Otra vuelta de tuerca (Henry James)


Otra vuelta de tuerca
Henry James
Grupo Ed. Tomo
ISBN 970-666-576-5
205 páginas
Precio referencial $10.000


En una casa victoriana se lee el manuscrito de una historia dejada por una mujer. En la historia, contada en primera persona por su protagonista, la institutriz —el personaje principal y único punto de vista que tendremos a nuestra disposición como lectores— llega a una antigua casona donde quedará a cargo de la educación y cuidado de dos niños. Sus padres han muerto y su tío, quien tiene su tutela, vive en Londres, alejados de ellos, y ha puesto como condición a la institutriz no ser importunado.
Prontamente la institutriz, en la majestuosa soledad de aquella vieja mansión alejada de la ciudad, comienza a ver las apariciones fantasmales de un hombre y una mujer y tiene la certeza absoluta de que esos fantasmas vienen por los niños. Desde ese momento se hace presente, a través de la lectura que se hace de su único testimonio, la presión que sufre para intentar salvaguardar a esos niños —niños extrañamente educados— de aquello que ni ella misma comprende muy bien.
 —Pregúnteselo a Flora…, ella está segura —pero no bien hube dicho eso cuando logré recuperarme—. ¡No, por el amor de Dios, no lo haga! Diría que no vio nada… mentiría.
 Esta obra se ha prestado para varias interpretaciones, interpretaciones que resultan excluyentes entre sí (cosa que le otorga tanta peculiaridad a ese hecho). Por un lado tenemos la historia lineal de fantasmas y apariciones en aquella casona victoriana, que deben ser enfrentadas por nadie más que la institutriz, donde comienzan a aflorar historias pasadas que darían explicación al origen de esos fantasmas, y cierta influencia que estos tienen sobre los niños. Por otro lado, una segunda interpretación que me resulta mucho más interesante, aquella que se sustenta en un aspecto grandioso de la novela, y es el punto de vista único: la historia está narrada en primera persona, por una mujer que se ve afectada por la soledad así como por el comportamiento de unos niños que claramente se encuentran influidos por acontecimientos oscuros ocurridos en esa misma casa, a manos de sus antiguos guardadores. Desde esa visión no confiable —la de la institutriz— toda la historia se vuelve dudosa, y debemos desconfiar de manera rotunda acerca de si es realmente veraz lo que ella cuenta (como he recalcado, único punto de vista que posee el lector) o si, por el contrario, es solo ella quien ve lo que dice ver y aquellas cosas, juicios y apreciaciones no existen más que en su propia mente y subjetividad.
 Era una lástima que me viera de nuevo obligada a examinar las razones por las cuales, en mi ilusión, llegara a cuestionarme que la niña veía a nuestra visitante como en cualquier momento yo veía a la señora Grose, y que deseaba, por esa misma razón, hacerme suponer que no la veía, y al mismo tiempo, sin mostrar nada, conseguir adivinar si yo la veía o no.

Se trata, en suma de una novela en que gracias al tremendo oficio de su autor, se logra traspasar el terror de la protagonista hacia el lector gracias a este mecanismo en que se nos restringe de manera absoluta nuestra forma de enterarnos de los hechos, y en vez de presenciar los hechos mismos, concurrimos a ellos una vez han pasado todos ellos por la cabeza o mente de la institutriz. ¿Existen las apariciones? ¿Están los niños realmente bajo el influjo de los fantasmas o es solo la institutriz quien tiene algún tipo de juicio errado o hasta desequilibrado? No lo sabremos jamás, el autor nunca lo pone de manifiesto, y ahí quizás radique su grandeza, en el hecho de provocar que sea el lector quien deba hacerse cargo de las interpretaciones y deba formarse otra historia en su propia mente.
Esta novela dio todo un vuelco al género del terror-fantasmal, pasando de la velocidad, los saltos, los monstruos y apariciones terroríficas, a un profundo miedo psicológico que redefinió esta forma de hacer terror. Es tan así que ha sido llevada al cine en varias ocasiones y ha servido de inspiración, incluso hasta nuestros días, para otras películas que beben de aquel mismo mecanismo, como Los otros, de Amenábar.
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