Los suicidas del fin del mundo (Leila Guerriero)

Los suicidas del fin del mundo (Crónica de un pueblo patagónico) (2005)

Leila Guerriero (1967)

Tusquets Editores

231 páginas

ISBN 978-987-1210-21-3

 

Un pueblo sumido en el silencio, por no decir olvido. Las Heras pertenece a esas regiones de Argentina a las que solo se llega en busca de mejores oportunidades en una época de bonanza, pero que pasado ese periodo y llegada la decadencia, solo parece una estampa de wéstern, en donde las calles son escenario de enfrentamientos esporádicos entre vaqueros y asaltantes. Pero Las Heras ni siquiera goza de esos encuentros esporádicos: sus habitantes viven puertas adentro. Ya sea en sus casas o antros donde gastan lo poco o mucho que ganan.

Leila Guerriero se adentra en ese lugar tratando de dilucidar el misterio de una serie de suicidios que se inician a fines de los noventa. Es un escenario casi apocalíptico, no solo por las profecías que porfiaban que la humanidad no iba a pasar el segundo milenio de la era cristiana, sino por el atronante viento que nunca deja de rugir en las calles y golpear las casas. Eso y la carencia de perspectivas de futuro de sus habitantes. Muchos llegaban con la intención de pasar una temporada, para luego nunca salir de ahí. Otros trataban de echar raíces, establecer una familia, encontrar estabilidad. Unos llegaban huyendo. Y así.

En Los suicidas del fin del mundo la autora no se guarda nada. Inicia un viaje hacia el centro de “esas muertes por voluntad propia” (valga el eufemismo), esos personajes ausentes que dejan una estela brumosa tras su partida. La mayoría de las personas que convivieron con ellos ni siquiera llegaron a pensar en la idea de un suicidio. Fueron pocos los que manifestaron abiertamente sus intenciones. La mayoría de los suicidas, casi todos jóvenes, solo abren una interrogante en sus familiares, inoculan la culpa de la muerte a los vivos, dejan un testamento en blanco. Guerriero, pese a esto, logra iluminar con sus indagaciones parte de la vida de estas personas, otorgándoles rostro y complejidad. Insistiendo con ese incómodo porqué que los habitantes de Las Heras esquivaban lo más posible, como si solo fuera un pájaro de mal agüero. El porqué de sus muertes.

El libro abre con el caso de Juan Gutiérrez, el último suicidio de una cadena de doce muertes entre 1997 y 1999. Previo al Año Nuevo del 2000, este caso ejemplifica lo que sucede en casi todos los decesos: se sigue, como si nada hubiera pasado. Por ende, las fiestas y festejos no se cancelaron en el pueblo. De allí que la autora comience, poco a poco, a bosquejar este sitio: Las Heras, provincia argentina, surgida del auge de la ganadería y posteriormente el petróleo. Creció a pasos agigantados, con periodos de estancamiento, hasta convertirse en un pueblo, al menos para los habitantes, pues apenas lo consideraban en los mapas de turismo. Se escondía, casi intencionalmente. No obstante, Las Heras, a partir de la narración de Guerriero, se nos abre. Caso a caso, no solo concentrándose en los suicidas: también aparecen personajes que van poblando y dibujando el mapa.

Los suicidas del fin del mundo funciona tanto como crónica y novela. Su estilo narrativo que hace gala de recursos de mucha precisión y profundidad (atmosférica, psicológica), logra empujar al lector para quedarse con la narradora en ese pueblo que parece insufrible. Guerriero, pese a todo, logra retratar a personas que logran, con su persistencia, hacerse un espacio y una vida en ese lugar o que van precisamente a eso: a conseguir su sitio, ser alguien, como si antes no hubiesen sido nadie. Así, la crónica que parte casi de una intención forense, abriendo heridas para lograr encontrar causas, termina siendo un homenaje, una gran interrogante, una crónica brutal.

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