Texto de presentación de “Su cadáver avanza hacia el mar” de Galo Ghigliotto, por Romina Pistolas

Galo, Galo, Galo…
Por Romina Pistolas[1].

 

Qué personaje que eres. Tan querido por tantos y tan odiado por un grupo pequeño. Yo diría que me encuentro en un punto medio. Es que Galo es mi editor. Y es difícil que el editor de una no despierte sentimientos encontrados.

Pero bueno, a lo que vine.

Hace un tiempo me escribió para preguntarme si quería presentar este libro. Lo primero que le respondí, después de sentirme muy halagada, fue: «¿Estás enfermo del chape? ¿Cuándo me has visto siendo una buena oradora?». He elegido prácticamente todos mis oficios con la sola intención de minimizar las posibilidades de tener que hablar en público. Él me respondió: «Pero lo puedes leer». Así que aquí estoy.

Cuando terminé el libro decidí hacer un ejercicio. En lugar de ponerme a analizar los cuentos, intenté identificar qué me habían provocado. Y la respuesta fue: incomodidad.

Creo que eso es lo que mejor define a esta colección de relatos. En uno de los cuentos se lee: «El mal es una infección del alma, el hombre es una bestia enferma». Esa frase está en el cuento «La perra» y, sí, son cuentos que incomodan por lo mismo.

Un coro de personajes que adopta distintas voces para obligarnos, aunque sea por un momento, a mirar desde adentro lo malo, lo feo y, muchas veces, lo incomprendido de nuestra sociedad. Da la impresión de que esa incomodidad es una de las intenciones de la escritura de Galo. Porque a veces la única forma de entender quiénes somos es mirar aquello que nos conviene ignorar.

Nunca sentí que el libro intentara decirme qué pensar o dirigir mi opinión. Más bien me dejaba ahí, acompañando a personajes que muchas veces preferiría evitar.

Estos cuentos suenan profundamente chilenos, porque están llenos de pequeños detalles familiares de nuestra idiosincrasia. La descripción de la peluquería de Norma, por ejemplo, era prácticamente todas las peluquerías a las que fui cuando niña. Esos lugares donde el tiempo parecía detenido, donde las conversaciones eran siempre las mismas. O el abandono del padre, que desaparece sin necesidad de grandes explicaciones, como en muchas historias de familias chilenas. También me evocó esa época de principios de internet y sus cadenas de correos, cuando uno abría el correo electrónico y algún desubicado había reenviado, sin ningún contexto, las fotografías de Hans Pozo, y “Prontuarios de un cuerpo”.

Y, por supuesto, pensé en la psíquica de Chimbarongo con el cuento que da título al libro. Me pasó algo muy raro con esa narradora también. Su voz era tan convincente que terminé leyéndola en voz alta y, por un momento, fui yo esa figura de la que también todos hemos oído hablar. Una de las primeras a las que se recurre ante una presunta desgracia. Para explicar su don, en un momento ella dice: «Yo creo que es Dios. Él me sopla en la oreja, como en un idioma mudo». No sé quién había descrito mejor esa falta de palabras para explicar lo que no se entiende.

Y ahí aparece otro de los temas que recorren el libro: la muerte.

La muerte no como un punto final, sino como la posibilidad de que exista algo más. Los personajes buscan consuelo en el más allá, en los espíritus, en las señales, en los ritos, como seguir poniendo las flores en el entierro de Norma, tal como ella hacía en su peluquería. En fin, en cualquier cosa que les permita pensar que el vínculo con quienes ya no están no desaparece del todo.

Pero el libro también habla de otras muertes. De la muerte del ego en el cuento «Ovnis» o de la muerte de ciertas formas de entender la masculinidad en el cuento «Mi novia no tenía vagina».

Voy a volver a «Norma» porque fue mi cuento favorito. Hay una frase de su hijo que dice: «Pocos entienden de qué forma la muerte puede ser un acto de amor. Dejar es entregar». Esa frase me parece que logra conmover y, de nuevo, enfrentar lo que nos parece tan macabro de la muerte, que, en el fondo, es dejar ir.

Hay algo más que me impresionó de estos cuentos, y es la capacidad descriptiva de Galo. Además de volverme una vidente en uno de los cuentos, fui un hijo desesperado, un novio enamorado y un viejo chanta en el penúltimo cuento. Ese personaje también con el que todos nos hemos topado alguna vez. Fui todos ellos.

Amé los finales medio abiertos también, Galo. Amé los escenarios, los personajes, sus voces. Uno no siente que está leyendo un libro; siente que está entrando a un lugar donde la gente ya existía antes de abrirlo. Es de esas lecturas que te dejan echando de menos.

«Nada importa realmente», concluye el hijo de Norma. Nada importa porque todo se termina. Y eso es lo difícil de enfrentar, al final.

Así que, Galo, te felicito por recordarnos que la literatura no siempre nos hace sentir cómodos. A veces hace exactamente lo contrario. Y qué bueno que así sea.

[1] Romina Pistolas, escritora y traductora chilena. Ha publicado los libros Carmen o como me inicié en el negocio de bailar sin ropa y Mi año de sexo y relajación.

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