La viuda del conventillo (Alberto Romero)

La viuda del conventillo (1930) (Bajar novela de memoriachilena.cl)
Editorial Quimantú (1971)
N° inscripción 39.171-1971
Alberto Romero  (1896-1981)
223 páginas
Vivir. El tremendo afán de vivir…
Vivir, siempre el mezquino afán de vivir: ya ve.

 

¡Vida más perra! Esa es exactamente la sensación que deja pasar la última página de esta novela. Luego hay que armarse de valentía para cerrarla y dejarla a un lado, como si nada hubiese ocurrido, como si no supiéramos que lo que ahí está relatado haya ocurrido (y siga ocurriendo de mil formas diferentes, aun hoy en día) en nuestra tierra. Un conventillo; aquella comunión de viviendas, apiñadas unas contra otras, compartiendo un espacio agobiante, compartiendo muros divisorios, apenas separadas unas de otras. Vida en comunidad. Vida pública. Vicios públicos.
Esa vida sin tuyo ni mío; esa vida de puertas abiertas, desprovista de murallas divisorias y de intimidad; esa vida en la que participaban la curiosidad del vecino y la de la amiga, a ella, en ocasiones, le resultaba fatigosa, abominable.
La viuda del conventillo es la historia del pueblo chileno. Y asimismo, seguramente también lo es, la historia de cualquier pueblo latinoamericano. La novela, publicada el año 1930, está situada alrededor de los años 20 o 30. En ese momento a Chile —y a Sudamérica— llegaba el anarquismo, haciéndose causa común entre muchos escritores que emergían de los estratos más bajos; se vivía bajo la influencia de las noticias de la Revolución Rusa, incluso de su literatura que ya circulaba entre los países de este sector del globo, volviéndose un antagonista del fascismo que también tomaba tantos adeptos en ciertos lugares de Europa. El mundo era un lugar agitado, y nuestros hombres del pueblo pensante también corrían de acá para allá, reuniéndose, conformando grupos, elucubrando. Lógico es que la literatura también cambiara. Claro, había una ideología que ponía como centro al hombre. “Gobernar es educar”. Y el punto de vista, en nuestra literatura chilena, aterrizó, y lo hizo hasta posarse en la tierra misma, en los bajos fondos, en donde vivía el hombre de esfuerzo, el hombre duro, la mujer bravía, aquella que era capaz de sacar una familia adelante por ella misma, a pesar de todo, a pesar del entorno, del mundo, de la precariedad.
Una vez le propusieron casorio, con intención aviesa, de mala fe.
—Como vos tenís sangre de rica, despreciai al pobre.
La historia es simple. Se ha muerto su hombre. Andaba por ahí, tomando, farreando, remoliendo, “como hombre”, con mujeres, y lo alcanzó la muerte. Ella ha quedado sola, viviendo en el conventillo, cuando aún es joven y tiene algo de belleza. Su hija, apenas un bebé, es a quien debe cuidar y sacar adelante. La radiografía es clara. Existen no pocas fotografías de los paisajes desoladores de esos años, instantáneas que retratan un momento exacto, donde la pobreza se cuela en el papel impreso, a través del lente de la cámara; pero ninguna de ellas logra lo que esta novela: en ellas no está el aroma a la fritanga que ha montado nuestra viuda para poder sobrevivir, en ellas no se ve el trajín de los niños con los mocos colgando de sus narices hasta formar costra sobre sus labios, ni se aprecia la maledicencia que se ha formado en torno a la viuda, a aquella mujer que ahora se levanta al alba, porque espera que pase el carro que viene del campo a la Vega, con su pila de hombres que desfilarán por su casa para comprar sopaipillas, o pequenes (especie de empanada que contiene principalmente cebolla, que fuera muy común entre la gente humilde), para comer algo antes de llegar al lugar de destino. Nada de eso puede verse en aquellas fotos. Y apenas sí se cuela el miedo en los rostros, el miedo al futuro que no se vislumbra, el miedo a querer de nuevo a otro hombre, el miedo al ver que ese otro y nuevo hombre-muchacho también vive en ese mismo mundo del que ella trata de salir, también es parte de ese entorno y, como tal, es influenciado por él. “Tiene derecho a pegarle él también”, piensa nuestra protagonista. “No debió meterse en sus cosas de hombre”.
Pero con el primer puntapié terminan los cálculos sesudos. Con el primer puntapié el proceso de la seducción entra al terreno en que la mujer rueda, cae, se azota.
El aliento, fétido a vino agrio, la enloceque. Su hombre, ¡mi hombre! Cierra los ojos, y lo que tenía que ocurrir, pronuncia la palabra fatal.
— ¡Tuya!
Un sollozo frenético, bestial, hiende el aire.
— ¡Tuya, tuya!
Él ríe sórdidamente…
Y el retrato es duro, demoledor. Y es nuestro antecedente cercano. Es el año 30, o el 20, es apenas una o dos generaciones más atrás. Es la vida de nuestros abuelos. La del padre de nuestros padres. Y de las páginas de este libro emerge, con toda su acidez y dureza, el olor a la fritanga de la mujer que va sufriendo mientras los días pasan. Quizás para qué. Y en sus líneas queda retratado, con movimiento y acción, lo que apenas podemos malamente saber que ocurría en los libros de historia, que tan pardamente tienden a describir las costumbres de nosotros mismos para dedicarse mejor al belicismo.
Por la barriada alegre y febril se escurrían los endieciochados en grupos bulliciosos. Acordeones, guitarras, cantos, palmoteos, fonógrafos de voz gangosa, voladores que culebraban en el azul su chisporroteo detonante, marcaban el paso a la farándula…
Esa tarde —la tarde del despilfarro, y de la obsequiosidad sin límites, en la que los hombres se esforzaban por lucir sus arrogancias y las mujeres sus aptitudes para el amor— en casa  había de todo.
Esos carromatos embanderados, bulliciosos y pintorescos, dentro de los cuales se apretujaban familias enteras en la más absurda promiscuidad, impresionaban la retina infantil, hecha a ver objetos feos, cosas feas, rutinarias, desprovistas de novedad.
Con tanta pobreza que sufrieron nuestros pueblos, atestiguada acá, es difícil siquiera trazar mentalmente la trayectoria que nos ha llevado a donde estamos ahora. Y nuestra propia inconciencia nos hace pasar por alto el camino que ha traído a estos países a lo que somos.
Era para la mocosa; luego, no había que cobrar; no le debían nada.
—Usted es pobre; agüelito —objetó ella.
El anciano, con los hombros, hizo un vago ademán negativo. Una alegría fugaz brilló en sus pupilas eternamente llenas de lágrimas, de conformidad, de tristeza.
—Pobre, ¿y eso qué quiere decir?
Alberto Romero, el autor, fue un hombre movedizo: creó la Feria Nacional del Libro y fue uno de los principales impulsores en establecer el Premio Nacional de Literatura, el que jamás recibió. Es, probablemente, una de las mayores deudas que la literatura chilena posee con su propia narrativa. Esta novela, en particular, es desgarradora. Retrata la vida de todo un pueblo, de la gran mayoría de una sociedad. Si en Martín Rivas encontramos la descripción de la vida burguesa de comienzos nuestra historia patria, en La viuda del conventillo tenemos por fin la descripción de la forma en que vivía el pueblo, la inmensa mayoría de la población. Es uno de los testimonios sociales más brutales que nuestra literatura pueda poseer sobre nuestras propias condiciones de vida. Es un imperdible. No me sorprendería que esta historia identifique a la perfección la vida de la misma época de la gente humilde de Perú, Argentina, Bolivia, etc. No me sorprendería para nada, asimismo, que algún autor de aquellas nacionalidades haya hecho un retrato similar desde su propia experiencia en su país.
Una quiere andar derechita como las mujeres honradas, y se tuerce —pensó—. Tiene sus amores y fataliza al hombre; dice que no y es igual. Ya ve: Fide, don Guido; ahora este otro: Angelito. El pobre chiquillo tenía también que pagarlas; estaba escrito que él también tenía que pagarlas.
Me ha faltado espacio para poder explayarme aun más en esta novela esencial de la literatura chilena. Me encantaría haber podido hablar de su lenguaje (acertadísimo en la utilización de los modismos propios del sector y la época, que al autor les eran suyos), de la mala fortuna que ha corrido Alberto Romero como autor poco conocido y valorado, de la poca difusión que su obra ha tenido, relegada a una que otra reedición esporádica dedicada a adolescentes, como “lectura complementaria escolar”.
Pero cómo, pienso yo. Si esto huele más a la vida misma que cualquier clase de historia detrás de un pupitre. Pero cómo, pienso otra vez. Si desde acá podemos tomar las hebras que reconstruyen con fidelidad lo que somos hoy por hoy, y desde cuando se arrastran nuestros propios sueños truncados.
Y en tanto las cada vez más escasas librerías prefieren inundarnos de la última novedad editorial cuando el mazo demoledor ya ha golpeado sobre el escritorio del autor.
Esencial.
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