La música de los domingos por la tarde (Gonzalo Garay)

La música de los domingos por la tarde

Gonzalo Garay

Trayecto editorial

ISBN 978-956-406-617-2

 

Apuntes sobre La música de los domingos por la tarde, de Gonzalo Garay

Por Ricardo Herrera Alarcón

 

En la nota preliminar a La musiquilla de las pobres esferas, Waldo Rojas cita a William Blake: “Según el poema de Blake, de las cinco ventanas que iluminan la caverna donde vive el hombre, a través de la segunda escucha éste la música de las esferas. Por las otras cuatro respira el aire, contempla los viñedos, mira la porción de mundo eterno que le es atribuida, y, la última le sirve de acceso al exterior, al mundo de lo real, siempre que el hombre desee y esté dispuesto a hacerlo, pues -concluye el verso- “dulces son las alegrías furtivas y el pan comido en secreto””.

Me parece que esta cita está en la base de la novela de Gonzalo Garay: el protagonista es un aspirante a escritor, que además se especializa en las artes amatorias y las artes de la muerte. Su musiquilla de las pobres esferas es la música de los domingos por la tarde, ese punto en que la creación se dispara. Esta novela viene de esa matriz: la urgencia o condena de escuchar los cantos de sirena de la creación en nuestra cabeza. En la persona de Nicolás Stewart vemos concentradas tres de las preocupaciones esenciales de todo ser obsesionado con las palabras: la reflexión metaliteraria, la experiencia de la muerte y el amor, en su variante erótica. Si nos remontamos al inicio de la escritura vemos como siempre la música ha sido soporte y desvarío: Orfeo encanta con su voz al balsero de la muerte y viaja al inframundo en busca de Eurídice; o los rapsodas y la lira griegas; los juglares y su mester mezcla de prestidigitación y charlatanería alquímica. Música y creación, música e infierno también. Como olvidar a los torturadores de la dictadura escuchando canciones mientras sacaban uñas, aplicaban corriente, violaban a mujeres y hombres indefensos. Esta novela también ajusta cuentas con los chacales de un bando y de otro (la expresión es de Julio Cortázar) e ironiza con una supuesta resistencia al golpe militar, lo que en la práctica fueron esporádicas escaramuzas de una vanguardia armada que nunca existió.

Sin embargo, la reflexión metaliteraria es quizás su preocupación mayor, y a partir de esa reflexión se sostiene el entramado estructural de la obra: en primera persona el discurso narrativo de Nicolás Stewart y en cursivas las voces de sus múltiples personajes de ficción, entre los cuales destaca su alter ego Gustavo García.

Ya que citaba a Lihn en el inicio, me parece que esa idea del oficio literario como un trabajar con la muerte codo a codo, se traslada a esta novela de manera casi explícita. Los escritores muchas veces han estado en el margen de lo correcto y sus vidas han puesto en entredicho los principios morales sobre los cuales se sostiene la sociedad. O aquello que la sociedad supone lo correcto: François Villon, Charles Baudelaire, George Sand, Teresa Wilms Montt, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Sylvia Plath, Teófilo Cid, Stella Díaz Varín, Carlos de Rokha, Jorge Teillier, Juan Pablo Ampuero, entre otros, representan la manera en que el arte provoca a la vida, en que la literatura termina quemando con su fuego a quienes se le acercan. El gesto iniciático de Nicolás al incendiar la pastelería no es otra cosa que la reproducción de ese atentado de Alfonso Alcalde cuando quema gran parte de Balada de la ciudad muerta, su primera obra; el deseo último de Kafka por borrar toda huella de su autoría; la desazón de lord Chandos, por no poder expresar en palabras lo que siente. En la famosa Carta, Hugo von Hofmannsthal hace decir a su personaje: “he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa”. Esa afasia está en el subtexto de esta novela: el hiato entre el mundo y el escritor, entre la vida del artista y la realidad, la batalla entre los demonios internos que nos habitan. El crimen, el fuego, el pantano como formas de evasión o insumos de la escritura; la búsqueda de los bordes, del vértigo, la vida peligrosa, en esa versión moderna de Jekyll y Hyde que es Bastian Ritcher y sus múltiples máscaras.

De alguna manera toda la historia de este libro se nos cuenta en las primeras páginas, su desenlace macabro: la escabrosa preparación de unas galletas con grasa humana y metanfetaminas, combinación adictiva que asegura una clientela fiel e ignorante de lo que llevan a la boca. La manera de conseguir los insumos, de abastecer la materia prima serán los cuerpos de indigentes o personas sin un propósito claro en la vida.  En esas primeras páginas se me viene a la memoria dos referentes que seguramente Garay tuvo en cuenta al momento de su escritura: uno es la novela El perfume, de Patrick Süskind; la otra es la película El barbero demoniaco, de Tim Burton.

En El perfume, un asesino en serie se dedica a matar doncellas para extraer de ellas su esencia luego de un largo proceso. El producto final es un perfume que despierta los instintos primitivos de quien se ve expuesto a su fragancia. En la película, un barbero se solaza degollando a sus clientes para luego cocinar exquisitos pasteles de carne.

A su vez, la estructura de la novela me parece heredera de la coralidad narrativa y poética que algunos autores han ensayado desde principios del siglo XX en adelante: La tierra baldía, de Eliot; Mientras agonizo, de Faulkner; Los cantos, de Pound; Paterson, de Williams; Manhattan Transfer, de John Dos Passos; Rayuela, de Cortázar; Los detectives salvajes, de Bolaño; la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Master; o El confesionario, de Américo Reyes, entre muchos otros ejemplos.

Lo grotesco, como género, está aquí presente, también lo sórdido, la búsqueda por alumbrar las zonas oscuras de la existencia. Cierto lenguaje coprolálico, pero más bien ciertas reflexiones escatológicas me hicieron recordar a Milán Kundera cuando en La insoportable levedad del ser, desvaría sobre el destino del hijo de Stalin en un campo de concentración nazi. La confusión entre diégesis y extradiégesis recoge ecos de los relatos enmarcados o ese juego entre autor real y narrador presente en Niebla de Unamuno.

La música de los domingos por la tarde es una novela en cuyo centro está la provocación. O como dice el narrador hacia el final: “Si mataba a Gustavo García ya no tendría quien narre la historia y la música de los domingos por la tarde sería la que acabaría conmigo”. Esa conciencia de la escritura como un oficio cercano a la muerte o como una pasión que te puede llevar a la locura, la enfermedad, la autoinmolación, es uno de los mensajes de este libro. Aunque también la escritura como sanación, como una forma de exorcizar el mal y encontrar nuevas formas de redención.

Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969). Profesor de Castellano, escritor y poeta. Editor de Ediciones Bogavantes y de la revista virtual de literatura y crítica viajeinconcluso.cl

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