a probar suerte con un editor, lo hizo de forma anónima, repleta de pudor. Sabemos ya que fue aceptado. Fue tanto el entusiasmo de ese editor de conocer al autor de la novela, que no tuvo más que publicar en el diario un anuncio buscando a la autora desconocida, que apareció al par de días en la editorial. Al verla tan joven y temerosa, todavía el editor dudó si efectivamente aquella muchachita tímida había escrito tal libro, o si solo se trataba de la pantalla de algún escritor consagrado, para ocultarse tras un seudónimo.
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