¡Indígnate! (Stéphane Hessel)

¡Indígnate! | Indignez-vous! (2010)
Stéphane Hessel (1917 – X)
Destino
ISBN: 9789562975501
60 páginas
Precio referencial: $4.500
Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre.
 
Immanuel Kant
 
La alegría de ver y entender es el más perfecto don de la naturaleza.
 
Albert Einstein
 
Y hay que acudir corriendo 
pues se cae
el porvenir.
 
Silvio Rodríguez.
Stéphane Hessel, el autor francés de este breve manifiesto que llama a la indignación, es un hombre que mañana cumple 94 años. Tenía tan solo un año cuando terminó la Primera Guerra Mundial. Pasaron solo veinte años y formó parte de la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. También sufrió y sobrevivió al Holocausto. Luego, con el fin de que no se cometieran más terribles atrocidades, colaboró en el alzamiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Está claro: este hombre ha vivido mucho y, como gran hombre de edad, sabio metonímico, tiene mucho que contar. Y, con ello, mucho que avocar, mucho que recordar, mucho que aclamar.
¡Indígnate!(2010) —Indignez-vous ¡ en francés e ¡Indignaos! en España— es un pequeño libro que grita fuerte por un cambio. En él, su autor anuncia que, a pesar de los remezones que él vivió y que aparentemente quedaron atrás, el leve temblor de la desgracia diaria todavía persiste; quizás no de manera sangrienta, abusiva, de golpes y torturas continuas en campos de concentración, de murallas descomunalmente tangibles… Pero sí persiste subrepticiamente. Esto lo entendieron los jóvenes franceses cuando el texto fue publicado; también los indignados españoles del 15M, que acamparon por días en la Puerta del Sol y que deben a este libro su denominación.
 

Pero ahora último, el 15 de octubre del 2011, el mensaje, tan hermosamente obvio, pareció entenderlo todo el globo: algunos países árabes, algunas naciones asiáticas, los jóvenes del “Occupy Wall Street”, en EE.UU, Europa en general, etc. Y es que es verdad: al menos una cantidad no despreciable de personas que caminan continuamente, y que existen, están despertando del letargo. Están comprendiendo que el activismo pacífico y las manifestaciones inofensivas —pero a la vez tremendamente simbólicas— son la vía para cambiar, o al menos para hacer notar, el imperio de los paraísos fiscales, la preponderancia y desinformación de los medios de comunicación masivos que viven de gustos financieros y que muestran lo que intereses particulares dictan, la destrucción de toda cultura que provea luz propia, la rutina perpetua, el consumo… El musculoso consumo. 
Con todo esto, a lo que llama el francés es a levantarse, a mirar, a tocar el mundo, palparlo, comprenderlo, y entender cómo está, para luego caminarlo, pero no con indeferencia, sino que con lo que él llama la “insurrección pacífica”: la búsqueda de la justicia, de la participación ciudadana, dejando a un costado la violencia —que finalmente es inútil, como dijo el filósofo Jean Paul Sartre— e invitando a la actuación por medio de la presión, de la presión de las masas que pueden mucho, en cuyas posibilidades él cree, incluso mucho más que en el control definitivo e invisible de instituciones y bancos.

 

Con respecto a lo mencionado, es preciso también referir al caso local, al “aquí” de Chile, donde el sentimiento de indignación ha calado de forma evidente. Quizás no sabíamos, ni aún ahora sabemos de este pequeño manifiesto, pero eso no importa mucho… El mundo tiene problemas, y nosotros también los tenemos, y nosotros también somos capaces de verlos y de mirarlos, de mirarnos hacia adentro. Se ha dado pie a proyectos invasivos en lugares gigantes, los  que agotarán, con sus símiles, tarde o temprano los recursos; se han hecho públicos abusos de empresas exclusivamente dirigidas a quienes, de una u otra forma, necesitan las necesidades creadas que ellas ofrecen; se han olvidado los derechos de los pueblos originarios; se ha triturado la moral; y también se ha jugado por años en el baile político entre el dinero y la educación, de cuya potencial calidad no goza el habitante promedio de Chile, pero que requiere indefectiblemente. 

Y es que el afamado dinero está en vías de controlarlo absolutamente todo. Desde lo más elemental hasta lo suntuario. De eso tiene miedo Stéphane Hessel. Y el pararse frente a ello quiere dejar como legado. Por ejemplo: se habla hacia afuera, en este país, que somos muy desarrollados en el ámbito económico, en las cifras incuestionables. Que nuestra producción industrial es ejemplar; que nuestro sistema privado funciona de lujo. Pero el problema es que no todos gozan de esos tan citados números. Sencillamente los ven correr y pasar de largo. No los perciben porque la pobreza y la ignorancia sembrada abundan.
En realidad, todos estos hechos nombrados son solo algunos fragmentos simbólicos de los momentos que se están viviendo últimamente aquí y en todo el mundo, los cuales se pueden seguir enumerando por largo tiempo. A esa larga enumeración quiere combatir el escritor francés.

Tomando todo, queda preguntarse ahora: ¿cómo un libro fue capaz de conmover y mover mentalidades? La verdad es que puede que las masas ya estuvieran moviéndose desde antes, mecánicamente; puede que solo esperasen el momento de darse cuenta de que cuando proferían todas las quejas y dejaban las calles llenas de emociones aplastantes, de desidia ante el día a día, estas podían salir afuera para manifestarse en un solo gran clamor; un alto y uniforme clamor.
Así, este libro invita a que tal clamor no se quede solamente en el clamor. Este libro sugiere, invita, casi imperativamente, como los hombres viejos a los más jóvenes, a que el clamor pase a otra etapa: al momento de la acción.
 
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