Un mundo feliz (Aldous Huxley)

Un mundo feliz portadaUn mundo feliz (1932)

Aldous Huxley (1894 – 1963)

Editorial DEBOLSILLO

ISBN 9788497594257

256 Páginas

 

Por Eduardo Bustamante

 

Es fácil que Aldous Huxley no se nos presente como una figura intelectual común; su carácter multifacético, que comprobamos al dar un breve vistazo a sus andanzas por Hollywood, su afanosa encarnación del pacifismo, su erudición en materias científicas y sus curiosas experiencias con drogas psicoactivas llevadas a un plano místico, entre otras cosas, le concedió un renombre que prevalece hasta nuestros días, situándolo en la escena literaria e inclusive filosófica (según varios; a mí opinión, fue un pensador excepcional), como un vértice propicio a toda clase de interpretaciones, alistando en ellas tanto a asiduos difamadores como a seguidores de desplante casi religioso. Sin embargo, vale aceptar que la mayoría sólo es capaz de asociar su nombre a un título en particular (exceptuando el aluvión de jóvenes que, últimamente, suelen mal interpretar Las puertas de la percepción); Un mundo feliz.

Dicha obra, escrita en cuatro meses y publicada en 1932, se encarga de otorgarle éxito, fama y el epíteto no erróneo de profeta. Y es que la dictadura total descrita por Huxley, situada en siglo VI después de Ford, previó no pocos avances (y/o problemáticas, según nuestro punto de vista) de la sociedad que la vio nacer, y aún hoy se nos presenta similar al contexto que nos ha tocado soportar. Pero bueno.

Conocidas son para quien curiosee un poco las relaciones de Huxley con la ciencia; es cuestión de enterarnos de la vida que llevaron sus hermanos, su padre y, primordialmente, su abuelo paterno (la estirpe se extendería también a su hijo), para prever que a lo menos un exiguo interés por aquel trabajoso mundo impregnaría su inquieto espíritu. Aldous creció en un ambiente ligado al agnosticismo y el rigor científico y de hecho, su destino se hubiera enmarcado en el área de la medicina, si una extraña enfermedad no lo hubiera dejado temporalmente ciego a los 17 años. Sin embargo, no son necesarios dichos antecedentes; en Un mundo feliz, los dirigentes del estado mundial (¿es que empieza a gestarse el término de aldea global como una alegoría?) han abandonado los métodos tiránicos anticuados; la sobre estimulación con placeres y comodidades de todo tipo, respaldados en una tecnología altamente avanzada, funciona mucho mejor que la amenaza y la represalia de los grandes totalitarismos; el problema de las clases sociales, unas descontentas y otras holgadas, es satisfactoriamente abolido con el reemplazo de la tosca reproducción vivípara por un sistema de castas inamovibles (Alfas, Betas, Deltas, etc.), regido sin error de cálculo por Centros de incubación que deciden biológicamente quién nacerá con altos dotes mentales y físicos, y quién se conformará con un par de horas del gran soma (droga avanzada, comparable en los estados perceptivos a los que induce con el LSD, creada por dos mil farmacólogos y bioquímicos alrededor del 178 D. F. , y que presenta “todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, y ninguno de sus inconvenientes”) luego de un trabajo sobre explotador y una constante humillación de parte de otros conciudadanos; la molestia de las tribus indígenas (no demasiado diferentes de nosotros) se ha solucionado de manera peculiar, estableciendo reservas para salvajes, dónde siguen existiendo religiones, familias, valores, y en fin, costumbres y creencias desechadas hace mucho tiempo en el buen mundo feliz; no menos peculiar resulta el castigo para los extraviados del camino, poco susceptibles a la felicidad artificial que se les ofrece y poseedores de intelectos algo extravagantes, quienes son destinados a islas en las que pueden organizarse como les plazca mientras no causen molestia a las buenas gentes. Vale decir que aquel destino nos parecerá infranqueable para Bernard Marx, nuestro protagonista, desde los primeros capítulos del libro. De alta casta, no cumple con los estándares del individuo común de la misma; es poco agraciado, extrañamente solitario y de presencia inquietante. Podemos llegar a creerlo el eje central de la historia, hasta que somos conducidos a su travesía junto a Lenina por las reservas de Nuevo México; es aquí donde John, “Mr. Salvaje”, hará su aparición, desenfocando nuestra lectura hacia la crisis que produce una sociedad puerca y banal en un individuo romántico y fiel a valores puros, asiduo lector de Shakespeare (no es vano recordar que un verso del mismo da nombre al libro), autor por lo demás prohibido, como todo “arte puro” según nos explicará luego Mustafa Mond, máxima autoridad presente en la trama (no es vano mencionar que en la lista de prohibidos figuran también William James, el cardenal John Newman y Maine de Biran).

Aldous-Huxley-getty

   Más de alguna vez Huxley manifestó ciertas distancias con la obra; tenía, según él, demasiados aspectos deficientes, escritos a la ligera por un “pirrónico esteta” que cometía los pecados literarios de la juventud. No por eso podemos restarle importancia a una de las obras cumbre de ciencia ficción del siglo XX, una que, singularmente, ha contribuido a derribar el estigma de lo que debe presentarnos la ciencia ficción; el arte no es un mero pasatiempo y no se equipara a la televisión o las redes sociales. Si bien a otras de sus formas, Huxley combatió como pudo a lo largo de su vida a aquellos “enemigos de la libertad”, desde la trinchera de la erudición y la lucidez. Baste el ejemplo de Nueva visita a un mundo feliz; obra en la que el autor expone los trasfondos de su fábula tras 27 años de publicarla, los aciertos de su premonición y los métodos para combatir el evidente exterminio de la libertad, el dejo del deseo de alcanzarla por la mayoría de la gente y el riesgoso malentendido de su significado (no por nada Bernard Shaw y Sartre la enaltecieron, crudamente este último, como la mayor responsabilidad del hombre).

Un mundo feliz es una obra imprescindible para quien guste de la ciencia ficción y para quien se sienta sofocado en la deprimente sociedad actual y desee enaltecer valores que poco a poco se disipan a la sombra del avance tecnológico y de una felicidad vacía y conformista que atenta contra el bello ejercicio del libre pensar.

No se pueden fabricar coches sin acero; y no se pueden crear tragedias sin inestabilidad social. Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto, a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas ni hijos ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma. El soma que usted arroja por la ventana en nombre de la libertad, Mr. Salvaje. ¡La libertad! –El interventor soltó una carcajada-. ¡Suponer que los Deltas pueden saber lo que es la libertad! ¡Y que puedan entender Otelo! Pero, ¡muchacho!

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