En Plan Regulador (Inti Ediciones, 2024), Jaime Ahumada Ruiz elabora una poesía que no solo contempla la ciudad, sino que la transita, la habita y la incomoda. Su mirada se fija en Santiago desde el núcleo de manera literal y simbólica, para buscar en sus poemas las tensiones entre control y descontrol, organización y desbordamiento, vigilancia y afecto. Su escritura proviene de una conexión profunda con la experiencia urbana, influenciada por su involucramiento en manifestaciones estudiantiles, paseos en bicicleta por el eje Baquedano–República y una vida diaria que se desarrolla en calles impregnadas de delirio, riesgo y la energía de lo inesperado.
Una visita al Centro Cultural La Moneda significó un cambio en su vida artística desde la adolescencia: ahí, ante las obras de Nicanor Parra, la poesía se le mostró como algo más reflexivo de lo que había conocido en la escuela. Desde entonces, Parra se ha convertido en un punto de referencia fundamental, no solo en las formas, sino también en su manera de cuestionar los discursos oficiales.
Hablamos sobre su conexión con el centro de Santiago, su perspectiva sobre el futuro del entorno urbano y cómo su poesía expone las fisuras de la ciudad actual: los espacios que el orden neoliberal no puede abarcar completamente. Ante la crisis del sector inmobiliario, la dispersión urbana y la brutalidad del modelo urbano, Jaime percibe la poesía no como un recurso funcional, sino como una fuerza: un movimiento que genera espacio para el asombro, la incomodidad y, posiblemente, para la transformación.

¿Cómo se relaciona tu vida cotidiana con estos lugares que mencionas? Como la Alameda, Bulnes o Morandé.
Chuta… a ver, yo estudié en Ñuñoa, en la Avenida Salvador.
Todo muy ñuñoíno, como ahora se caricaturiza. Un contexto muy ñuñoíno. Pero en 2011 empecé a salir más al centro, por las protestas estudiantiles. Empecé a ir a protestas, aunque estaba en un colegio privado. Igual participaba.
Tenía amigos de otros colegios. Me interesaba mucho participar. También fui a protestas contra HidroAysén. Me acuerdo harto de todo ese contexto.
Y ahí el centro se fue haciendo parte de mi vida. Después, cuando cumplí 18, empecé a carretear en el centro. Estudié ahí, en Los Héroes. Después la pega…
Entonces es un paisaje que recorría mucho en bicicleta, desde el eje Baquedano hasta Los Héroes o República. Me movía por ahí, también hacia calle Mata, donde tenía la sala de ensayo con la banda. Y hacia Balmaceda, donde vivía un amigo. Todo ese rectángulo lo recorría constantemente. El centro, aunque no vivo directamente ahí, es donde paso la mayor parte del tiempo.
Es como ese delirio permanente que tiene el centro. Y es un delirio súper naturalizado. Está siempre ahí, y ya se perdió la capacidad de asombro. Entonces, sin esa capacidad de asombro… claro, tenís el típico video de Cal y canto, ¿cachai? Con los vendedores ambulantes, el viejo Pacuero…Eso es lo que me llama la atención. Y por otro lado, claro, da miedo porque hay incertidumbre constante. Entiendo a mi abuela o mi abuelo que dicen: “yo al centro no”. Mi abuela, que es del campo, le tiene terror a Santiago.
Pero también, sin ese peligro, no hay entretención ni estilo.
Con respecto a la naturaleza urbana: ¿en tus poemas buscas hacer una crítica neoliberal o reescribir esa naturaleza urbana? ¿Cómo te gustaría que fuera la ciudad?
Pucha, me encantaría tener la potestad de reescribir la naturaleza urbana. Sería bacán hacerlo. Pero en verdad, lo que busco es retratar… bueno, lo que busco con todo lo que escribo: retratar cómo vivo, incluso corporalmente, ese espacio.
Está todo muy sujeto a la subjetividad. Y eso implica también que haya crítica, que hago conscientemente, obvio.
Pero más que un ejercicio de reescritura propiamente tal, es un intento de develar ciertos intersticios, ciertos quiebres que la ciudad ya tiene. Quiebres que el propio sistema ha generado.
En esas grietas pasan muchas cosas. Desde personajes que viven ahí hasta emociones que pueden surgir en personas que solo pasan. Creo que eso intento mostrar, desde mi perspectiva, sacarlo a la luz, o jugar con eso. Porque creo que está súper visible también.
¿Qué piensas del futuro de la ciudad? ¿Cómo lo ves?
Yo soy un optimista. Siempre lo digo: soy un optimista, y como buen optimista, creo que vivimos en el peor de los mundos posibles.
Entonces, desde ahora en adelante, todo puede ser mejor. Creo que la ciudad hoy está encontrando su límite. Estamos al inicio de una crisis bien potente, desde lo inmobiliario, por ejemplo. Las inmobiliarias ya no saben dónde construir; por suerte, se les acabó un poco la imaginación. Las municipalidades, la gente… ya no aguantan más edificios. Hay una especie de rechazo.
Y ahí creo que se está viviendo una crisis importante sobre lo que es la ciudad y también sobre cómo se vive la ciudad.
Porque Santiago, además de ser una ciudad tan grande, es un poco insufrible. Yo lo digo desde la comodidad de vivir súper cerca del centro, con micros para todos lados. Pero vivir en la periferia —o ni siquiera en la periferia— vivir en Conchalí, San Miguel, Quilicura, que son comunas no tan alejadas, ya es un cacho. Todo queda a otras manos.
Entonces, todo eso se vuelve insufrible. Siempre lo ha sido, pero creo que ahora se está volviendo aún más. La ciudad poco a poco intenta adaptarse, pero pienso que va a terminar adaptándose más desde el quiebre que desde una reconciliación.
No creo que de la nada vaya a surgir una solución del tipo “que la gente trabaje en su propia comuna” o cosas así. Antes de eso, tiene que haber un quiebre.
Y todos los quiebres son violentos, incómodos, traen incertidumbre. Creo que vamos directo hacia eso.

Y la última pregunta: en medio de esta crisis inmobiliaria, de este caos, ¿qué papel ocupa la poesía? Porque, por ejemplo, en el poema Destrozo dices: “corte con navaja/ fuego salvaje/ el vandalismo hace/ poesía/ arrepentimiento y placer”; y también en Acta interiorista terminas con: “podría morir ahora/ pensando en mis amados/ familia, amigos, y sobre todo tú/ pensando/ en este gran interior/ pensando/ en la poesía”. ¿Qué papel tendría la poesía en medio de esta crisis?
Yo creo que la poesía, en medio de esta crisis, tiene… Siempre me ha hecho gracia esta idea de que la poesía “tiene un deber” o “un rol”. Porque para mí lo genial de la poesía es que, en términos prácticos, es una herramienta sin ningún fin definido.
Es una herramienta que, por sí misma, es inútil. Pero precisamente por eso puede servir para todo lo que uno quiera.
Entonces creo que la poesía tiene un poder —y ahí cada quien verá cómo lo usa— el poder de ir abriendo, mostrando estas grietas de las que hablábamos. Abrir ventanas, mostrar quiebres, cuestionar cosas desde lugares que uno puede decir: “esto es una pura hueá”. Porque también pasa, uno lee poemas y dice: “¿qué espera este loco?”. Uno cuestiona al poeta, al hablante lírico, como se quiera.
Pero creo que ahí está la gracia. La poesía genera movimientos, deslices, que son netamente sensibles, no materiales. Es solo un movimiento estético, un movimiento desde lo sensible que genera un quiebre en quienes viven la materialidad.
Y desde esos quiebres, desde esos deslices, desde esas grietas que va abriendo la poesía, es desde donde nace la acción, finalmente.
La poesía es un motor más de acción, como lo es la rabia, el cariño, la ternura. Desde ahí, desde ese espacio sensible.
