Las formas del agua como memoria, en Agua y Manto de Cristina Bravo Montecinos.
Por Clara Quero F.
Las palabras, conversaciones y escritura de Cristina, están situadas o llegan, muchas veces, en su tránsito al sur de Chile, específicamente a Valdivia y a todos los cauces que podamos encontrar ahí, inclusive al terremoto que vivió la ciudad y que se instala como parte de su registro colectivo y que se reconoce aún en los adobes de la ciudad.
Como diría en su libro Cieno: El agua rodeando todo
siempre queda el mar de fondo.
Su registro visual se traspasa a su trayectoria poética, que pone en evidencia la importancia del territorio y su cuidado, como agente de memoria, ejercicio importante, especialmente hoy que nos encontramos en un momento social y político devastador, que busca negar la relevancia de las geografías, aguas y humedales que son raíz de la ecología y de la remembranza de sus habitantes.
Agua y Manto, crece en el jardín de la madre de la autora y se transforma en: Manto el agua que contiene la herida (P. 43) donde da fruto a quien escribe y a quien habla en la prosa poética, como voz que fluye en las formas, ríos, corrientes, lagos, lluvias y charcos que nos ceden la humedad del texto.
Este fluir rodea la ciudad, Riñinahue, las Ánimas, Collico, Rocura, Lemuy, Maullín, Angachilla, Katrico, Mancera, Pishuinco y el EL Calle Calle, vienen a trazar un mapa de la experiencia, la escritura, su caminata, corriente en los versos, detienen sus pasos en la casa de la abuela, memoria trascendente en la obra de Cristina.
Cito de Vaivén, Abuela organizó marejadas.
Es el agua en la artesa que lavó tus calzones y tus grandes sostenes goteando en la pita curvada de la ropa, recuerdo los huecos de tus hombros bajo el peso de tu masa mamaria, de piel oscura, de pezón negro y tus ojos rasgados aliñando el causeo. (P. 16) dirá en agua y manto.
El paladar se une al fluir del texto, los frutos del mar son parte del festín de sabores que se cocinan en la obra, mariscos, ciruelas de infancia, sopaipillas y nalcas, encienden la sazón del poemario y su aroma.
El agua pude ser también un gran kuranto (P. 11)
¿Qué lenguas se hablan en este paisaje poético? ¿qué cuenta o canta el agua? El poemario nos propone una relación estrecha entre naturaleza y voz poética, el sonido de las aves circula en todo el texto, gaviotas, treiles, wairavo, tencas, cormoranes, pelícanos, garzas, tiuques y siete colores, actúan como símbolo de supervivencia y defensa del territorio, voz, además, de un dialecto regional que nos muestra desde la poesía un estado de equilibrio entre fauna y transitar humano.
El agua nos indica el paso del tiempo, es el símbolo del deseo y de la identidad, Him Rivera, artista valdiviano, repercute asimismo el texto con su obra, marcando con sus trazos azules el inicio de la página, quizás representación continua del cielo y el agua del sur que anida. Y se suma el trabajo de diseño y edición de la editorial hojas rudas, que transforma el escrito en un artículo de tacto y visualidad distinto al libro tradicional.
El manto líquido, hilo conductor y elemento cotidiano, abre las agallas de una historia longeva, el cuero que transita por los ríos como leyenda:
Los cueros habitan los ríos. Se contorsionan con las corrientes, se escabullen con sus pelambreras entre grupos de niños y niñas, les atemorizan (P. 14)
Un cuero es un vacuno o carnero
Que no calculó la profundidad de
Un río enfrentado a una quebrada. (P. 15)
Y como elemento final que quisiera destacar en la escritura, está la imagen de los ahogados, seres que hablan el lenguaje del agua, memoria colectiva de Chile y su dictadura, que se unen a la posibilidad de este transitar por el pueblo, donde el entierro de algún habitante se transforma en símbolo del lenguaje de sus demografías y creencias.
Hurgar el pasado parafraseando a Eliana Ortega, es abordar la diferencia del pasado y alterar el presente, señalar los lugares en los que hemos estado, sus prácticas, como producto de una urgencia primaria.
Enfrentarse a la posibilidad de un entierro puede ser, entre algunas cosas, encontrarse con chanchitos voladores, algunos casi fucsias que las viejas llaman ilusiones o tesoro seguro, hay quienes dicen que son apariciones que desaparecen en las laderas, a veces en los faldeos para mayor dificultad, porque no vaya a ser fácil llegar a la boca de los jarrones pesaditos que cargan plata oscura. (P. 18)
En palabras de Ana Forcinito, es desde los bordes desde donde puede pensarse la memoria como residuo, más allá de lo racional del conocimiento, una sintaxis que transforma la historia y es ahí donde creo que se sitúa la escritura de Agua y Manto, unas lianas que se tejen, se mecen.
Termino con una cita:
Manto el agua que contiene la herida.
Matico y cataplasma, la insistencia del
Sonido, aparición y bosquejo de los
hualves. Dices memoria del agua como un
manto que inunda el sabor de los caldos.
Las secreciones y el temor a la sequía. (P. 43)
Referencias
- Bravo Montecinos Cristina (2010), Vaivén, Pillaje ediciones.
- Bravo Montecinos Cristina (2021), Cieno, Traza Editora.
- Bravo Montecinos Cristina (2025), Agua y Manto, Editorial Hojas Rudas.
- Forcinito Ana (1990) Memorias y Nomadías: géneros y cuerpos en los márgenes del posfeminismo, Editorial Cuarto Propio.
- Ortega Eliana (1996), Lo que se hereda no se hurta, Editorial Cuarto Propio.
