Una educación sentimental
Sobre Gruñona, de Greta Montero Barra
Por Juana Inés Casas
Amigas y rivales es una telenovela mexicana que nunca vi, o al menos eso creo, pero cuyo título, por algún motivo, me acompaña desde hace décadas.
También pensé en ese título cuando empecé a leer Gruñona, la primera novela de Greta Montero Barra, un libro de iniciaciones y desencantos situado en los 90 en Coronel, un pueblo chileno de hombres borrachos, escolares matones y donde vive nuestra protagonista, una chica “enojona”, “mal genio”, que ha aprendido mucho de las teleseries y que por eso sabe que “uno siempre debe tener un archirrival, un antagonista”.
También pensé en el nombre de una telenovela —o teleserie, debería decir en Chile— porque como niña que creció en los 80 y 90 en un pueblo que podría tener algunos rasgos de Coronel, me eduqué —al igual que la Gruñona— viendo telenovelas y pensando en rivales y aliadas.
En este caso la archirrival es una niña “crespa, alta y corpulenta” a la que le gustan las chicas y está enamorada de Gruñona, pero solo puede contarle todo esto a un diario de vida, o más bien, una “diaria de vida”, porque así lo llama. Esa rival tiene nombre y apellido, como en cualquier telenovela, se llama: Sofía Flores.
Las amigas y rivales pelean por todo: Sailor Moon, teleseries, notas, son confrontaciones verbales, nos dice la narradora, pero también manotazos, rasguños. Nada es tibio en ese vínculo, todo lo contrario, es un vínculo que encierra las más profundas pasiones, solo como puede ser una amistad en esa edad tan extraña que es la primera adolescencia, ese paso inicial a una forma de adultez, donde se juegan todos los sentimientos más contradictorios, intensos y maravillosos que nos pueden atravesar.
Gruñona y Sofía Flores se agreden, repelen, se aman a su manera y a la vez son la puerta a una vida distinta para cada una de ellas, la posibilidad de escapar de un destino, de ser otra persona, tal vez ese mismo impulso que nos guía a quienes leemos y escribimos, ese impulso que se parece al intento de quemar todos “los áticos del hombre”, como dice uno de los poemas de Un día quemaré sus castillos, el libro de poesía de Greta publicado por Overol en 2022, o a decir “Yo no soy esa”, como se titula el libro de cuentos que publicó en 2023 con la editorial Aparte.
Gruñona también tiene un título contundente y puede encuadrarse en ese género tan hermoso que es la novela de aprendizaje o novela de formación.
“Hay muchas maneras de formar el carácter de una niña, una de ellas es enseñarle a escoger las frutas adecuadas, a cocinar, a mantener la casa. La otra es no enseñarle nada, ya que sola aprenderá su lugar”. Eso le dice la abuela a nuestra protagonista, una abuela que también es gruñona, mal genio, que de tan pobre iba al colegio sin zapatos, que a los 16 años se casó con un “negro horrible” (“¿Eso no es algo racista, abuelita?”, pregunta Gruñona), una abuela que comparte el destino de otras tantas mujeres de Coronel y, podría decir, de Chile y, podría decir también, de Latinoamérica.
Son mujeres que a veces no tienen familia y son criadas por la vecina, como la madre de Gruñona, y se convierten en cenicientas, mujeres que pasan horas en la cocina y crían niños, mujeres a las que no les queda otra opción que aperrar porque los hombres tienen el derecho de “ser débiles, fallar, ser unos mediocres”.
Y sin embargo, jamás quedan en posición de víctima porque una de las virtudes que tiene Greta Montero en su escritura es lograr sacar estos personajes del lugar plano del estereotipo y volverles seres complejos, difíciles, que se escapan. Las mujeres de este libro son inclasificables, esquivas, algo excéntricas y a la vez tan reconocibles que uno parece verlas tomar vida y transformarse en esas personas que conocemos por los relatos familiares, en las señoras que a veces están ahí sentadas en la feria o algún almacén, en nuestras hijas, hermanas, compañeras de escuela o de liceo.
Gruñona es parte de una estirpe de mujeres y a la vez, algo en ella quiere escapar, “rebelarse al orden de las cosas, el orden que les dan a las mujeres de toda la vida”, ya no quiere disimular y en un momento se enfrenta a ese destino y también a su abuela: no le gustan las frutillas que le ha enseñado a escoger ni tampoco sus relatos. “No quiero escuchar sus historias ni las del abuelo, pero sobre todo las suyas, las detesto, porque no terminan bien, siempre son para mantener un orden, para perpetuar una tristeza, me tienen harta tus historias”, le dice Gruñona una tarde y ya nada vuelve a ser lo mismo.
¿Cuáles son las historias para no perpetuar la tristeza? ¿Qué pasos hay que seguir para orientarse en lo que no tiene mucho sentido? ¿Qué palabras o conjuros podemos aprender para lidiar con los obstáculos?
Gruñona busca en la ficción claves para encontrar un camino que la lleve a detener esa tristeza perpetuada por generaciones. Quiere encuentros pasionales como los de Daniel Clemente y Soledad Ahumada en La Potra Zaina, aunque le dé miedo y grite, o quiere ser sociable y sonreír y tener el pelo voluminoso como Gaviota en Café con aroma de mujer o María en María la del barrio, o poner caras semisonrientes como Paola Bracho antes de insultar a sus adversarios en La Usurpadora.
Porque la novela, al igual que los pensamientos de su protagonista, está construida sobre un andamiaje de citas y referencias, y Greta logra hacerlo de una manera inteligente, muy propia, con humor. Telenovelas brasileñas, venezolanas, mexicanas, películas gringas transmitidas en la tele y literatura clásica europea dan voces a un personaje y una novela que, a la vez, es profundamente chilena, construida en base al sabor de las nalcas cortadas, los piures, los huevos de pescada, las pantrucas y el aire lleno del humo de las chimeneas.
Y es chilena también en su humor que desacraliza la tragedia para atravesarla nomás, sin que lleguen los rescates milagrosos, las redenciones o los finales felices. Porque si en las telenovelas, la protagonista suele ser rescatada por un hombre de otra clase social, en la vida real, incluso quienes nos educamos con la televisión sabemos que no hay rescates posibles o al menos perfectos o como dice Gruñona “La vida nunca calza en lo que uno espera”. Ni siquiera en Jane Eyre uno de los libros que ella lee con devoción y termina odiando:
“Siente un llamado místico de Rochester, escucha su voz en el aire como una cosa divina y lo va a buscar. Se queda con él porque ya no está casado y es un pobre muerto de hambre. La grandiosa Berta le quemó la casa, por secuestrador, sí, le dejó la cagá y salió volando por el techo. Cómo quisiera yo salir volando por el techo del hospital.
Jane se casa con él y lo deja hacerle unos chiquillos. Jane está feliz, contenta por ese giro en su vida, sosteniendo la mano del viejo hueón, ¡qué mierda, Jane!, tenías que recorrer el mundo, qué has hecho, ¡qué has hecho! Me pongo a llorar otra vez, ahora de pena, esto es terrible. ¡Qué libro más malo! Arrojo el libro por la ventana del hospital rompiendo el cristal en muchos pedacitos. Qué vida miserable”.
No hay salvación ni siquiera si nos quedamos con Rochester. Solo nos queda un largo y escarpado proceso de tropiezos y enseñanzas imperfectas, pero también de posibilidades. Nuestra educación sentimental (nunca del todo lograda) está marcada por la búsqueda de indicios, secretos, maneras de descifrar lo que nos pasa o al menos entregarnos a ese río de una voz ajena que puede ser una madre o una abuela o un libro del siglo XIX, convertirnos en algo que no somos, o en algo que nos gustaría ser.
Tal vez por eso, las personas como Gruñona necesitamos la ficción, y esta novela es un libro para nosotras, las lectoras que alguna vez soñamos con viajes, respuestas acertadas, golpes y contragolpes, amores, venganzas e incluso tragedias imposibles, de esas que solo se pueden vivir tiradas en una cama, leyendo desesperadamente como si ahí, en ese libro, se nos jugara nuestra posibilidad de vivir una vida más real, una vida que también está atravesada por muchas voces imaginarias.
